⸻¡Hey! ⸻gritó Ryan.
El guardia le apuntó a la cara y abrió mucho los ojos. Se acercó la mano a la cintura donde tenía la radio. Mcfly saltó del matorral. El guardia, distraído, lo vio demasiado tarde y no pudo esquivar el golpe que le conectó en la cara. Cayó cual largo era en el suelo. Mcfly le arrojó la mochila a la cabeza y le dio una patada en la entrepierna. El peso de la mochila ahogó el grito y el hombre quedó inconsciente.
Ryan pasó la pierna por encima del muro y con la misma cuerda comenzó a bajar. El descenso fue mucho más rápido y llegó al suelo en el acto. Estaba mareado por el esfuerzo y por el miedo. Le dolía la cabeza. Mcfly recogió la cuerda y ambos arrastraron el cuerpo del guardia al matorral.
⸻Santo cielo ⸻susurró Ryan. No podía creer que a sus pies tuviese a un hombre inconsciente. Su estupefacción aumentó cuando vio a Mcfly desnudándolo y le pidió a Ryan que guardara la ropa en su mochila.
⸻Me diste la idea cuando le hiciste lo mismo a Esteban. Así se lo pensará dos veces antes de salir de aquí.
Acto seguido tomó la radio y se la ajustó a la cintura.
⸻Estos guardias deben reportarse cada hora. Eso significa que tenemos solo una hora antes de que noten que falta alguien.
Enrollaron la cuerda, la guardaron el bolso y continuaron con el plan.
La enorme casa se mostraba imponente ante ellos. Sus tres pisos, y su estructura elegante no daba lugar a dudas sobre la situación económica de quienes la habitaban. Las ventanas eran altas y las paredes gruesas. A la izquierda se veía le entrada que atravesaba el muro, la cual llegaba a un camino pavimentado de piedra que terminaba a unos metros de la puerta principal y estaba rodeada flores exóticas, una fuente a la derecha de la entrada, y un enorme porche de recibimiento.
Un poco más de ese camino, se veía la silueta de un guardia alejándose, probablemente continuando con la revisión de los reflectores. La puerta principal estaría cerrada herméticamente y sólo era posible abrirla con una tarjeta de identificación especial que poseía el fiscal y sus personas de confianza.
Ni Ryan ni Mcfly eran uno de ello.
A la derecha estaba el lado lateral de la casa, y otro guardia alejándose en la oscuridad. En lado derecho de la mansión yacían tres ventanales enormes y cerrados por dentro, con arbustos florales a los pies.
Ambos intrusos se cargaron las mochilas y caminaron en cuclillas hacía el edifico, evitando caer en un ángulo directo por algunas las ventanas.
Las luces estaban apagadas por dentro. Todos dormían. El fiscal, su esposa, y un bebé recién nacido eran los únicos habitantes presentes. La casa era tan grande que ocultaba la luna.
Llegaron hasta las ventanas laterales, aunque sin poder ver nada adentro. A lo lejos un vigilante con una linterna volvía de su ronda. De las mochilas Ryan sacó una bujía, Mcfly sacó una pistola con silenciador. Ryan sostuvo su herramienta con fuerza y la apuntó a la ventana, Mcfly le apuntó al reflector más cercano. Ambos dispararon. El cristal de la ventana a la que Ryan lanzó la bujía se desplomo al instante haciendo un ruido mínimo que se vio tapado por el sonido del reflector estallando con sus pedazos de vidrio cayendo. El vigilante se giró al instante hacia el reflector. Ryan y Samuel aprovecharon ese instante para entrar por la ventana.
“Como te dije, el sistema tiene varias fallas. Las ventanas suenan la alarma si se abren, pero no si se rompen. Además, los reflectores tienen problemas con el sistema eléctrico y revientan a cada rato. No se extrañarán si uno estalla. Claro, si estallan dos sería extraño, pero si es sólo uno…” había dicho Mcfly.
Tuvo razón.
