Tuve que limpiarme el sudor con ambos antebrazos al tiempo que me extendía por la cara interior de sus muslos y buscaba mirar a otro lado que no fuera ese condenado triángulo transparente. Afortunadamente, llevaba un segundo bóxer y cualquier intento de levantamiento en armas de mi entrepierna fue sofocado por la presión de la tela, pero la culpa que sentía era definitivamente peor. Al menos, comprobé que me funcionaría para lo que me esperara mañana y, con suerte, en los días por venir. La reacción de mamá a las cosquillas en pies y costillas era distinta a la de Raquel, ya que en su afán de continuar platicando a toda costa, dejó escapar sonidos que jamás podría describir de otra manera que no fueran gemidos. Era horrible, pero tenía que hacerlo bien y terminar con toda la rutina. Supue

