“¡Despejen!”. Tenían que lograrlo. “¡Despejen!”. El sonido constante del pitido atravesaba las paredes. “¡Despejen!”. Un llanto silencioso se hacía presente. “¡Despejen!”. Una explicación dicha a toda velocidad, perdiendo el sentido. “¡Despejen!”. Una esperanza que baja las escaleras mientras la desesperación las sube. “¡Despejen!”. Segundos cortantes, con espectadores mudos, a pesar de estar rodeados de actos apresurados. Ellos impasibles, mientras el mundo se cae, y en el centro del derrumbe, el máximo esfuerzo que no parece dar frutos. “¡Despejen!”. Un intento más, eso bastaría, seguro que sí. Una última descarga. No se rindan. No se rindan. “¡Despejen!”. Tal vez la siguiente vez funcione, o la que viene después de esa, o la que le sigue a continuación. Tan solo un intento más. Un paso decisivo. Algo que lo cambie todo, como jugada de ajedrez que invierte la balanza. Un último movimiento. Un último intento.
“¡Despejen!”
‒‒‒
Ryan se pasó las manos por la cara. Estaba agotado. El rostro le sudaba a pesar del ambiente condicionado. Las enfermeras iban y venían. Las paredes eran de un naranja claro bajo un techo blanco, con muchas puertas para los cuartos de los pacientes, los cuales rodeaban la sección de oficinas del cuarto piso que se cubría con paredes de cristal y cortinas igualmente naranjas que estaban abiertas. Al final de la recepción, el elevador. A un lado del elevador, las escaleras de emergencia.
Se acomodó en el asiento frio de la sala de espera. El peso de quien estaba a su lado le parecía perturbador, pues no se trataba de alguien que le pudiera brindar algún calor. Pero peor era ese aquel que se afincaba de la pared viendo al vacío, pues casi no había hablado desde su llegada.
Es mejor no hablar cuando no se tiene nada bueno que decir.
Ryan se puso de pie, aunque solo fuese para estirar los músculos. Creyó que su acompañante haría lo mismo; tenía más razones que nadie para querer estirarse, pero no lo hizo. En cambio, lo vio con pesadumbre y continuó en su asiento. Ryan vio a los doctores caminando por la sala, a veces acompañados de pacientes y se sorprendió al descubrir cuantos sonreían a pesar de estar en el ala de emergencias.
Para distraerse, volvió a ordenar los hechos sucedidos en su cabeza: el allanamiento, el secuestro del bebé ⸻que jamás se perdonaría⸻ el tiroteo, el hombre del bosque y el disparo a Mcfly. Demasiado para una sola noche.
Sus nervios no estaban recuperados, y que afuera estuviese amaneciendo, no le ofrecía ningún confort.
David se levantó del asiento. Se frotaba las manos. Las muñecas aún le dolían después de haber estado amordazado. Miró a los lados como esperando que alguien lo regañase por haberse movido. Él y Ryan intercambiaron una mirada. El chico tenía los ojos rojos, no tanto por llorar, sino por soportar las ganas de hacerlo, sin embargo, su nariz con aspecto engripado le delataba. Las ojeras en sus ojos hablaban de noches sin dormir, aunque solo haya sido una. Su piel pálida evidenciaba un golpe emocional muy fuerte. Esto si era justo y verdadero. Ryan dio un paso hacia él, pero David lo detuvo con la mirada. No quería que se acercara. Tal vez culpaba a Ryan de lo sucedido. Puede que se culpara a sí mismo. Sea como sea, la mirada de David mostró el brillo de la soledad escogida. Finalmente se encaminó al baño.
Ryan escuchó un sollozó cuando le pasó por al lado.
Apostado en la pared seguía Richard, casi tan perturbado como David. Su habitual semblante sereno había desaparecido, siendo reemplazado por un miedo atroz. El hombre desprendía arrepentimiento, pero Ryan no entendió por qué. Puede que se culpase por no haberlos apoyado; si lo hubiese hecho, tal vez no…
Pero en los gestos de Richard había algo más y Ryan pudo deducir qué cuando descubrió, al llegar, lo bien que conocía la clínica. Richard sabía adónde ir. Incluso conocía algunos doctores. Ryan entendía el motivo.
