Pensé que volver a la joyería sería fácil. Quiero decir, prácticamente conozco al dueño. Pero no. No es fácil. Me está asustando. He venido hasta aquí en mi día libre y antes de cruzar la puerta estoy lista para salir corriendo en dirección contraria. Hola, urticaria. ¿Dónde has estado? Oh, sí, claro, acomodada ahí en mi axila. Estará bien. Para nada.
El señor Goldman me ve a través del cristal y me saluda con la mano, levantándose de su taburete para venir a saludarme.
Maldita sea. La decisión me ha sido arrebatada. Empujo la puerta de cristal y entro, inhalando el olor a moho y recordándome a mí misma que no estoy haciendo nada malo.
Aunque no ayuda mucho. Me siento muy culpable por alguna razón.
—Buenas tardes— dice, mirando su reloj.
—Si, perdón por llegar tarde. Yo…eh…me caí en las vías. Del metro. Por eso llego tarde—
Oh, Dios. Está pasando otra vez. Las mentiras del pánico están llegando.
El levanta una ceja.
—Eso es terrible— Mira mis piernas. —¿Estás bien?—
La preocupación en su voz me hace sentir fatal. Intento restarle importancia a su preocupación.
—Oh, sí, estoy bien. Por suerte, uno de los mejores policías de Nueva York estaba allí, y saltó y me salvó. Unas diez personas nos subieron a los dos a la plataforma y todos aplaudieron. Fue realmente bonito, la verdad— puedo imaginarlo perfectamente: gente feliz de que se hubieran salvado vidas, de que todos nos hubiéramos unido como neoyorquinos y hubiéramos ayudado a uno de los nuestros. Sonreí brevemente ante la imagen cristalina pero totalmente falsa que he inventado en mi cerebro. Probablemente me estoy volviendo loca. Eso explicaría muchas cosas.
—Supongo que lo veré en las noticias esta noche—
—No— niego con la cabeza. —No había cámaras de ningún tipo. Ni teléfonos ni nada. todos estaban demasiado ocupados ayudando o animando—
¿Qué probabilidad hay de que eso suceda, de que la gente de la ciudad de Nueva York no filme a alguien casi muriendo en lugar de ayudar realmente? Cero. Una entre mil millones, tal vez. pero estoy dispuesta a seguir con esta mentira porque es mucho mejor que lidiar con la verdadera razón por la que estoy aquí.
Ese maldito anillo: la patada en el trasero del karma entregada en forma de medio millón de dólares que no puedo tener. Debo haber sido realmente mala en mi otra vida para merecer este tipo especial de tortura.
—Eso es asombroso— Se acerca a su escritorio y hojea algunos papeles. —Me alegro de que lo hayas superado bien—
—Si, yo también— Me acerco, esperando que me ayude a cambiar de tema. —¿Encontraste alguna información sobre el anillo?—
—Si. Solo estoy buscando el papel dónde lo escribí—
Sus habilidades de organización parecen peores que las de Ofelia, pero me sorprende al sacar una hoja amarilla de papel legal de una pila y sostenerla con una sonrisa.
—Aquí esta—
Camina lentamente hacia el mostrador y se para frente a mí.
—Investigué un poco, hice algunas llamadas telefónicas y encontré esto–
Deja el papel, enciende una pequeña lámpara que esta cerca.
—¿Puedes leer mi letra? No es la mejor. Desde que empezó mi Artritis reumatoide, ha sido difícil. Mi profesora de caligrafía se está revolviendo en su tumba—
Asiento con la cabeza, sin estar segura de saber de qué está hablando. Su letra es una porquería, eso no es broma. Señalo el papel.
—¿Dice Harper—
Entrecierra los ojos y luego gira el papel hacia él. —No, en realidad dice Cartier. Quinta Avenida—
Apenas puedo tragar, de repente tengo la garganta muy seca.
—¿Cartier? ¿La joyería Cartier?— Dios mío. Esta justo al lado de la maldita fuente. ¿La mujer tiró el anillo justo después de que su novio lo comprara? ¿Por qué no lo devolvió a la tienda? ¿Quién es ella? ¿La mujer más estúpida del mundo? Debe serlo.
Me mira confundido.
—Lo siento, no te entiendo—
Agito la mano, tal vez para intentar disipar la niebla que se ha acumulado alrededor de mi cerebro.
—Solo estoy bromeando. Por supuesto que te refieres a Cartier, la joyería de la Quinta Avenida, la joyería más cara del mundo entero—
—Algunos dirían que ese título le pertenece a Harry Winston—
Me río muy fuerte, casi como si ladrara como una hiena. —¿En serio? ¿Mas caro que Cartier?—
—Supongo que depende de la pieza. Pero Harry Winston tiene el Diamante Hope ahora mismo—
Por más que lo intento, no puedo lograr que mi voz suba más allá de un susurro.
—¿No ando por ahí con el Diamante Hope, ¿verdad?—
El anciano sonríe y luego se ríe.
—No, no, no. El Diamante Hope tiene más de cuarenta y cinco quilates y es azul—
—Oh. Eso es mucho…más grande que el mi… el de mi madre, quiero decir—
Me guiñe un ojo.
—Si el anillo de tu madre es mucho más pequeño. Pero no es pequeño en absoluto—
Por fin puedo respirar y hablar correctamente de nuevo. Un rápido rascado en mi axila satisface mi inquietud por el momento.
—Si, tienes razón. Es demasiado grande. Odio tenerlo—
—¿Vas a Cartier?— me pregunta.
—Si. Tal vez— imaginarme entrando a esa tienda en lugar de solo babear por las ventanas me provoca más urticaria, esta vez entre mis pechos. Genial. Me encantan cuando van ahí.
