En la universidad estuvo en una fiesta donde uno de sus amigos, Mauricio, lloraba sobre su hombro por una relación de cuatro años recién terminada.
⸻Esa desgraciada me engañó, Ryan, me engañó ⸻le dijo apestando a whisky, ginebra y tequila mientras el resto de la fiesta disfrutaba⸻. Me mentía todo el tiempo, ¿y sabes lo peor? ¡Yo le creía! Yo le creía todo a la muy… ⸻hipeó⸻ No debería insultarla, ¿verdad? Fue mi novia. ¡Pero es que me engañó! Te voy a decir algo, amigo Ryan; la verdad no existe. Ella jugó conmigo porque supo hacer que una mentira pareciera cierta. Al final no importa si algo es verdad o no, sino como se lo explicas a una persona. Si alguien te dice una mentira de la forma correcta, con un argumento convincente y palabras bonitas, tú lo creerás, porque somos seres atrapados en las apariencias. Puedes detenerte a pensar y tal vez descubras la farsa, pero si te dejas llevar por las palabras, ellas alteraran la realidad y no podrás ni siquiera dudar de lo que has escuchado ¡Qué te lo digo yo! ¡Ella me engañó! ⸻y tras esta reflexión filosófica se desmayó sobre su propio vomito.
Y aunque al día siguiente Mauricio no recordaba nada de lo que había dicho, Ryan no lo olvidó.
Tenía razón, su compañero ebrio tenía razón. Toda verdad lo es porque de este modo es socialmente aceptada por una mayoría aplastante; no importa si es cierta o no; si veinte lo ven como verdadero y cinco lo ven falso, los últimos serán ignorados y su veracidad quedará absoluta. Y para crear una mentira con infibulas de sinceridad, bastan las buenas oraciones que dirijan al oyente hacia donde el emisor lo desea. Todo puede ser verdad o todo puede ser mentira si logras convencer a la persona de lo que consideres adecuado. La historia es testigo de esto. Galileo Galilei poseía las pruebas y aun así fue obligado a retractarse porque lo que decía era “mentira”; una asquerosa mentira porque todos los demás “sabían la verdad”. A Galileo le faltó la labia suficiente para convencerlos. Pero tal vez a Samuel Mcfly no. Todo lo que acababa de escuchar bien podría ser los pensamientos retorcidos de un hombre aburrido en busca de una emoción, dichos de tal modo que parecen una sucesión de hechos con sentido; pero estaban libres a la interpretación haciendo que Mcfly pudiera estar tan acertado como errado. Samuel podría ser el Galileo en busca de una verdad, como también podría ser el niño que grita ¡Lobo! Para llamar la atención.
¿Cómo tomarlo en serio de ese modo?
¿Estaría en lo correcto?
No, no estaba en lo correcto, porque estarlo implicaría una verdad mayor de la que no se podría dar vuelta atrás. Significaría que un s******o fue homicidio y que fue cometido por los familiares del fallecido.
Una idea espantosa
Una idea errada.
¿Pero y si tenía razón?
No, no la tiene. Fin del tema ¿recuerdas? ¡No desvaríes!
Se sentía un inútil de nuevo al no haber conseguido que Mcfly dejará de molestar a los Savelli; en vez de eso fue él quien tuvo que limitarse a escuchar.
¿Pero tiene algún sentido lo que escuchó?
No, por supuesto que no.
Hernán estaba teniendo problemas aún mayores con su familia. Fue a donde Richard en busca de consuelo, pero esto no fue suficiente. Su depresión aumenta y decide suicidarse.
Listo, ya, fin del tema.
Ryan le pagó la cuenta a un camarero ojeroso y se marchó de la cafetería, huyendo tanto de sus pensamientos como de otros que no parecían suyos, sino de una voz con nombre y apellido que le había hecho pagarle el desayuno.