Desde el interior Ryan se asomó afuera y vio al vigilante informando por la radio con toda naturalidad. Por la que había robado Mcfly, se escuchó “otra más que explota”. Nadie le respondió.
Todo estaba oscuro. Sombras obtusas debían servirle de guía. Era una gran desventaja que los propietarios estuviesen durmiendo, pues no podían encender ninguna luz sin llamar la atención. Se quedaron agachados detrás de la pared a un lado de la ventana, uno frente a otro, mientras buscaban algo en sus respectivos bolsos: lentes de visión nocturna.
“Ventajas de ser policía, ¿eh, Ryan?”
Los sacaron casi al unísono y se los ajustaron como pudieron. Al encenderlo, la visión se aclaró, con un lente espectral verdoso pero difuso, resaltando el entorno como si fuese de día.
Ryan y Mcfly se miraron y asintieron.
Habían entrado por una sala secundaría a la derecha de la casa. La sección de la biblioteca. Las paredes estaban ocupadas con estanterías repletas de libros que llegaban hasta el techo. Varias mesas de madera pequeñas con lámparas encimas adornaban la estancia. En las esquinas había mueblen individuales para que cualquiera se pudiese sentar a leer pacíficamente. A la izquierda estaba la puerta que llevaba a la sala principal, y a la derecha la entrada que llevaba al comedor.
Cruzaron la puerta de la izquierda, caminando con firmeza, pero con cuidado de no hacer ningún ruido.
Caminaron por el salón, evitando los muebles y fueron a la cocina. Predominaba el blanco, tanto en la cerámica como en los estantes, con un bar lleno hasta el tope de vinos y una puerta cerrada comunicando con el sótano. A un lado de la puerta que conecta a la biblioteca, estaba un televisor de cuarenta y cinco pulgadas mostrando la imagen de las cámaras. Mcfly se acercó al conector, lo desenchufó, sacó un pote de agua de la mochila con un spray y le roció un poco al enchufe. El olor a quemado inundo la habitación. Secó el enchufe con un pañito. Cualquiera pensaría que fue un corto circuito.
Volvieron al salón principal. La luz de una linterna entró por ventana e inundó la habitación. Un guardia miraba al interior desde afuera. Mcfly se arrojó al suelo deslizándose y se escondió cubriéndose con uno de los muebles. Ryan regresó a la cocina, agachándose al lado del mesón. Esperaron unos segundos. Fueron largos.
El guardia siguió su camino.
A Ryan el corazón le latía a millón. No lograba reconocer la expresión de Mcfly detrás de los lentes y se preguntó si sentiría lo mismo, pero el policía se limitó a hacerle señas para dirigirse por las escaleras. Caminaron encorvados.
Subieron el primer escalón y crujió bajo sus pies. El segundo fue igual. Se detuvieron. Se miraron. Dos personas subiendo la escalera se convertirían en dos crujidos por paso. Demasiado ruido. Mcfly se señaló a sí mismo, señaló a Ryan. Los señaló a ambos. Y contó con los dedos en una cuenta regresiva desde el tres. Ryan comprendió. Mcfly subió tres dedos. Dos dedos. Un dedo. Cero. Se movieron al mismo tiempo. Sonó solo un crujido. Siguieron con el mismo mecanismo para el segundo escalón. Mcfly subió los tres dedos. Dos. Uno. Cero. Un movimiento parejo y un solo crujido. El crujido era ruidoso como una tormenta otoñal, pero al menos era sólo uno. El silencio de la noche hacía que retumbara en toda la casa y a Ryan le daba un vuelco en el corazón cada vez que lo oía. Cada paso nuevo era tener que repetirlo y la escalera no tenía fin. Sentía el sudor bajándole por debajo del pasamontaña y tenía la espalda fría. Siguieron subiendo. Mcfly subía los dedos. Tres. Dos. Uno. Cero. Y llegaron al segundo piso.
Era un salón espaciado que servía de pasillo, con cuadros familiares colgados en las paredes. Por un lado, llegaba a un salón lleno de puertas únicamente, por el otro, a una sala de entretenimiento con un sofá delante de un televisor, una mesa de billar y tragamonedas, hasta terminar la pared con una escalera ascendente.
