Es viernes por la mañana y me despierto con energía renovada. Creo que los nuevos aceites esenciales que me dió Ofelia están ayudando. Se equivocó cuando dijo que eran una porquería y que probablemente no funcionarían.
Con mi mejor atuendo que tiene bolsillos, la falda gitana que usé el otro día con un compartimento oculto en la cintura salgo del departamento. Tengo al anillo en mi sostén y la llave en mi falda. Como trabajo más tarde esta tarde, tengo la mañana para jugar a ser detective.
Cartier está a varias paradas de mi apartamento, y tardo casi una hora en llegar con el tráfico matutino que atasca el metro y las calles. Miro a cada punk en el vagón del metro a mi alrededor con ojo crítico, preguntándome si es el que me asaltó y me robó mis cosas. Estoy totalmente lista para darle un golpe de karate en los testículos.
No me preocupa demasiado que el ladrón venga a buscarme a mi apartamento, ya que Larry me prometió que revisaría cada persona que entrara por la puerta principal de nuestro edificio, pero aun así he oído historias de delincuentes que se convierten en acosadores y siguen robando a la misma persona una y otra vez después de averiguar sus direcciones a partir de sus licencias de conducir. Coloqué algunas trampas en mi apartamento, por si acaso.
Al acercarme a Cartier, vuelven las urticarias. La peor picazón está en mi axila y quiero resistirme, pero no puedo. Me rasco un poco antes de entrar, esperando que sea suficiente para detener la marea que siento que se acerca.
No soy alérgica a nada más que al pánico, y cuando me encuentro en una situación como esta, tanto las urticarias como las mentiras empiezan a salir. Obviamente es un mecanismo de defensa evolutivo, diseñado para hacerme querer crear una cortina de humo y luego huir de lo que sea que me esté asustando. Pero no puedo huir de esto. Tengo que ser fuerte y deshacerme de este maldito anillo.
Picazón… rascar… picazón… rascar… Picazoooon…
Miro a un lado y veo una cuneta en la calle cubierta de papeles. Me tienta tirar el anillo, pero luego pienso en quién lo compró o lo recibió como regalo y no puedo dejar de asegurarme de que lo recupere. Algo tan bonito jamás debería acabar en una cuneta. Ni en una fuente, para el caso.
Un guardia de seguridad sale por la puerta principal y me mira con el ceño fruncido.
—¿Puedo ayudarte en algo?—
Sonrió débilmente.
—No, estoy vigilando el lugar, lo prometo— Me rasco la axila por última vez y dejo caer la mano en mi costado.
—Sinceramente espero que no— dice, apoyando una mano en la pistola eléctrica en su cinturón.
—Estaba…preparándome para entrar—
Me mira de arriba abajo.
—¿Estás buscando joyas?—
Su expresión critica me irrita.
—De hecho, tengo algunas joyas que valen bastante dinero y quiero hablar con alguien adentro sobre eso—
Abre la puerta y asiente una vez.
—Después de usted— dice.
Ahora no tengo opción. Puedo correr y parecer muy sospechosa, haciendo prácticamente imposible regresar, o puedan entrar y hacer esto.
Hacer esto será.
—Gracias— digo, sonando una vez más como si me hubiera graduado de la Ivy League o algo así.
Me sigue hasta uno de los mostradores a la derecha de la tienda. Las vitrinas doradas brillan con objetos relucientes. Lo miro con desprecio por encima del hombro mientras se dirige al hombre de traje detrás de una vitrina llena de anillos de diamantes.
—Esta joven dice que tiene algunas joyas para valuar—
—En realidad, eso no es lo que dije— le lanzo una mirada fulminante y luego inmediatamente cambio mi expresión a una de pura dulzura y miro al vendedor. —Dije que tengo un anillo que vale bastante dinero y quería hablar con alguien aquí al respecto—
—¿Tiene el anillo con usted?— me pregunta el hombre-niño cortésmente. Su cabello esta peinado con la raya exactamente al lado, con una raya blanca brillante y peinado hacia abajo con abundante gel. Podría estar teñido de n***o, es tan oscuro. Huele como el mostrador de colonias de Macy’s, y no tiene ni una sola mota de pelusa. Sospecho que es gay o un metrosexual muy dedicado. No es que importe lo que sea, pero por alguna razón, me resulta más accesible que el hombre con la pistola eléctrica.
—Gracias, David— dice el vendedor de traje, mirando detrás de mí. —Yo me encargaré de ella—
Le dedico al guardia de seguridad mi mejor sonrisa burlona. —Si, David, gracias. Ya puede irse—
Asiente con la cabeza al tipo, me ignora por completo y nos deja solos.
