Dejé de sentir aquella lengua en mis bolas y pasé a sentir su barbilla. Busqué a mi hermanita con la mirada, estaba asomada detrás del sillón, totalmente absorta en lo que hacía nuestra madre. Sandra debía estar lamiéndole el alma a Tere, porque a diferencia de antes, ahora estaba luchando por contener sus gemidos. Sus puños se fruncían sobre mi pecho y me puse a acariciar su espalda mientras mi mano repasaba a tientas su culo redondo hasta llegar a la frente de nuestra esclava. Estaba comiéndole el ano y la almeja, con mi v***a todavía dentro de ella. Mis piernas estaban flaqueando, así que me tuve que dirigir a la sala. Raquel, como si fuera un gato, no hizo ni el amago de moverse, así que tuve que ingeniármelas para sentarme con Tere todavía encima de mí y Sandra tras nuestro, gateando