Llegó al auto, lo encendió y en pocos minutos ya iba por la autopista a toda velocidad, visiblemente perturbado. Y es que no podía, no podía ser cierto lo que Mcfly le había dicho. Una mentira se escondía detrás o tendría pruebas suficientes para afirmarlo, y aunque diga tenerlas, que no las muestre es una clara evidencia de su falsedad. Pobre hombre buscando fama, eso es lo que era. Nada más y nada menos.
Ryan no se detuvo en el hotel, ni en un restaurante, ni en la casa de nadie, ni en ningún sitio. Siguió manejando por la ciudad recorriéndola de polo a polo con las ideas dándole vueltas en la cabeza. Hernán metido en problemas con su familia. Nada nuevo bajo el cielo, nada difícil de comprender. ¿Asuntos legales? Tal vez algo relacionado con uno de sus negocios, esos que manejaba obligado bajo las órdenes de su padre. Un pequeño error que buscaba corregir con ayuda de Richard; no podía existir explicación más simple que esa y sin embargo se le seguía escapando, escondiéndose detrás de los casilleros de su imaginación, susurrándole con una voz infantil que había algo más, algo oscuro. Un detalle perverso escondido bajo las sombras de los Savelli. Un secreto. Una historia. Se sintió como un paparazzi en busca de la mejor noticia. Un detective privado desesperado por un misterio que resolver. Pero no había misterio. No lo había. Ninguno. Sólo un s******o ¿Sólo un s******o? Lo pensaba como si no fuera gran cosa, como si fuese algo natural; un disparo alojado en el cráneo de su mejor amigo; lo más natural del mundo, ¿no?
Siguió manejando por autopistas, avenidas, calles, intercepciones. Horas burlescas que caminaban a paso de tortuga, un sol vagabundo que se negaba a marcharse. Un minuto, cinco, diez, veinte, cincuenta. Una hora, dos horas. Y él seguía conduciendo. Se detuvo a llenar el tanque un par de veces y continuó con su camino inconexo. Al menos devolvería el auto al final de sus vacaciones con el kilometraje por los cielos. Tres horas, cuatro horas.
No desvaríes, Ryan. No dejes que Samuel Mcfly se meta en tu cabeza.
Y siguió conduciendo.
Lo hizo hasta que llegó el anochecer. A las siete de la noche se estacionó frente al teatro y se apeó del auto. Ahora en verdad le hubiese gustado la compañía de Javiera. Vio matrimonios de todas las edades entrar en el edificio agarrado de las manos; no le extrañó que ese fuera el público que un teatro recibiera. A los adolescentes no les importa y a los señores mayores ya no les llama la atención. Estuvo tan solo como en el funeral y meditó sobre la posibilidad de romper la entrada, devolverse al hotel y pasar los siguientes dos meses disparando en la galería de tiro de Joe. El viejo se haría rico y así al menos alguien estaría feliz. Sin confabulaciones, sin sospechas, sin recuerdos.
Disparos, solo eso.
Descartó la idea tan rápida como llegó, sacó su billetera y examinó las entradas que tenía.
La obra era Hamlet. Muy adecuado.
Ryan sonrió con ironía.
El teatro era un edificio antiguo con un aspecto aún más clásico intentando imitar a los antiguos griegos, creadores de la dramaturgia. Un techo triangular lo esperaba con cinco altos pilares de piedra frente a un edificio semi circular. El Valet Parking hacia su trabajo en la entrada, aunque Ryan prefería encargarse de su auto él mismo. Siempre desconfió de ellos. Cruzó la calle y se adentró en el teatro. La noche estaba con pesadez y los ruidos nocturnos se hicieron presentes. Dentro el techo era alto con réplicas de pinturas famosas sobre las paredes. El suelo estaba con un alfombrado rojo tal vez como referencia al espectáculo. En el centro de la estancia se hacía la fila para entrar a la obra con un silencio espectral. Ryan se unió y tras varios minutos entró. Se sentó en la tercera hilera de las butacas casi en el centro, con lo que consideró tener un excelente panorama. La sala era oscura con los focos apuntando hacia las tarimas. Hileras e hileras de asientos tapizados color vino tintos divididos en tres clases. Alta, baja y media. En lo alto estaban los balcones de donde disfrutan la obra los más adinerado.
