Pero dudaba, el peso moral me apretaba el pecho: sabía que tenía que salvarlo de las malas mujeres del mundo, de esas que lo dejarían seco, porque Juan era débil en las relaciones amorosas, ya había tenido dos noviecitas que lo dejaron hecho polvo emocionalmente con las rupturas, pero con suerte se había recuperado; ¿y si la próxima vez no se levanta, si termina como su primo Mateo o peor, perdido para siempre? ¿Podría ser yo la única mujer en su mundo? ¿Tendría la valentía para dar ese paso, o me rompería antes? Yo podría ser su refugio, el puerto al que siempre tendría que volver. La corriente que lo arrastra y no lo suelta, ese impulso que nos une piel con piel... si al final me atrevo. Al día siguiente, Juan salió temprano, todo el día por delante con otros postulantes para un marató