Pongo los ojos en blanco y me vuelvo hacia mi ayudante. —Gracias. ese tipo fue muy grosero—
—Es mi hermano—
—Ya lo sabía— digo sin pensar. Mi cara empieza a arder.
El tipo levanta una ceja.
—¿Lo sabías?—
Agito la mano entre nosotros.
—Ah, si— Resoplo, como si fuera tan obvio que habría que ser un idiota para no darse cuenta de que son prácticamente gemelos idénticos, cuando en realidad no podrían ser más diferentes. —Tiene la misma estructura facial Pómulos altos, cejas arqueadas—
—Soy adoptado— La expresión del tipo no cambia. Ni un poco.
Me pilló en una mentira, así que ahora estoy cabreada. Eso casi nunca sucede. —Bien. No sabía que eran hermanos, ¿Estás feliz?— Estoy completamente desinflada.
—En realidad, solo estaba bromeando— el tipo sonríe por un segundo y luego se detiene. —¿Puedo ayudarte con algo? ¿Un anillo, dijiste?—
Me quedo boquiabierta, pero no puedo pensar en que decir, y esto podría ser la primera vez para mí, pero ¿Qué demonios? Este tipo está completamente loco, ¿verdad? No soy solo yo, lo se. ¿Cómo consiguió un trabajo aquí?
Parpadea unas cuantas veces, tal vez esperando a que mi cerebro se conecte de nuevo.
—Estas realmente retorcido— digo finalmente, mientras una sonrisa aparece en mi rostro. puedo apreciar una personalidad retorcida, si no otra cosa.
—Eso me han dicho— Me devuelve la sonrisa, pero solo por un segundo antes de volver a su semblante impasible.
Es tan impecable y pulcro que juro que podría ser un maniquí, y sus ridículas sonrisas fugaces y su extraña forma de hablar solo acentúan esa impresión. Me acerco y lo miró fijamente a los ojos, buscando una placa de circuito oculta en lo profundo. —¿Tiene Cartier robots realmente realistas atendiendo a los clientes ahora mismo? Porque eso explicaría todo lo que acaba de suceder aquí—
Parpadea una vez. —Que yo sepa, no—
Me recuesto y niego con la cabeza. Esto es demasiado extraño. Tiene que ser lo del anillo; esa mala suerte está volviendo. Decido ponerme en modo profesional, así que puedo salir de aquí lo antes posible.
—Bien, este es el asunto. Tengo este anillo muy valioso que conseguí de…algún lugar, de alguien, pero ya no lo quiero y quiero devolverlo a la persona que lo compró. Me dijeron que preguntara por Wendy—
El vendedor inclina la cabeza.
—No entiendo—
Pongo ambas manos en el mostrador, respiro hondo y exhalo antes de intentarlo de nuevo. Mi historia anterior de tener una madre recientemente divorciada no va a funcionar aquí. Tengo que obtener la identidad del dueño de este tipo para poder localizarlo y devolverle el anillo.
—Tengo este anillo que se compró aquí. Quiero ponerme en contacto con la persona que compró el anillo para poder devolvérselo—
El vendedor levanta la vista y hace un leve gesto con la barbilla hacia alguien detrás de mí.
Antes de que pueda entender lo que está pasando, el guardia de seguridad regresa.
Ahora estoy cabreada
—¿Qué demonios te pasa, hombre?— Me siento completamente traicionada o algo así, lo cual sé que no tiene sentido.
—¿Decías?— me pregunta el vendedor. Ambos hombres me miran fijamente y ninguno parece muy amigable.
Miro de uno al otro, y luego a las otras personas en la habitación que ahora nos miran. Me siento como un criminal cuando todo lo que intento hacer es ser una buena persona.
—¿Sabes que? Al diablo. No importa— Me alejo del mostrador y me doy la vuelta. —Si no quieres ayudarme, entonces…lo donaré a la caridad o algo así—
Salgo de la tienda enfadada, furiosa porque me han hecho sentir como una persona despreciable cuando no estoy haciendo nada malo. Bueno, tal vez estoy siendo un poco astuta o algo así, pero da igual. No soy una ladrona.
Estoy a tres metros por la acera cuando siento a alguien a mi lado. La alarma de peligro en mi cerebro empieza a sonar y la adrenalina se dispara por mi torrente sanguíneo.
¡Tácticas de evasión! ¡Ataque!
Lanzo un rápido golpe de judo a mi izquierda y luego bailo hacia la derecha, protegiéndome del posible atracador. Estoy convencida de que el ladrón de bolsos ha vuelto, buscando más botín.
—¡Ouch!— dice una voz, mientras el hombre del traje se inclina hacia un lado y se cubre las costillas. Es el vendedor de Cartier.