La sala no tardó en llenarse y el murmullo se fue haciendo cada vez mayor hasta que, con un estruendo, cerraron la puerta, las luces se apagaron y el escenario cobró vida.
La obra había comenzado.
Ryan había leído Hamlet muchos años atrás, y aunque se le olvidaran los detalles, recordaba la esencia de la historia.
Hamlet: un príncipe trastornado al descubrir que su madre y su tío conspiraron para asesinar a su padre y así quedarse con la corona. Los dos guardias del primer acto salieron a escena seguidos por el actor que interpretaba al fantasma del Rey, el difunto padre del protagonista. Hamlet es una historia de traición y codicia, donde dos seres opuestos se unen para arrancar del suelo el eslabón que los alejaba del trono. No es solo el asesinato en sí lo que trastorna al príncipe, sino el trasfondo de saber que sus seres queridos, seres en quienes confiaban, estaban dispuestos a darle una puñalada por la espalda a quien antes fuera su hermano o su esposo, según a quien se refiriese.
¿Pero quién no ha sido traicionado jamás? Nadie está a salvo de las lenguas de serpientes que se esconden entre sonrisas encantadoras. No hay reglas en el juego. No existen señalizaciones ni máscaras de advertencia que te puedan ayudar para evitar ser atrapado por quienes poseen corazones de piedras. Cría cuervos y arrancarán tus ojos de sus cuencas. De ahí nace el instinto y la selección natural de la desconfianza. Ser precavido por temor al error de un tercero, no al propio. Si bien uno mismo es su peor enemigo, eso no les quita peligro a tus allegados de falsas intenciones. El hombre, tal como es, posee una moral dudosa y unos escrúpulos aún peores. Y una vez conoces esa desazón de realidad que te enseña a ocultarte de los demás, cada sombra del valle se convierte en una guadaña esperando caer. De eso trata Hamlet. La desconfianza, la traición y la venganza probada en un frío plato.
Por eso los amigos son un riesgo a tomar en cuenta. Una mala elección puede llevar a una mala respuesta. Una sorpresa desgraciada cuando menos te lo esperas por una persona con la que compartiste comida días atrás. Muchos se refugian en la soledad intentando escapar. Es como no caminar por miedo a tropezar. Pero cuando esa posibilidad, desgarradora y traicionera, se aloja incluso entre tus familiares…
¿Cómo se espera que una madre le falle a un hijo? ¿Quién se imagina que un padre pueda actuar en contra de su primogénito? Como cultural general son ellos los protectores el edén de su pequeño, los guías enviados por el cielo. Ángeles guardianes. Pero si hay algo que la historia ha demostrado es que los lazos de sangre no significan nada y eso se ve desde los tiempos de Caín y Abel. Desde el primer hombre que alzó su mano hacia la persona que hizo nacer. Desde el primer pequeño que le dio muerte a su madre. El hijo contra el padre y el padre contra el hijo es algo visible en toda nación. ¿Familia? Palabra aparentemente vacía. Sin significado. Sin valor. Tal vez alguna importancia tuvo en el pasado, tal vez algún honor poseyó en algún momento, pero eso se había perdido con el pasar de los siglos dándole paso a la degeneración intrínseca del ser humano, donde el derramamiento de sangre da igual, aunque esta sangre sea de tus mismos genes.
Es una idea espantosa.
Pero espantosamente real.
De eso trata Hamlet.
Y toda obra ficticia puede ser retratada con hechos reales.
