Ella no se acercó a mis orejas porque sabíamos que no podíamos arruinarle la sorpresa a la persona que estaba por llegar, pero había que empezar. Más pronto que tarde nos dimos cuenta de que esa posición no era la ideal para hacer en la silla, así que ella se tuvo que girar. Mi garrote volvió a entrar sin problemas hasta que terminó de sentarse, ella sería la que llevaría el ritmo ahora. —Avísame con tiempo, ¿eh, papi? —me dijo antes de empezar a subir y bajar con lentitud—. Y acuérdate: no te detengas hasta llenarme el culito de leche. ¿OK? Mi v***a estaba al borde de la sensibilidad, Sandra se aseguró de dejármela roja y lustrosa y podía disfrutar de cada pliegue que me acariciaba en cada ascenso y descenso. Dejó de apoyar las manos en mis piernas y las llevó atrás de ella para que las

