Mi lengua fue directo a su ano y ella se inclinó para darme acceso a sus labios, ya húmedos. Su sudor y olores íntimos eran intoxicantes de una manera en que jamás hubiera imaginado, estaba salivando y a punto de atragantarme con el sabor de sus adentros. Pasamos del tocador a la cama y yo seguí cenando mientras ella besaba mi tronco para despertarlo (ni falta que hacía, estaba duro como una roca desde lo de Julia) y poder penetrarla por primera vez en cuatro. Las ondas que se formaban en su culo con cada impacto eran relajantes y mis palmas no se quedaron con las ganas de castigar ese bello par de cachetes. Sus gemidos y gritos eran todo lo que necesitaba para coronar la noche, viéndonos coger como animales desde el reflejo del espejo. Al día siguiente, mis ojos se abrieron antes de que