De nuevo los pensamientos de Ryan volcaron hacia Hernán y su familia. ¿Serían los Savelli capaces de algo así? Hay una línea delgada entre ser cruel y ser un asesino. Una línea muy delgada, sí, pero existente. Presente. Ahí está; y marca un mundo diferencia. A pesar del desprecio que puede tener un familiar a otro, llegar a la altura de arrebatarle la vida, quitarle su futuro, cortarle la respiración. Todo se convierte en cuestión de una decisión; de saber si te importa que muera o no; si necesitas que muera o no. Y luego, con una mente ordenada, decides bajar el mazo y dictar la sentencia sin dejarte suavizar por el hecho de haber engendrado a ese al que ahora le cortas el cuello. Todo es cuestión de prioridades. Si tu negocio, tu nombre o cualquier otro aspecto de tu vida son más primordiales que tu hijo. Los buenos padres se les reconocen por anteponer ante todo a sus primogénitos, pero si los colocan en el último lugar; si les da igual lo que les pueda pasar… Entonces se presta la determinación del homicidio.
¿Cuáles eran las prioridades de los Savelli? Si Hernán estaba en último lugar, ¿significa que no solo no les importaría su muerte, sino que además estaban dispuestos a propiciarla? No, no llegarían tan lejos, no llegarían a esos extremos. Tal vez Hernán no era el hijo que ellos querían, él los decepcionaba, pero esa no es razón para odiarlo.
Conflictos legales.
Nunca podría haber un problema tan grave como para que un Savelli se alzara en armas contra otro.
¿O sí?
¿Estaría Javiera involucrada?
Dios, por supuesto que no, porque no había nada con que involucrarse. No hubo asesinato. Solo s******o. Un bonito s******o.
La obra llegó a esa escena donde a Hamlet se le aparece el fantasma de su padre contándole todo lo que sucedió y reclamándole venganza.
Ojalá fuera tan fácil.
Hernán entraría por la puerta principal, flotando, pero sonriente, con un enorme agujero atravesándole la cabeza y le explicaría a Ryan lo ocurrido. Saldrían de dudas.
⸻Tranquilo amigo, no me asesinaron, solo me suicidé, ¿sabes? ⸻se encogería de hombros⸻¿Qué por qué lo hice? Eso a ti no te importa. Tú me abandonaste.
Algo de tentador poseía la idea del homicidio y es que liberaría a Ryan de la culpa. Saber que su amigo se quitó la vida lo encerró en la caja fuerte de los lamentos por no saber si tuvo algo que ver con esa decisión, si pudo haberlo cambiado o hecho cualquier cosa para crear un desenlace diferente. Él lo intentó mientras estuvo presente. Podía jurarlo.
Pero no estuviste siempre presente, ¿verdad?
⸻Me abandonaste, Ryan ⸻diría con unos ojos carentes de vida mientras un gusano se le desliza entre los dientes⸻. Me dejaste solo. Éramos amigos y yo te necesitaba, ¿pero ¿dónde estabas? Me dejaste, Ryan. Te marchaste
Estaba haciendo su vida.
Y sacando a Hernán de ella sin darse cuenta.
Tomó otro camino, eso no era pecado. No podía serlo. Pero sí, sí lo era. Ahora Samuel Mcfly le ofrecía la redención. Un bonito regalo de cumpleaños. Él no murió por tu culpa, Ryan. ¡Alguien más lo eliminó! Lo más seguro es que esa hermana calienta huevos que tiene. Sí, muy perfecto, muy bonito. Te libera de la culpa. Sería libre. Pero al cambiarse de lugar con los Savelli, ellos pasarían a ser los responsables exclusivos de la muerte de su mejor amigo y él tendría que encontrarlos. Embarcarse en un juego ignoto. Eso sería tan fácil como leer un libro en un idioma desconocido.
Pero ellos no tienen la culpa, la tienes tú y ahora usas las tonterías de Samuel como excusa para justificarte
No, no era así.
