—¡Uf! ¡Qué bien se siente! —Sus manos atendieron mi riata mientras su boca descansaba un poco y su pelvis me invitó a continuar, era evidente que lo había esperado—. Come todo lo que quieras, pero no te emociones, hoy no vas a entrar ahí. La falta de sangre en mi cerebro me impidió cuestionarla y, como había estado las últimas semanas, la obedecí. Curioso cómo habían tornado las mesas, era ella la que ahora ponía las condiciones y… francamente, no me importó. Intercalé mis lamidas entre ambas entradas, decir que aquello la estaba volviendo loca es decir poco, pronto llegaron esos espasmos que tanto estaba esperando y el abrazo mortal de esos muslos que me llenaban de un orgullo animal mientras recibía ese jugo de mujer y batallaba por respirar entre sus nalgas. La práctica había rendido

