Ella hizo caso a la última indicación y sus manos se adhirieron a ese culo firme y redondo para enterrar aún más la cara entre esas piernas tonificadas color canela y poderla “comer con hambre”. No había rastro de vello en ella, su nariz se arrugaba al pegarse a ese pubis, duro como si debajo de esa piel hubiera acero macizo. El sabor de esa golosina era distinto al de su hija menor… era parecido a algo… algo que ella no sabría describir en ese momento. Sentía que estaba degustando una sandía que aún no maduraba del todo pero que ya estaba jugosa, salivaba sin control mientras averiguaba cómo introducir su lengua más adentro. —¡Oy, sí! —mascullaba la morena, sacudiendo sus caderas como si quisiera cogerse esa boca— ¡Sí que tienes hambre! ¿Verdad, putita? —gruñó en voz baja, las palabras s

