—¿Vas a decirme que no te da curiosidad, mami? Ella ya había descubierto el fetiche de nuestra madre y cada que le decía a ella así o a mí me decía “hermano”, lo recalcaba con intensidad y sensualidad. De no ser porque mi boca pudo apreciar cuánto se estaban dilatando sus adentros, jamás me hubiera percatado de la reacción de mi madre cada que Raquel la llamaba de esa manera y con esa intención. Además, podría jurar, sin ser capaz de verlo en aquella posición, que no podía apartar la mirada de los labios rosaditos de su hija y lo que fuera que sus dedos hubieran comenzado a hacer ahí, ya fuera por fuera y por dentro. —A Luís le gusta comérmela —dijo mientras oía el inconfundible ruido de sus manos palmeando su conchita—. Y lo hace con ganas. —P-puedo notarlo —dijo, luchando por no perde

