—Hola, señor Morales —dijo con voz dulcísima—. Gracias por venir a buscarme. Él gruñó algo y arrancó. En el semáforo ella se quitó el chubasquero y se soltó el pelo. El olor a lluvia y a su piel llenó el coche. —¿Puedo poner música? —preguntó, y sin esperar respuesta se inclinó hacia delante para tocar la radio. Su culo quedó a centímetros de la cara de Javier, envuelto en esa falda plisada del uniforme que se había subido hasta el límite. Llevaba medias hasta medio muslo y, entre la falda y las medias, un trozo de piel desnuda que él no pudo evitar mirar. Valeria se quedó así más tiempo del necesario, buscando una emisora que no existía. Moviéndose apenas, como si bailara. Luego se sentó de nuevo, cruzó las piernas y lo miró por el retrovisor. —¿Le molesta que venga tanto a su casa,