Se adentraron en el salón de la izquierda observando las puertas. Eran tres de un lado, y dos del otro. Según los planos que estudiaron, uno era el de la pareja, otro el cuarto del bebé, otro el despacho del fiscal, otro un cuarto para invitados y otro el de la servidumbre, aunque muy pocas veces lo usaban.
Un atisbo de pánico se le subió por la garganta al darse cuenta que no recordaba de quien era cada cuarto, a pesar de haber tratado de memorizar el plano. La mente le fallaba por el miedo. Esperaba que Mcfly tuviese mejor memoria. Si se equivocaban y entraban al cuarto de la pareja…
Mcfly miró a un lado, luego a otro y Rya notó que dudaba. Movía la pierna derecha en una dirección y luego al contrario como si no supiese adonde caminar. Ryan se le acercó, le iba a susurrar que había que apurarse cuando éste dio un paso inseguro pero definitivo hacia una de las dos puertas. Ryan lo siguió. Mcfly caminaba lento. Al final de la estancia una ventana dejaba ver la luna saliendo detrás de la nube, y un patio con un guardia apostado justo debajo del cristal, viendo hacia el muro.
Caminaron con cuidado, aunque a esas alturas, incluso el latido de sus corazones les parecía un ruido estridente.
Mcfly puso la mano sobre el pomo de la puerta. La giró. Estaba cerrada. Se agachó y sacó la misma ganzúa que le había visto a David. La introdujo en la cerradura. A Ryan le pareció escuchar un ronquido seguido de una respiración, pero no pudo decir de dónde provenía. Miró las puertas como si pudiera ver detrás de ellas. Giraba la cabeza tan fuerte que le dolía la cabeza. El ronquido no se repitió, pero se escuchó cerca. Quizá demasiado cerca. La cerradura cedió con un chasquido. Ryan detuvo a Mcfly antes de que la abriera. Pegó la oreja a la puerta y esperó. Nada. Silencio. Mcfly le hizo gestos de que se quitara, pero él permaneció ahí, esperando. Todo en silencio. No se atrevía a moverse. Estaba seguro de haberlo escuchado. Mcfly lo apartaba. Se les acababa el tiempo.
Un ronquido volvió a sonar, venía del interior.
Esta vez Mcfly lo escuchó también y se alejó de la puerta como si esta fuera a morderle. Ryan retrocedió un paso. Tenía que ser la pareja.
Mcfly hizo un gesto de disculpa con la mano y se dirigió a la puerta de al lado. Pegó la cabeza a la puerta esperando escuchar algo. Transcurrido un minuto nada se oyó. Sacó la ganzúa y la abrió. Era el despachó del fiscal.
“Bingo.”
Entraron cerrando la puerta tras de sí. Era como una segunda biblioteca; paredes con estanterías de libros sobre derecho. Un escritorio en el centro con una pared llena de diplomas detrás. Muchos muebles con cajones rodeaban el escritorio, formando un semicírculo hacía la entrada y un enorme ventanal que daba directo a la entrada de la casa y al extenso bosque que demarcaba.
Mcfly señaló las estanterías y empezó a revisar entre los libros. Ryan se fue al escritorio. Era ordenado y pulcro. Casi andrógino. En los cajones había archivos de muchos casos, pero ninguno que fuese el de Hernán. Encontró facturas, recortes de periódicos. Fotos antiguas. Nada importante. Mcfly buscaba con el mismo éxito abriendo y cerrando libros. Nada. Debía estar en algún lado. ¿Dónde? Revisaron los otros muebles y no encontraron nada. Estaban alelados. Ryan se agachó para ver debajo del mueble. Nada. Detrás de las estanterías. Nada. Imposible. Tendría que estar ahí. Debía estar ahí.
Ryan observó su reloj. ¿Cuánto le quedaba? Había olvidado fijarse de la hora al entrar, pero seguro que faltaba muy poco para que los guardias tuvieran que reportarse y notarían que faltaba uno. Se dispararían las alarmas.
