El fiscal se sobresaltó. Ryan abrió el cajón de golpe y sacó la carpeta. Se la apretó al pecho. Y apuntó la cara a la pistola del fiscal. El hombre lo vio aturdido, aún bajo los efectos del sueño. El bebé seguía llorando y lo hacía con más fuerza. La esposa se movió levantando la cabeza, despertándose.
⸻No se muevan ⸻susurró Ryan con voz débil⸻. ¡No se muevan! ⸻gritó con más fuerza.
Alternaba la pistola entre el fiscal y su esposa. El grito funcionó para despertar el hombre, quien puso una cara aterrorizada. La mujer se volteó y gritó al ver de frente el cañón apuntándole. Tenía piel blanca, pecas y el cabello ondulado. Cuando iba a gritar de nuevo fue interrumpida por el grito del bebé al otro lado de la pared.
⸻¡Mi bebé no! ⸻gritó la mujer⸻ ¡Por favor, mi bebé no!
⸻¡Cállese!
Ryan estaba aún más asustado que ellos. No sabía qué hacer.
El fiscal comenzó a balbucear algo sobre ayuda, sobre favores, sobre dinero y abandono del cargo. La mujer seguía gritando en suplica por su hijo. Ryan retrocedió con un dolor creciente de cabeza y les ordenó ponerse de pie sin dejar de apuntarles. Los guardias al principio podrían pensar que el llanto del niño se debía a que había despertado, pero si no paraba acudirían al instante. A Ryan y a Mcfly podrían quedarle solo segundos.
Les ordenó que lo siguiesen mientras caminaba de espaldas hacia la puerta. Ellos obedecieron. La mujer lloraba, pero el hombre lucía calculador. Ryan se volteó a ver hacía fuera y sintió que alguien se le echaba encima. El fiscal tenía una agilidad inesperada y lo había arrojado el suelo al instante. Ryan sintió todo su peso sobre él. Le golpeaba la mano para que soltara al arma y él se aferraba con todas sus fuerzas a ella. Rodaron por el suelo. El mundo perdió direcciones y se convirtió en golpes, gritos y el llanto de un infante. Lanzó un rodillazo que dio en el suelo y le provocó una punzada de dolor que casi le hace soltar la pistola, pero un grito detuvo la pelea.
Mcfly cargaba al bebé apuntándole a la cabeza.
⸻Suéltenlo o disparo.
A su lado una mujer anciana, con el cabello blanco en un moño, de baja estatura y con un camisón lloraba mientras ponía las manos en alto. El fiscal Bryson se detuvo de inmediato. Su esposa gritó a todo pulmón y rompió en llanto; colocó las rodillas en el suelo y le suplicó a Samuel que no matara a su hijo. Bryson se puso de pie, pero Mcfly le ordenó ponerse de rodillas al lado de su esposa. Lo mismo a la anciana. Ryan se levantó a un lado de Mcfly.
⸻¿Qué paso?
⸻Después te cuento. Si es que logramos salir de aquí.
En el piso de abajo se escucharon pasos apresurados. Mcfly disparó hacia la escalera y los pasos se detuvieron. La anciana se desmayó en el suelo.
⸻Jamás saldrán de aquí ⸻dijo el fiscal con voz gélida⸻. Están rodeados.
Muy a su pesar, Ryan admitió que tenía razón. No veía escapatoria.
⸻Entréguenme a mi hijo y los dejaré irse.
Ryan se giró hacía Mcfly. El niño lloraba y gritaba alzando las manos hacia su madre y tratando de patalear. Desequilibraba a Samuel a quien le costaba apuntar mientras cargaba al bebé. No le temblaba el pulso, pero se le notaba las dudas incluso con los lentes puestos.
⸻Saldremos de aquí ⸻dijo finalmente⸻ Grite y dígale a los de abajo que se alejen o matamos a su hijo.
Para remarcar sus palabras, pegó el cañón de la pistola en la cabeza del niño. El fiscal enmudeció y los ojos se le llenaron de lágrimas. Ryan no podría creer lo que estaban haciendo. Amenazaban la vida de un bebé, la apuntaban a la cabeza. Así de bajo cayeron. Supo que no encontraría otra solución, pero la sangre rastrera le cubría las venas. Y lo peor, es que no sabía si Mcfly era o no capaz de cumplir con la amenaza.
El fiscal tartamudeó unas palabras inentendibles, la voz no se le oía. Se escuchaban pasos acercándose por la escalera.
⸻¡Si veo al primer guardia, mato al niño! ⸻gritó Samuel.
⸻¡NO SE ACERQUEN! ⸻rugió el fiscal⸻ ¡ALEJENSE DE LAS ESCALERAS!
Los pasos se detuvieron. Ryan se acercó a las escaleras y escuchó como se alejaban, o al menos eso parecía.
⸻La radio ⸻le dijo a Ryan⸻ Dásela a él. ⸻Ryan la tomó y se la dio al fiscal⸻. Dígales que se vayan al patio de al frente. Que se alineen en la entrada.
El fiscal repitió la orden por la radio. Hablaba a duras penas.
