Ya me había corrido muchas veces en ese día y mi hermanita se encargó de hacérmelo notar, así que tenía que aguantarme las ganas de venirme o no saldría mucho cuando realmente sería necesario. No estaba seguro de que me saldría una carga decente, pero estaba seguro de que no debía tentar mi suerte. Cada que sentía el peligro cerca, tiraba del cabello de Sandra sin ninguna consideración, lo cual parecía disfrutar. Su lengua permanecía extendida de manera obscena y gemía sensualmente cada que le propinaba una cachetada de premio por su buen trabajo. Había descubierto la intensidad adecuada para ella, esa que la hacía gemir de gozo y no de dolor. Su rostro estaba completamente rojo desde hacía rato, no era por los azotes, era de calentura; esa mirada perdida y esa boca permanentemente abierta