—¡¿Qué demonios?!— le grito. —¿Cuál es tu problema?—
La gente nos rodea para evitar la situación.
Extiende un brazo rígido, todavía inclinado. —Lo siento. No quería sorprenderte. Vaya. ¿practicas karate? Eso sí que dolió— Se endereza. Su pelo no se ha movido ni un solo mechón.
No puedo dejar de mirarle la cabeza.
—¿Es de plástico? ¿Qué tipo de gel usas en ese peinado? Parece polímero de la era espacial o algo así—
Sonríe y se da una palmadita en el pelo.
—Bonito, ¿eh?—
Nos quedamos allí mirándonos fijamente.
Baja las manos y tira de bajo de su chaqueta, estirándola.
Pongo las manos en mis caderas y lo miro con furia.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me sigues?—
—En realidad no te estaba siguiendo, estaba intentando que volvieras a la tienda—
Resoplo. —Imposible. Me trataste como una escoria ahí dentro— Tiene la decencia de parecer disgustado. —Mencionaste a Wendy—
Levanto la barbilla.
—Si—
—Ahora esta jubilada—
Bajo la barbilla.
—Oh, no lo sabía—
Demasiado para tener contactos. Sabía que este tipo tenía cien años.
—Pero ella fue mi mentora, y si la conociste, me gustaría ayudarte—
—¿Tu mentora? ¿En el negocio de la venta de joyas?— No sé por qué me suena gracioso, pero lo es. Tal vez porque todo lo que veo que hacen esas personas es estar paradas como vendedores robóticos. ¿Cuánta mentoría se necesita para eso? ¿Cinco minutos? ¿Una descarga rápida al chip de la placa base o lo que sea?
—Si. Ella me enseño todo desde cero— Se acerca. —¿Tienes el anillo? Conozco todo nuestro inventario. Probablemente podría decirte con una sola mirada a quien se lo vendimos, si fue nuestra tienda la que lo vendió—
Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que estamos en una esquina muy concurrida.
—Aquí no— digo, decidiendo que bien podría confiar en este tipo.
—No, por supuesto que no. Vuelve a la tienda. Te llevaré a mi oficina—
—¿Tienes una oficina?— Empiezo a caminar junto a él, de regreso a la tienda
—Por supuesto— Sonríe y mira al suelo. —No soy un robot—
—Aunque podrías serlo, con lo perfecto que te ves—
—¿perfecto? voy a tomarlo como un cumplido—
—¿Cómo te llamas por cierto?—
—Ralph Livingston III—
—Me llamo Maya—
El asiente.
—Encantado de conocerte— Estamos de vuelta en la puerta de la tienda y el me abre una. —Después de ti—
Esta vez, cuando entro, mantengo la cabeza en alto. Nadie aquí tiene permitido hacerme sentir inferior solo porque mi cabello no está engominado como una dura capa de caramelo alrededor de mi cráneo.
—Sígueme— dice, asistiendo a David, el guardia de seguridad que nos deja solos. Realmente quiero mostrarle mi dedo grosero, pero me resisto. Podría electrocutarme. Estoy segura de que no me gustara que me electrocuten.
Atravesamos una puerta negra y bajamos por un pasillo que no me habría imaginado que existiera. Jared abre una puerta y, después de dejarme entrar, se sienta en un escritorio. Hay una pequeña caja fuerte negra en el suelo, en la esquina detrás de él. Tomo asiento frente a el.
—Entonces. Tienes el anillo—
Entrelaza sus dedos y los coloca sobre el escritorio. Las hombreras de su chaqueta se levantan alrededor de sus orejas.
—Si— Meto la mano en mi sostén y saco el fajo de pañuelos. Me cuesta un poco descubrir el anillo, ya que todo está un poco sudoroso. Cuando finalmente esta libre, lo sostengo entre nosotros. Hay varios trozos de pelusa de papel colgando de él. intento actuar como si no fuera ridículo.
Ralph parpadea varias veces. Vuelve a ser un robot por unos segundos antes de extender la mano, agarra una bandeja de terciopelo y desliza hasta detenerla frente a mí. Pongo el anillo encima.
Él se acerca a la bandeja de terciopelo y luego saca una lupa de un cajón del escritorio. Usa unas pinzas para tomar el anillo y girarlo mientras lo examina.