⸻¿Está seguro? ⸻le respondió una voz por la radio
⸻¡Sí, maldición, estoy seguro!
La mujer repetía “por favor” una y otra vez. Su voz quebrada se había convertido en un susurro y se le veía sin fuerzas. Estaba pálida a la luz de la luna. Débil como un espectro de la noche. El fiscal recuperó parte de su fuerza y veía a Mcfly con odio. Para Ryan todo era una maldita pesadilla.
⸻Nos vamos ⸻dijo Mcfly
⸻No por favor ⸻chilló la mujer⸻. No por favor. Mi hijo, dejen a mi hijo. No se lo lleven. Por favor. Se los suplico. ¡No se lleven a mi hijo! ¡Por favor!
⸻Se los dejaremos en el bosque. Lo podrán encontrar vivo ⸻dijo Mcfly, pero la mujer pareció no escucharle. Se puso de pie y se le acercó levantando los brazos. Mcfly tuvo un momento de duda que el fiscal aprovechó para saltar hacía él. Ryan disparó por instinto sin apenas apuntar y la bala rozó el antebrazo del fiscal, que cayó al suelo sujetándoselo. La mujer prefirió un alarido y abrazó a su marido.
Fue la primera vez que le disparó a un hombre, pero no sería la ultima.
Ryan cayó en shock por lo que había hecho. Escuchaba a Mcfly gritándole algo, pero el sonido del disparo seguía retumbándole en la cabeza una y otra vez. Un disco repetido de una sola tonada.
Mcfly le golpeó el hombro con la pistola y Ryan recuperó la consciencia. Apretaba la carpeta con los archivos tan fuerte, que la había torcido bajo sus dedos. Su cerebro estaba lento. Mcfly le gritó algo que interpretó como “¡Vámonos!” por puro contexto y lectura de labios, porque sus sentidos no eran capaces de escuchar nada más que el sonido del disparo en su cabeza.
Como un muerto que resucita, Ryan comenzó a moverse cual sonámbulo por la escalera. Ya no le importaba el crujido de los escalones al pisarlo. Mcfly iba detrás de él, aun sujetando al niño y levantando el arma. Llegaron al salón principal. Desde el piso de arriba se escuchaban los gritos de la mujer. Con ellos lloraba el bebé, pero afuera todo parecía silencioso, como si solo el mundo del interior se hubiese venido abajo. Ryan se quitó los lentes y los guardó. Se los quitó a Mcfly e hizo lo propio. El mundo se volvió sombras. Un pensamiento le cruzó por la cabeza “¿por qué me quité los lentes? Así solo veo sombras”. Otro le respondió: “porque necesito ser una de ellas”.
Se pusieron espalda con espalda y cruzaron a la habitación de la izquierda. Era el comedor. No se distinguía nada. Una de las puertas daba al patio trasero. Se acercaron a ella. Abrieron la puerta.
Una bala cruzó a escasos centímetros de sus caras.
Ryan cerró la puerta con un portazo y se agachó. De la puerta principal empezaron a llegar pasos y voces. Mcfly levantó la pistola y disparó hacía la entrada. El resplandor del disparo iluminó la habitación por segundos y Ryan pudo ver las sombras de unos hombres al final del cuarto escondidos tras las puertas. Los guardias devolvieron los disparos. Uno de ellos reventó un jarrón y otro pasó muy cerca de Samuel. Desde arriba se escuchó el grito “¡NO, IDIOTAS! ¡TIENE A MI HIJO!” Pero el tiroteo lo amortiguó. Mcfly usaba las sombras para ocultarse y los guardias tenían miedo de disparar. Ryan no, y les abrió fuego sin saber muy bien a donde apuntaba.
Dos balas atravesaron la puerta desde afuera, desde el patio interior. La madera voló por los aires. Los guardias iniciaron su contrataque e intentaron entrar, pero Mcfly los despachó con ráfagas de su pistola. “¡DEBEMOS SALIR DE AQUÍ!” gritó. Abrió la puerta y se expuso al exterior, sujetando el niño delante del pecho para usarlo como escudo. Ryan lo siguió caminando de espaldas sin dejar de disparar a las sombras, con la esperanza de darle a alguien antes de que alguien le diera a él.
Afuera había dos guardias escondidos detrás de los arbustos. Detrás de ellos una pequeña reja que daba al bosque. Mcfly se agachó cubriéndose lo más que pudo con el bebé de escudo. Ryan se agachó detrás de él apuntando a la puerta, manteniendo a tope los vigilantes de adentro. Samuel disparaba, pero en su posición no podía apuntar bien. Los hombres no devolvían el ataque, pero se acercaban lentamente. Cada uno, por un lado. Mcfly no podía dispararles a ambos, y cuando le apuntaba a uno, el otro se acercaba. Más temprano que tarde estarían rodeados. Estaban atrapados
A Ryan el pánico le alteraba el pulso y sus disparos iban a acabar al marco de la puerta y no al interior. Mcfly gritaba improperios y maldiciones. El bebé seguía llorando. Los guardias se les echaban encima.
