El jueves amanece brillante y soleado, justo lo contrario de mi estado de ánimo. Un fuerte dolor de cabeza me atormenta mientras tomo un taxi para ir al trabajo.
Mi día está lleno, comenzando con tres cirugías diferentes y luego consultas hasta la tarde.
Suponiendo que todo salga bien, no podré respirar hasta las ocho. Demasiado tarde para visitar a Jeremy. Intento no sentirme culpable por estar aliviado.
—Buenos días, Valeria— le digo a mi secretaria.
Me sonríe y me extiende un papel.
—Tu horario actualizado, Jackson—
Levanto una ceja ante eso. Siempre hemos tenido una relación algo formal. Recuerdo haberle dicho que podía llamarme por mi nombre de pila, pero hasta hoy siempre se había negado. Me pregunto que habrá provocado ese cambio de opinión,
—Gracias. ¿Alguna sorpresa?—
Niega con la cabeza.
—No, lo de siempre— Se levanta y se alisa la parte delantera de una falda muy ajustada. Es del estilo opuesto al que usa esta tal Maya Wallace. Es un misterio porque su nombre y su cara me vienen a la mente cuando mi secretaria se levanta. Debe ser el alcohol que sobró en mi sistema hablando.
Salgo de la recepción y voy a mi oficina.
—Avísame cuando llegue el primer paciente— digo, despareciendo dentro.
Maya Wallace. Maya Wallace. Maya Wallace.
No puedo sacarme a esa chica de la cabeza ahora que el recuerdo de ella ha resurgido. Manhattan es un lugar enorme con millones de personas caminando por el en cualquier momento. ¿Qué probabilidades hay de que me encuentre literalmente con la misma persona más de una vez?
Claro, veo algunas de las mismas personas una y otra vez a lo largo de los días, las semanas y los meses. Es inevitable cuando vives en la misma zona o trabajas cerca de alguien. Pero no me dió la impresión de que esta tal Maya viva cerca de mí. Su ropa me dice que vive en la parte alta de la ciudad. Muy al norte, probablemente cerca de donde me la encontré en el metro. ¿Dónde fue eso? ¿La ciento cinco? Estoy tratando de recordar la parada cuando se enciende el intercomunicador.
—Tú primera paciente está aquí, Jackson—
¿Jackson otra vez? ¿Qué demonios?
—Gracias, Valeria. Estaré allí en un momento—
Saltó de Google Maps para echar un vistazo a las paradas del metro. —La ciento veinticinco— me digo a mí mismo antes de levantarme. Me pregunto si vive cerca de esa parada. Tengo un destello descabellado en mi mente, viéndome parado en la esquina de la calle 125 y Lexington esperando a que pase. Por supuesto que estará empapada…
—¿Jackson? Dice que tiene prisa—
Pongo los ojos en blanco. Probablemente debería haberme dedicado a la cirugía general. Tienen toda la suerte, ven un paciente cinco minutos antes de que le pongan anestesia y luego otra vez durante otros cinco minutos cuando han terminado. Claro, ganan muchísimo menos dinero, pero ¿Cuándo he tenido que preocuparme por eso? No desde que nací. Mi fondo fiduciario permanece intacto, creciendo cada año con los intereses acumulados.
Salgo por la puerta del vestíbulo y sonrió, mostrando tantos dientes como puedo.
—Buenos días Corina, ¿Cómo estás hoy?—
—Estoy genial ahora— dice mientras pasa a mi lado y entra en mi oficina, su fuerte perfume hace que mi nariz se tape inmediatamente.
—¿Y cómo estás?—
Cierro la puerta tras nosotros, ignorando la extraña expresión de mi secretaria. Parece enfadada.
—Estoy genial. ¿Estás lista para el gran día?— Me refiero a su cirugía. Siempre tengo una consulta el día antes, solo para asegurarme de que la paciente y yo seguimos en la misma sintonía.
—Si, pero quería hablar contigo sobre algunos cambios— Sus manos revolotean a su alrededor, haciendo que los diamantes que lleva en varios dedos brillen locamente bajo las luces fluorescentes. Mi mente divaga hacia la sala de exposición de Cartier donde gasté demasiado dinero exorcizando el fantasma de Harper.
—Al plan de cirugía— dice, armándose de valor para decirme lo que sea que me tenga que decir. podría decirle que no se moleste porque ya conozco el procedimiento, pero no lo hago. Es un proceso por el que tiene que pasar.
—Mmmm-hmmm— me siento y junto las manos en mi regazo. Aquí viene…Espera…
—Estaba pensando que me gustaría aumentar el tamaño. Mas grande en los senos, pero más pequeña en la nariz—
Asiento. Todavía no ha terminado. Lo sé porque paso por esto al menos una vez a la semana con uno u otro paciente.
—Estaba hablando con mi amiga Angelique y me decía que, si no consigo al menos una doble D, me voy a arrepentir— Corina extiende la mano y gira uno de sus pendientes de diamantes hacia la izquierda y luego hacia la derecha. Está nerviosa. No sé por qué, pero al parecer, intimido muchísimo a la gente aquí en mi oficina. Me lo han dicho suficientes veces a lo largo de los años como para creerlo.
