Sin más, retomó el movimiento de sube y baja mientras que una mano restiraba el tallo y la otra, ablandaba mis bolas. Uno que otro roce inoportuno de sus dientes me hacía pegar pequeños brincos, pero no me importaba. Fui preso de todo aquél placer y escalofríos nos envolvieron es un cuadro que jamás borraré de mi memoria. —Ra… ¿Raquel? —dije de repente. No habíamos vuelto a cruzar nuestras miradas desde que ella se había sentado en mi cama. Ella, con mi m*****o aún dentro de sus labios, sólo me respondió con un “¿Sí?” que poco se pudo entender. —Creo que ya me voy a correr —dije, tratando de separarnos finalmente. Eso hizo que ella se separara y sostuvo con fuerza la base de mi m*****o. La expresión de su cara era algo indescifrable, tenía la mirada clavada en mi longaniza, que palpita

