Era un marrano con las chicas en el restaurante y por eso, casi todas renunciaban a los pocos días. Mis brazos se tensaron y mi mano libre era un puño, el instinto estaba apoderándose de mí. En mi vida me había peleado con nadie, pero el desprecio a mi exjefe no era nada comparado con el asco y enfado que me estaba provocando con tan pocas palabras. Él sólo se rio antes de toser como perro por su exceso de fumar cigarros, pero dejó de avanzar. —Pues ya está en edad de… —La buscó con la mirada—. Chambear. Volvió a reírse, sus dientes amarillentos se asomaban y el calor invadía mi cuello. Raquel empezó a jalar de mi playera por la espalda. —Vámonos, Luís —dijo ella, estaba asustada. Eso me hizo enfadar más, pensé que ella estaba asustada de él. Por más que sentía los tirones, las pierna

