—¿De qué hablas? ¿No viste cómo se te quedaban viendo los hombres en el hotel? —¡Y dale con eso! No. No quise ni pensar que había gente viéndonos allá. Seguramente todos se espantaron cuando les grité a ti y a Raquel. —Mateo no te quitaba el ojo de encima —la molesté un poco. —¡Dirás a Julia! No se propasó en ningún momento —aclaró antes de sorber su taza—, muy caballero, él. Pero cómo la comía con la mirada cada que giraba. —¡Pero si hola! Que la sonrisa no se le borraba cada que bailaba contigo. —¡Ay, ya! Pero era un muchacho calenturiento, esos babean por cualquier par de tetas. —Es de mi edad, mamá. Él y yo éramos compañeros. —Pues, mira. Tú tampoco vendes piñas, hijo. Quieres ver hasta a tu hermana desnuda… bueno, no te culpo —dijo y de inmediato se llevó la taza a la boca. De

