Lo primero fue el sonido: retumbante y apabullante. El inicio del fin, como el rugido de un demonio despertándose de su letargo. Una detonación tomada de la mano con un eco mortal. Se esparce por el aire y contamina el oxígeno. Ambiente desvanecido por la melodía de lo sepulcral. Un segundo basta, y ese poder que viaja a setecientos kilómetros por hora lleva consigo una advertencia difícil de tomar. Premonición de lo que está a punto de pasar. Avisa lo inevitable con su canto de sentencia.
Después vino el dolor. Inicia como una punzada y termina como un ardor. Una explosión interna que nubla sentidos y destruye mundos. Acaba con planetas enteros y entierra historias en desconocidos senderos. Es el verdugo entre los jinetes del apocalipsis. Es la guadaña que cae. Es el martillo del juez que cierra un caso con un único veredicto. Apaga la mente y coloca al cuerpo en descontrol. Sentidos desesperados intentan cobrarle un sentido a la situación, pero los nervios del cuerpo envían demasiadas señales como para que puedan ser leídas. Solo una se sobreentiende, y significa peligro. Significa adiós.
Al tercer día nació el desvanecimiento. Fue el cerebro acelerado pero apagado a la vez. El tercer día es una máquina que se desgasta con lentitud, quedando sin aceite, sin combustible, hasta que finalmente sus motores sucumben ante su propia necesidad. Se va disminuyendo en un cuenta gotas desesperado buscando cualquier raciocinio. Se cierran las ventanas. Desaparecen las puertas. La confusión se abre paso campante en su propio terreno, pues es la reina del castillo que se está construyendo mientras órganos cesan su cumplimiento y latidos cesan de escucharse. Lo que aumenta es la bruma, lo desconocido. Aumenta la niebla que todo cubre, espesa. Aumenta la nada.
Al cuarto día aparece la oscuridad. Sombras férreas e imperturbables. Colonizan la luz y la hacen arrodillarse. Las sombras opacas, como la inexistencia, son los nuevos regentes; amos y señores de todo. Han llegado y no quieren irse. Su poder es absoluto. No existe destello que se le oponga, ni la más mínima chispa que le haga frente. La oscuridad no es todo lo que siempre ha habido, pero a partir de ahora, es todo lo que siempre habrá. Arrodillaos quienes duden de ello.
Y al quinto día llega la nada. No hay nada que pueda decirse sobre la nada, pues se le hace honor al nombre. No hay quien la pueda representar. Es el cero infinito y absoluto. La verdad más dura del universo. La verdad que estuvo antes del universo y seguirá estando después de él. No existe nada, excepto la nada. Vacío. Cero. Inexistencia. Irrealidad. Realidad. Nada. No es oscuridad ni luz, no es vida ni es muerte, no es ruido ni es silencio, ni es paz ni es dolor. No existe, pero a la vez sí. Lo es todo. Porque el todo es la nada y la nada es todo.
Génesis dantesco de conteo regresivo donde estos cinco días invierten sus labores. Ya no son el inicio de la vida, sino el final de una. Los días que avanzan se terminan, para convertirse en días que retroceden en un segundo, aunque los segundos sean medidas del tiempo y el tiempo no exista al momento de la creación. Es el origen del fallecimiento. El viaje que toma la muerte para llegar a su destino, esperando con paciencia el momento. Deja caer la guadaña y llega el fin.
El fin de los días de Ryan Mayz.
O eso creía.
En realidad pasó lo siguiente:
El disparo erró su blanco por casi un metro. Cien centímetros completos. Pero eso bastó para que Ryan, sin detenerse a ver quién era el tirador, colocara pies en pólvora y echara a correr a toda velocidad hacia su auto alquilado.
Escuchaba gritos que no podía distinguir. Sus ojos no decidían un solo destino. El primero veía el vehículo al que se quería subir, el segundo veía la muerte de frente y estaba seguro de que chocaría contra ella. Su mente no pensaba. Sus sentidos se agudizaron hasta un límite que no creía posible y amenazaban con hacerle explotar. La adrenalina lo tomó por completo y lo guio en cada paso sin detenerse a escuchar su voz interior. Estaba seguro de que lo seguían, y muy de cerca. Estaba convencido de que se encontraban detrás de él, que le estaban apuntando, que lo tenían en la mira y que en cualquier segundo se escucharía un segundo disparo que le pondría fin a su vida. En su mente, ya estaba muerto. Ya estaba viviendo los cinco días del génesis regresivo. Lo más cercano a un pensamiento que poseía, le dictaba que corriera. Correr. Correr. Eso es todo lo que debía hacer.
Llegó al auto. El pecho casi le estallaba y le costaba respirar. La cabeza le dolía y un zumbido le tapó los oídos. Se subió en el asiento del conductor. La llave se le cayó. Se agachó a tomarla, pero le temblaban las manos. Las llaves se le resbalaban entre los dedos. El tirador se estaba acercando. No podía verlo, ni escucharlo. Pero se estaba acercando. Lo sabía. Soltó una maldición y cogió la llave. Intentó controlar su respiración, pero los ojos le lagrimeaban y le impedían ver lo que hacía. El tirador estaba cerca. Debía estarlo. Por fin pudo encender el auto. El rugido del motor le despejó un poco la mente. La espalda le sudaba. De hecho, todo le sudaba. Vio a su alrededor. Ya no estaba la gente. Ya no estaba el mimo. Todos corrían. Había transeúntes alejándose a toda velocidad por la acera,pero ¿dónde estaba el asesino? No importaba.
Estaba detrás de él, en el asiento trasero.
Ryan vio por el retrovisor.
No, no estaba ahí.
Su mente le seguía jugando bromas.
En algún lado debía estar.
Ryan dejó caer todo su peso sobre el acelerador y el vehículo salió disparado hacia el tráfico.
Tuvo que recorrer media ciudad antes de poder calmarse y convencerse a sí mismo de que no lo estaban siguiendo. El sonido del disparo seguía mostrándose presente.
Nunca había estado tan cerca de la muerte.