Ojalá se pudiera contactar durante un segundo con los seres perdidos. Atravesar el plano de lo existencial y beber del agua de la inmortalidad durante un rato lo suficientemente largo para intercambiar palabras con los caídos. Ojalá Lucifer o Jehová abrieran sus puertas para dejar entrar como un visitante pasajero a aquellos sufridos por la pérdida. Una tumba no te responde cuando le hablas. Una oración no recibe otra de vuelta. Se habla con el silencio sabiendo que no volverás a escuchar esa voz enterrada en una cama de madera.
Si tan solo pudiera preguntarle. O disculparse.
De tener razón Samuel Mcfly, ¿Qué haría? Viviría en el juego de “¿Quién quiere ser millonario?” Siendo un participante ignorante.
Pregunta: ¿Quién mató a Hernán Savelli?
Opción A: Raquel Savelli
Opción B: Gabriel Savelli.
Opción C: Javiera Savelli.
Opción D: Ninguna de las anteriores
¿Cuál escoges?
⸻Opción D: ninguna de las anteriores.
PEEEM, respuesta equivocada, amigo, has perdido. ¿Cuál era la opción correcta? Sabrá Dios. Nadie te da la respuesta correcta cuando te has equivocado; te hacen sugerencias, te dan opiniones, pero jamás lo que debiste haber hecho para no fallar. Eso se queda como lo que pudo haber pasado si tú en vez de haber escogido la opción D, hubieses escogido la C, o la B, o la A, o la E, porque también hay una opción E aunque no aparezca en la pantalla. Hay una para cada letra del alfabeto porque la vida ofrece numerosos caminos, pero sin señalarte cual debes escoger. Así es el divertido juego de vivir.
Pero si hubiera escogido la A, la B o la C e igual se hubiera equivocado…
Ryan recordó las palabras de Javiera: “Mi familia tiene contactos con la policía. Podría hacer que pierda su placa.” ¿Haría lo mismo con él? Si los Savelli tenían influencias en las grandes empresas constructoras, y los hacía enojar, se convertiría en un arquitecto desempleado. Terminaría construyendo estructuras con legos para publicarlas en Internet y sentirse como todo un triunfador.
Pero de todas formas eso no debía preocuparle. No se cometió ningún asesinato. Las pruebas de Mcfly eran insustanciales, ¿verdad?
Verdad.
Mentira.
La obra ya casi llegaba a su final. Hamlet organizó su propia obra de teatro ante su madre y su tío, donde los actores representaron los actos de traición que habían cometido para darles a entender que él lo sabía. Lo sabía muy bien. El rey, su tío, decide terminar con su vida usando una copa envenenada, pero su plan sale mal y es la reina, su madre, quien termina bebiendo el veneno. Hamlet enfurece y hace a su tío beber de la misma copa para después ser apuñalado por Laertes, quien también es herido en la batalla. Los cuatro mueren en el mismo salón casi al mismo tiempo y la obra termina con un discurso de Fortimbrás.
Al final todo se reduce a eso: venganza.
Hernán, en el caso de haber sido asesinado, pudiera estar clamando venganza desde el paraíso usando a Mcfly como emisario, buscando usarlo a él también. O podrían ser todo inventos de un policía confundido apoyado por un arquitecto melancólico que busca limpiar su rencor contra el reflejo.
Porque había sido un suicido. Esa era la verdad.
Un simple s******o.
Asesinato no.
s******o.
Verdad.
El público se puso de pie y aplaudió a los autores con aplomo. Ryan estaba en trance. Imitó a los que los rodeaban en cada movimiento: aplaudir, caminar hacia la salida, llegar al estacionamiento. Seguía con los ojos muy abiertos; veían pasar entre ellos las escenas de un Hamlet asesinado a traición por su familia, pero en vez de la cara del actor, veía a la cara de Hernán caer sin vida en el suelo, con la sangre escapándosele de los sesos.
Sacó su celular y marcó el número sin pestañear.
No esperó a que el otro hablara.
⸻Está bien, te voy a ayudar.