Siguieron buscando en cualquier sitio que se les ocurriera. Detrás de los cuadros. En los trofeos. Debajo del escritorio. Nada. Nada. Nada.
Un zumbido de frustración se oía en el aire.
Salieron del despacho cerrando la puerta con cuidado. ¿Ahora qué?
Los minutos corrían.
Tic tac, tic tac.
Se tuvieron quietos unos segundos. En cualquier momento podría sonar la radio pidiendo el reporte. Se acabaría la noche. No habían conseguido nada.
Mcfly señaló la escalera, pero Ryan negó con la cabeza. No quería irse con las manos vacías. Señaló la puerta anterior, dónde habían escuchado el ruido. Ahora fue Mcfly quien negó. Ryan le señaló la puerta que tenía atrás. El plan principal fue no separarse en ningún momento, pero se les agotaba el tiempo. Actuar por separado abarcaría más espacio. El plan sonaba a locura y la locura como única salida. Mcfly dijo no con la cabeza y volvió a señalar la escalera. Ryan se acercó a la puerta y colocó la mano en el pomo. El policía se dio un golpe en la cabeza con la palma y señaló a Mcfly con la mano en forma de pistola, luego sacó la suya y se fue a la puerta que Ryan le había dicho. Él sacó la suya también. Su Glock. Esperaba de corazón no tener que usarla bajo ninguna circunstancia. Estaba cargada y el peso era prueba de ello.
Ambos se colocaron cada quien, en su puerta, la abrieron al mismo tiempo y entraron.
Ryan entró a una habitación enorme, con un techo apenas visible a pesar de sus lentes. La ventana estaba oculta tras la cortina y un enorme closet cubría toda una inmensa pared.
En una cama matrimonial dormía la feliz pareja.
Se le detuvo un momento el corazón al verlos y tuvo que contar hasta diez para esperar a que volviera a latir de nuevo. Viéndolos dormidos y vulnerables notó más el peso de la pistola en su mano y supo que corría peligro, pero que, al mismo tiempo, él era un peligro. La pareja dormía separada en cada lado de su cama. La mujer tenía la cara tapada por una cabellera roja. El fiscal era un hombre alto y mayor, con un cabello cano en forma de eme sobre la frente y unos rasgos hirsutos. Tenía la nariz muy cerca de un escritorio apostado a un lado de la cama.
Ryan se lamentó preguntándose porque el escritorio no podía estar al lado de la puerta. Dio un paso prestando atención al ruido que hacía, pero fue silencioso. El suelo no crujía. Pero su propia respiración agitada amenazaba con traicionarlo. El impulso de gritar seguía presente y aumentaba a medida que se acercaba a la cama. El fiscal dio un ronquido y Ryan retrocedió. El hombre carraspeo y siguió con Morfeo. Ryan suspiró para sus adentro y continuó avanzando. El arma seguía latiéndole en la palma de la mano. No quería tener que dispararle a fiscal. No quería tener que dispararle a su esposa.
Llegó al escritorio. Estaba solo a centímetros del fiscal dormido. Se agachó con cuidado y abrió uno de los cajones. Estaba vacío. Había otro abajo, cerca del donde fiscal tenía la nariz. Intentó mover el escritorio, pero estaba atornillado al suelo. Tenía que abrir el cajón. Le puso uno mano encima y lo abrió un milímetro. El borde rozó la nariz del fiscal, quien carraspeo. Ryan apretó con fuerza la pistola. Puso la mano el gatillo. El fiscal siguió durmiendo. Abrió un poco más el cajón, la nariz rosaba, pero sin golpearse. Dentro había una carpeta. Ryan introdujo la mano. Al no abrir el cajón por completo, este amenazaba con atorar su muñeca. La deslizó como pudo para abrir la carpeta un poco y agudizó la vista. Dentro había una foto de Hernán. Había encontrado el archivo.
Un bebé rompió en llanto al otro lado de la puerta.