—Bueno, si lo haces, puedes pedir hablar con Wendy. Fue colega mía una vez, y estoy seguro de que estará encantada de ayudarte—
—¿Wendy? Bien, genial. Gracias—
Meto la mano en mi bolso. —¿Cuánto te debo?—
—¿Deberme?—
Levanto la vista ante su tono confuso. —Por el trabajo que hiciste para mi— Rezo frenéticamente en mi cabeza para que diga cinco dólares, porque eso es casi todo lo que tengo. Honestamente, ni siquiera tengo tanto. Visiones de Larry con su mano gorda y peluda flota en mi mente.
—Sin cargo. Solo ven a verme cuando estes lista para una hermosa esmeralda que combine con esos ojos—
Mis hombros se hunden y quiero llorar por lo amable que es.
—Podría abrazarte ahora mismo—
El agita la mano y asiente.
—Fue un placer. Ya no suelo tener en mis manos piedras tan grandes. Fue divertido jugar a ser detective por un rato—
Retrocedo hacia la puerta, sujetando mi bolso con fuerza contra mí. presiona contra mi costado y hace que el anillo envuelto en papel se clave un poco en mi pecho, pero no me importa. Hoy es un gran día.
—Adiós, señor Goldman. Le agradezco su ayuda—
Sus ojos se fijan en algo detrás de mí y no dice nada en respuesta.
Antes de que pueda mirar que tiene su atención, la puerta se abre de golpe detrás de mí, haciendo que el timbre se estrelle contra el cristal. Los ojos del señor Goldamn se abren un poco.
Me giro para ver quien está siendo tan grosero y luego pierdo el equilibrio cuando quien sea me empuja al suelo, arrebatándome la bolsa de las manos. Me tiran del brazo hacia un lado y siento como si mi hombro estuviera prácticamente dislocado por la fuerza.
—¡¿Qué…?!—
Eso es todo lo que logro decir antes de que el imbécil se vaya y me quede allí en el suelo, todo lo que tengo de valor me lo robaron. El dinero del alquiler, el celular muerto e inservible, la tarjeta de crédito al límite, la licencia de conducir, las llaves del apartamento, todo se fue con el viento. Puedo oír los pasos del ladrón corriendo que se desvanecen en la distancia.
Ese maldito anillo. ¡Dios mío!, tengo que deshacerme del antes de que me atropelle un autobús!
Me cubro los pechos con las manos por si acaso el ladrón decide volver y robarme el sujetador y el anillo que hay dentro también. Temo que, si no encuentro pronto al dueño de esta cosa, el karma me va a mandar a una tumba en algún lugar.
. . . .
Subo las escaleras con dificultad y la puerta de Larry se abre después de que paso.
—Necesito el alquiler, Maya— dice a mi espalda. —Ya no es ninguna broma—
—Lo sé, Larry— no puedo mirarlo, así que sigo subiendo, un escalón a la vez. —Excepto que me acaban de robar, así que me va a llevar más tiempo que antes—
—¿Te robaron? ¿En serio? ¿O solo lo dices para retrasar el pago del alquiler otra vez?—
He llorado toda las lágrimas que pude en el metro de camino a casa. ahora solo tengo un cansancio extremo. —No miento, Tengo una copia del informe policial en mi sujetador_
—¿Por qué esta en tu sujetador?— grita desde la escalera.
—¡Por que el imbécil me robo el bolso y no tengo bolsillos!—
Cuando llego a mi puerta, recuerdo que también el imbécil tambien se llevó mis llaves.
—¡Larry!—
—¿Sí?—
—Ya no tengo llave— Me equivoqué al pensar que ya no me quedaban lágrimas.
—Subo enseguida. No te vayas a ningún lado—
Me apoyo en la puerta y espero, mirando al techo, deseando que mi dolor desaparezca. No voy a sollozar. Puede que se me escapen un par de lágrimas, pero no me derrumbare. No voy a perder ni un segundo más con la escoria que me robo mis cosas. El karma estaría muy orgullo. Debo estar ganando puntos en algún sitio. Por favor, que así sea.
Larry sube corriendo las escaleras y llega sin aliento, vistiendo un chándal n***o. —Aquí tienes uno de repuesto. Puedes quedártela— Me abre la puerta y me la entrega.
Le doy una palmada en el hombro.
—Gracias, Larry. Eres un buen tipo—
—Si, lo soy— Señala mi cara. —Mejor que un tipo con brazos de pasta—
Me río, empujándolo mientras me doy la vuelta para entrar.
—Como sea. Buenas noches—
—¿Quieres helado?—
—No. Estoy demasiado gorda para comer helado todos los días—
—¿Estas loca? No estas gorda. Si quieres ver a alguien gordo, deberías venir a conocer a mi Nona—
Deja de hablar inmediatamente y mira por encima del hombro. Me rio cuando se da la vuelta y veo la expresión de su cara.
—¿Te oyó?—
Niega con la cabeza con pesar.
—No tienes idea. Tiene orejas como las de un maldito elefante o algo así—
—Buenas noches, Larry—
Sonríe, dejando ver dos dientes frontales que se cruzan un poco, algo que nunca había notado en él. Un poco lindo. —Buenas noches, muñeca—
Me detengo a mitad de camino de cerrarle la puerta.
—¿Acabas de llamarme muñeca?—
—Si. Lo vi en una película una vez—
—No hagas eso—
—Está bien. Te veo luego, Uhhh, Maya. ¿Cuándo crees que tendrás el dinero del alquiler?—
Le cierro la puerta suavemente en la cara y voy directamente al sofá cama, orgullosa de mí misma por no haberle gritado ni haber roto a llorar. Me quedo dormida con la ropa puesta y el anillo todavía en mi sostén.