Una detonación, que no venía de los guardias ni de Mcfly se unió al tiroteo. Del segundo piso cayeron cristales rotos y unos agujeros de balas se incrustaron en la tierra muy cerca de los vigilantes.
El fiscal les disparaba a sus propios guardias con una escopeta desde el segundo piso.
‒ ¡ALEJENSE DE ÉL O PUEDE HERIR A MI HIJO!
Los guardias se arrojaron a un lado para esquivar los disparos de su jefe, quien los seguía con una ráfaga de tiros. Desde adentro de la mansión, más claro que nunca, Ryan vio a los guardias saliendo por la puerta y apuntándole. Estaban a unos escasos tres metros. Él les disparó de nuevo, pero su cargador estaba vacío. Se condenó a morir. Mcfly gritó a todo pulmón “¡AHORA!” y salió volando hacia la reja trasera; sostenía al niño con fuerza. Ryan corrió detrás de él. Se volteó para ver a los guardias, pero cuando ellos intentaron dispararle, les llegó la ráfaga de disparos desde el segundo piso y corrieron a refugiarse en la mansión.
Ryan y Mcfly corrieron a todo lo que les dieron sus piernas. El aire puro de la noche no era suficiente para llegarles los pulmones y sentían las venas calientes recorriéndoles debajo de la piel.
Llegaron a la reja. Mcfly rompió el seguro con disparo y se introdujeron en el bosque. En unos árboles cercanos, donde aun llegaba luz de la mansión, Mcfly acostó el niño en la tierra para que lo pudieran encontrar, y siguió corriendo haciéndole señas a Ryan para que lo siguiera.
El viento les trajo el lejano grito de “¡Dejen que se vayan! ¡Busquen a mi hijo!”
Ryan corría detrás de Mcfly con lágrimas en los ojos. No sabía si eran de miedo o de felicidad. No podía creer que se hubiese salvado. Aún no estaba del todo a salvo, pero la esperanza le subía por el pecho y le normalizaba el latido de su corazón. Atravesaba ramas, arbustos y raíces como si fuesen simple hojas a su paso. Veía a Samuel claramente y esperaba sinceramente que se acordara del camino. Él ya no se acordaba de nada. Tan solo quería correr lo más lejos posible, lo que sus pies le permitiesen, y perderse en el laberinto de la naturaleza.
A lo lejos, delante de él, escuchó un rugido. Un rugido artificial que no podría proferir ningún animal. Era el rugido de un auto.
Llegaron a un pequeño claro donde su auto alquilado le esperaba. Creaba una pequeña área de luz a su alrededor gracias a sus luces encendidas. Era como un oasis en medio de un desierto. Nunca se había sentido tan feliz de verlo.
Un camino de tierra, por donde había venido el auto, se perdía en el bosque.
Ambos se detuvieron jadeando y quitándose los pasamontañas. A Ryan el corazón seguía golpeándole el pecho. Se notaba cansado, pero aún activo, como si pudiera correr mil kilómetros más gracias a la adrenalina. La sangre reunida en su cabeza volvía a su lugar. Mcfly no estaba en mejor forma. Su piel estaba roja por el esfuerzo y sudaba por todo el cuerpo.
⸻Vamos, aún pueden seguirnos. Salgamos de aquí.
Se acercaron al auto y quedaron paralizados. En el asiento trasero estaba David desnudo, amordazado con su propia ropa, sin zapatos y con una de sus medias metidas en la boca.
Mcfly iba a decir algo, pero un disparo lo interrumpió. En un segundo estaba de pie mirando a David, y al otro estaba cayendo al suelo. El disparo le había dado.
David se atragantó intentando gritar.
Ryan no podía moverse. Veía en cámara lenta como Samuel se desplomaba en la tierra y se desangraba delante de sus ojos. Seguía vivo, pues maldecía a gritos, pero la sangre inundaba la arena. Ryan se giró, pero no fue a tiempo. Se dio de frente con el cañón de una pistola apuntándolo entre los ojos. Los cerró esperando morir. Al abrirlos seguía vivo. Un hombre también con pasamontañas lo apuntaba y señalaba la carpeta que Ryan traía.
Quería los archivos.
Él los sujetó con fuerza, incrédulo ante la posibilidad de perderlos después de lo que habían sacrificado para conseguirlos. Él desconocido le acercó más el arma. En el asiento trasero David se retorcía, y en él suelo Mcfly agonizaba en un charco de su propia sangre.
Ryan miró el desconocido a los ojos, los tenía marrones. Éste lo vio de vuelta y puso el dedo en el gatillo. Iba a disparar.
Sin otra opción, estiró el brazo y le dio los archivos. Cuando se lo quitó de las manos, sintió como si le estuviesen arrebatando una extremidad del cuerpo. Le estaban arrancando la esperanza.
El asaltante lo tomó, retrocedió unos pasos sin dejar de apuntarle, y corrió hacia el bosque perdiéndose entre los árboles. Ryan tomó su pistola y recordó que no tenía balas. Para cuando recargó, el hombre había desaparecido y él estaba sólo en pleno bosque, sin archivos, con Mcfly moribundo, siendo perseguidos por vigilantes que iban en camino, con policías acechándolo y sin saber qué hacer.