Se acercó a él, dudoso, vacilando. No era el momento de una charla emotiva, pero si permanecía más tiempo sin decir nada enloquecería. Quería hablar, aunque fuese con Richard. Y en cierta forma creía que esto le haría bien al fiscal, aunque cabía la posibilidad que fuera un razonamiento de auto convencimiento, de esos que te dices a ti mismo para pensar que lo que hiciste o lo que harás no es tan malo como crees.
Richard levantó la mirada al verlo, pero no dijo nada. Ryan se apoyó a su lado y ambos vieron en la misma dirección. A un lado de ellos estaba le entrada de una habitación que se encontraba cerrada. Richard veía al ascensor, como si esperara a ver a alguien salir de él; como si esperara ver a alguien entrando en él.
⸻Aquí fue, ¿verdad? ⸻preguntó Ryan en voz baja.
Richard se tomó su tiempo para responder. Respiró profundamente, parpadeando varias veces. Se miró las manos un momento y las ocultó en sus bolsillos. Alzó la cabeza y siguió mirando el ascensor.
⸻Sí ⸻respondió.
Ryan lo había imaginado.
⸻Lo lamento.
⸻Gracias.
No se miraron. Ambos observaban el mismo punto en el centro del elevador, del cual salía alguien ocasionalmente. Cada vez que alguien entraba, Richard respiraba con profundidad.
⸻¿Hace cuánto?
⸻Hace mucho… Hace poco… En realidad, no lo sé. El tiempo no ha transcurrido igual después.
⸻Entiendo.
⸻No, no lo haces.
Ryan no respondió.
⸻En ese ascensor fue la última vez que la vi entrar. Se iba al cuarto de operaciones. Era la última esperanza.
Él intentó imaginárselo. Estar ahí, de pie, viendo cómo se llevan a tu ser querido en una camilla, en un ascensor que se para en el piso de la otra vida. Un viaje sin regreso, solo de ida. El miedo de no saber qué sucederá; la incertidumbre de lo que puede ser, pero la bendita esperanza que se niega a abandonarte hasta que al final es la realidad quien la despacha. Pero eso es después, al final. Mientras viva, sigues apostado ahí, observando las puertas cerrándose, sin poder despedirte. Un adiós a través de las paredes.
Por primera vez sintió lastima hacia Richard.
⸻Debió ser horrible.
⸻Lo fue.
⸻¿Qué edad tenía?
⸻¿Eso importa?
⸻Diría cuanto tiempo disfrutó la vida.
⸻Para eso habría que contar solo los años que tuvo antes de descubrir el cáncer.
Ryan guardó silencio.
Richard carraspeo.
⸻Sesenta y tres ‒susurró.
⸻Qué en paz descanse.
⸻Ojalá.
⸻La querías mucho.
⸻Era mi madre.
⸻¿Y? Mira a Hernán con la suya.
⸻A su modo, Hernán la quería.
⸻¿Y ella a él?
Guardaron silencio.
⸻¿Aún piensas ir tras ellos? ⸻preguntó Richard. Observaba ansioso a Ryan, con algo de enojo en su mirada.
⸻Sí ⸻respondió con más firmeza de la que creía posible. La pregunta de Richard fue desconcertante.
⸻¿A pesar de esto?
⸻No tengo más opción
⸻Sí la tienes: irte.
⸻Suenas como los Savelli.
⸻Ellos tienen ganada la partida.
⸻Algo debe de poder hacerse
⸻¿Y para qué?
Ahora Richard lucía algo más que molesto, algo más que ansioso. Un ardor profundo escapaba de su ser. Un deseo infinito de paz que ha sido corrompido por la guerra. Un hombre que sube la montaña cuando en realidad desea bajarla, pero que es arrastrado hacia arriba por cuerdas ajenas.
⸻Te quieres rendir ⸻afirmó Ryan, convencido.
⸻Sí, Ryan, me quiero rendir. ¿Cuál es el sentido de esto? Seguir en una lucha que no podemos ganar. Es como correr hacia un arma que te está apuntando con la esperanza de que no te dispare. Y es que, en este momento, la esperanza es lo que nos queda, y lo lamento, pero no basta. Esto no tiene sentido. Estamos peleando por un muerto. El arma te disparará, como lo hizo con Mcfly. Como lo hizo con Hernán.
⸻Ese muerto fue nuestro amigo.
⸻Eso no cambia el hecho de que se ha ido. Nada de lo que hagamos cambiará la realidad. No le daremos paz, no le daremos justicia. A los muertos no les importa que nos suceda a los vivos una vez que se han ido. Ya están en otro plano, o enterrados en la nada, con ninguna conexión tridimensional con el mundo al que alguna vez pertenecieron. Si algo se puede hacer por alguien, es estando vivo, no después. Y nosotros sólo podemos especular en lo que se pudo haber hecho, lo que debimos haber hecho, pero que no hicimos.
