—Gracias, hijo. ¡Gracias, gracias, gracias! El silencio fue de nuevo mi mejor aliado. Seguimos abrazados un rato más hasta que me llevó de vuelta a la sala y me sentó junto a Raquel. Ella estaba enajenada, mandando mensajes a toda velocidad, las notificaciones no paraban de sonar. Mientras tanto, mamá esperó hasta que su hija reparara en su presencia, posando como la Mujer Maravilla con ambas manos en su cadera. Para cuando alzó la vista, ambas se sonrieron. —Raquel, Luís, no sé qué más decir en este momento, más que “Gracias” —hizo una pausa mientras elevaba la vista para evitar llorar—. Gracias, porque sí… es verdad… llevaba mucho tiempo con estos pensamientos revoloteándome en la cabeza y al fin me hicieron dar el paso que necesitaba. «Tenía miedo de ser una mala madre —dijo con la v