—Podría estar equivocado, pero creo reconocerlo de algo que se vendió hace unos cuatro días— Me mira. —¿Te suena bien?—
Asiento. —Claro— podría haber dicho hace ocho años y yo habría estado de acuerdo. —Se que se vendió aquí. Hice a alguien que buscara el código laser o lo que sea—
Ralph vuelve a mirarlo. —Cada diamante tiene un patrón único de inclusiones y color que lo hacen identificable, pero el grabado lo facilita, por seguro— Deja el anillo y la lupa, y al final se quita las pinzas. —Si esperas un momento, voy a concentrarme al ordenador y ver que puedo averiguar—
Me encojo de hombros.
—Claro—
Se levanta y sale de la habitación. Me quedo sentada allí, mirando las paredes. Hay laminas enmarcadas de joyas, elegidas con buen gusto y colgadas, una en cada pared.
Tarda tanto en volver que empiezo a ponerme nerviosa. Después de varios minutos, cojo el anillo, lo envuelvo en mis pañuelos y me lo guardo en el sujetador. Después de otros cinco minutos, me levanto e intento amarme de valor para abrir la puerta.
Cuando por fin lo hago, encuentro a David de pie en el pasillo junto a mí.
Me mira y frunce el ceño.
—¿Qué haces aquí?— pregunto, —¿Intentas retenerme aquí contra mi voluntad? Mis nervios empiezan a alterarse. Es hora de planear mi fuga de la prisión.
Sus manos nunca se separan de la posición cruzada en su cintura. —No, estoy aquí para protegerte. Llevas una joya valiosa y somos responsables de su seguridad mientras estes en el edificio—
—Oh—
Me siento un poco estúpida al penar que alguien en Cartier intentaría mantenerme prisionera. —Bueno, tengo que irme. Tal vez puedas darle las gracias a tu amigo de mi parte—
Me mira fijamente, diciendo nada.
—No puedo esperar más por él. Tengo que irme—
—Todavía no ha vuelto. Está consiguiendo información para ti—
—Si, bueno, tengo otras cosas que hacer hoy, así que no puedo esperar para siempre— Esto es mentira. No tengo nada más planeado, pero quedarme aquí me está haciendo picar demasiado las axilas. Solo pensarlo me dan ganas de rascarme de nuevo.
La puerta al final del pasillo se abre y Ralph entra.
—Siento haber tardado tanto— dice, con un tono algo extraño. —Alguien estaba en el ordenador antes que yo y tuve que esperar— Se lleva los dedos al cuello y se lo rasca como si le picara ahí. Me hace sentir que las axilas me arden. Me froto los brazos contra la costillas intentando aliviar la sensación.
—No es para tanto— digo, fingiendo que no me había asustado por nada. —¿Qué descubriste?—
Se detiene frente a mí, con el rostro algo contraído. Parece incomodo.
—Encontré la orden de compra y sabemos la identidad del comprador—
¡Genial! Esta es la mejor noticia que he recibido en toda la semana.
—¿Quién es?—
—No puedo decirlo—
Mi rostro se entristece.
—¿Qué quieres decir con que no puedes decirlo?—
—Quiero decir, mantenemos la identidad de nuestros clientes en privado. No podemos divulgar la información al público—
—Estoy a punto de descargar una enorme carga de ira sobre el cuándo levanta la mano como una señal de alto.
—Sin embargo, estaría…encantado de contactar a este cliente en su nombre y entregarle un mensaje— sonríe. —Lo siento, pero es lo mejor que puedo hacer—
Me muerdo el labio por un segundo mientras considero su propuesta.
—Está bien, de acuerdo. Hazlo—
Ralph parece muy aliviado. Se rasca el cuello con fuerza, como si hubiera olvidado lo perfecto que suele ser. Le queda una marca roja.
—Genial. Solo necesitare tu información de contacto—
—Hmm…— ya no tengo celular, y nunca tuve uno en mi apartamento. —Supongo que podrías llamarme al trabajo. Estoy en el 555-0953—
—¿Código de área 212?— pregunta.
—Si—
—Genial— Me extiende la mano. —Me pondré en contacto muy pronto—
Le tomo la mano y se la estrecho.
—Aprecio tu ayuda, Ralph—
—¿Por qué te llama Ralph?— pregunta David, el guardia de seguridad.
Ralph no dice nada. Se queda allí parado como una estatua, con los brazos caídos a los costados.
Me pongo las manos en las caderas, irritada una vez más.
—¿Cómo debería llamarlo?—
—Jared. Se llama Jared—
Ralph o Jared tiene la cortesía de sonrojarse.
—Eres un individuo realmente jodido, ¿lo sabes?— Niego con la cabeza y camino por el pasillo, dejándolo atrás.
Sigo a David fuera de las oficinas y salgo de la tienda, con la cabeza un poco dando vueltas por la locura que acabo de experimentar. No tengo ni idea de si este tipo siquiera me va a llamar ahora.