⸻Richard…
⸻Cuando alguien se va, se va y punto ⸻a Richard el pelo se le encrespaba, pero algo en su mirada iba ardiendo como una llama triste que riñe incansable con el frío de la noche, hasta que termina apagándose perdiendo el combate. El espíritu de Richard se traducía en palabras como símbolos de dolor; señales de penurias.
⸻Sé que te sientes impotente
⸻¡Claro que me siento impotente! ⸻exclamó el fiscal agitando los brazos. Algunas enfermeras se le quedaron viendo y el hombre se ruborizó, pero sin menguar su enojo⸻. Primero mi… ⸻se detuvo. Su voz quería quebrarse⸻. Primero mi madre… luego Hernán… ¿qué se puede hacer? Nada. Se fueron.
⸻Se puede hacer justicia por sus muertes.
⸻Sus muertes son absolutas, Ryan, y eso nada lo va a cambiar. Podemos creer que hacemos algo, pero no es así. Podemos rezarles en las noches, podemos visitar sus tumbas, guardar sus fotos.
Y calló, incapaz de decir más.
Ryan respetó su silencio.
⸻De todas formas, ⸻concluyó Richard⸻ ya no podemos hacer nada. Esos documentos eran nuestra única opción y los hemos perdido. No se me ocurren más ideas.
Se separaron de la pared y fueron a sentarse, viendo hacía el baño del cual David aún no volvía. Desde lo sucedido, Ryan sentía que el hombre del pasamontaña podría aparecer en cualquier momento, detrás de cada puerta. Que le dispararía para terminar el trabajo, obedeciendo las órdenes de alguien más poderoso que cualquiera en esa sala.
Pero eso no tenía sentido.
Al principio, su primera deducción fue pensar que se trataba del mismo hombre que le había disparado en la plaza, ese del que solo se había salvado por los pelos. El sicario volvió para cumplir su trabajo, pagado por la mujer Savelli, quien cumplía al pie de la letra su amenaza de muerte. Un hombre enviado a matarlo, así de simple.
Pero que no lo había matado.
De ser el mismo hombre, en ese momento se le estuviera informando a unos padres afligidos que su hijo, Ryan Mayz, estaba muerto, que había sido encontrado tiroteado en el bosque tras haber asaltado la mansión de un fiscal para amenazar de muerte a un bebé y robar unos documentos. Sin embargo, continuaba vivo. El extraño no le disparó. Se llevó los documentos, pero no lo asesinó. Le perdonó la vida. ¿Por qué? Las órdenes de los Savelli debían ser disparar a matar, solo eso explicaría la escena de la plaza, pero entonces, ¿por qué se conformó con llevarse los papeles? ¿Buscaba eso específicamente? ¿Conocía el contenido? Los Savelli pudieron haberlo enviado con el mandamiento de solo recuperarlos, pero seguía siendo incoherente. Ellos no tenían forma de saber que atacarían esa noche, ni por dónde escaparían. Puede que los estuvieran espiando, pero, aun así, para no dejar clavos sueltos, la mejor opción era asesinarlo. Los tres tendrían que haber muerto.
Los tres.
¿Y si era un hombre diferente? Si no era el mismo que atacó a Ryan, si no es un enviado a asesinarlo, ¿entonces quién? Un tercer hombre, un nuevo eslabón en la cadena, emergió de las profundidades del bosque para cambiar las reglas del juego. Una tercera sombra en el juego de poder entre Ryan y sus compañeros, con los Savelli y ahora un tercer elemento. ¿Cuál sería su relación con el asesinato de Hernán? ¿Por qué aparecer ahora exclusivamente para llevarse los documentos?
La verdad volvía a esconderse lejos de los dedos de Ryan, ahora cuando más cerca la sentía. Se le escurría con el pasar de los días y eran pocas o nulas las alternativas. Su mejor opción, su mejor oportunidad, se fue tras realizar un disparo certero, dejando un rastró de confusión entre las hojas.
Un nuevo m*****o.
La puerta de la habitación más cercana se abrió. Una enfermera de baja estatura y cabello enrulado oscuro salió de ella.
⸻Ya está despierto ⸻dijo, y se marchó.