—¿Es Angelique médica?—
—No, pero…—
—¿Es artista, por casualidad?—
—No— Corina me frunce el ceño. —¿Por qué eso marcaria una diferencia?—
—Porque se puede confiar en el ojo de un artista con la proporción y la perspectiva que en el de alguien que no es artista—
Sonrió mientras espero a que me alcance.
—¿Estás diciendo que tiene mal ojo?—
—Estoy diciendo que, como cirujano plástico profesional que ha transformado con éxito más de tres mil narices y dos mil conjuntos de senos, tengo un buen ojo para lo que se verá bien y lo que se verá, digamos, antinatural…—
Pone una mirada de enfado.
—Bueno, ¿acaso no es antinatural cualquier cosa diferente a con lo que naciste?—
Me encojo de hombros.
—No necesariamente. Las diferencias sutiles pueden marcar la diferencia en la percepción que una persona tiene de su belleza. Por lo general, no es lo mejor para mis pacientes hacer cambios drásticos. En tu caso, definitivamente no lo recomendaría—
Me levanto de mi silla y me acerco a su lado del escritorio, sentándome a su lado.
—¿Por qué? ¿Qué quieres decir?—
Giro mi silla para mirarla y me inclino, tocándole la frente.
—Tienes unas cejas bellamente arqueados y llenas sobre un arco superciliar bien proporcionado— Le toco el puente de la nariz. —Este pequeño bulto es algo que te salió patinando sobre hielo cuando eras más joven, y entiendo por qué quieres deshacerte de él, pero reducir tu nariz más que una fracción la haría desproporcionada con respecto a tus ojos. La parte superior de tu cara se vería demasiado pesada si te redujera la nariz, digamos, más de tres milímetros de alto y dos de ancho—
—¿Milímetros? Pero eso es muy pequeño—
Se está debilitando, lo puedo notar por su voz. Me siento aliviado porque odiaría despedirme de esta paciente un día antes de su gran cirugía. A veces tengo que hacerlo cuando creo que alguien está cometiendo un gran error. Mi seguranza por mal práctica ya es demasiado alta.
—En realidad no lo es— le aseguro, —si consideras el tamaño general de una nariz humana normal—
Ella hace un puchero.
—Pero mi nariz no es normal en absoluto. Es enorme—
Retiro la mano y sonrió.
—Tu nariz no es enorme, y lo sabes. Es más grande de lo que quieres que sea, y lo entiendo. Pero por favor, no compares tus rasgos con caras y narices que pertenecen a personas que no se parecen en nada a ti. Tienes ascendencia alemana, puedo verlo en tus huesos. Nunca vas a aparecer que vienes de China, y no deberías intentarlo. Tienes una belleza que muchas mujeres de todo el mundo matarían por tener. Por favor, no te la quites, Realza, no cambies. Ese es mi credo profesional. Confía en mí, es la mejor manera de hacerlo—
Miro hacia su pecho.
—Y con respecto a tus senos, no quiero que tu piel termine tan delgada como el papel. No es atractivo para ningún hombre. Tienes que creerme—
Una sonrisa aparece, aunque un poco temblorosa.
—¿Cómo es que eres el cirujano plástico más exitoso de Manhattan cuando pasas la mitad del tiempo disuadiendo a la gente de operarse?—
Pongo mi mano sobre la suya y la acaricio un par de veces.
—Soy honesto y me preocupo por mis pacientes, no por el dinero—
—¿Eso significa que puedo tener un descuento?— pregunta mientras me levanto.
—¿Te importa si contrato a un médico con menos experiencia para que te opere en mi lugar?—
Suelta una risa ahogada.
—Eh, sí, me importa bastante, la verdad—
Me encojo de hombros después de sentarme.
—Entonces supongo que ya tienes tu respuesta—
Suspira profundamente. Puedo oír la derrota en ella y me alegra.
—No sé cómo lo hiciste, pero me has convencido de que Angelique está equivocada. Sobre la nariz y los pechos— Mira hacia su pecho.
—Esta equivocada, créeme. Tengo que hacer cirugías reconstructivas todos los meses a personas que vienen de otros médicos que no mencionaré por su nombre. Me rompe el corazón tener que intentar remediar las consecuencias de las malas decisiones de otras personas—
—¿Cuesta más corregir los errores?—
—Si, de hecho. Normalmente tengo menos con que trabajar y mucho daño que intentar convertir de nuevo en tejido utilizable—
Se lleva las manos a los pechos.
—Ay—
—Si. Ay— Abro mi agenda donde el horario de Valeria descansa sobre las páginas. —Entonces, mañana estamos listos a las ocho en punto en la clínica ¿verdad?—
—Si. Estaré allí—
—Excelente— cierro mi libro y me levanto. —A menos que tengas alguna otra pregunta, creo que he terminado aquí—
—No, estoy satisfecha—
La acompaño hasta la puerta y salimos al vestíbulo.
—Recuerda, nada de comida ni bebida después de las ocho de esta noche. Quiero que entres ahí con el estómago vacío. Eso incluye nada de agua, nada de café, nada de nada—
—Entiendo. Y tengo el jabón especial para la ducha—
—Genial— Le estrecho la mano y sonrió. —Nos vemos pronto—
Una vez que sale por la puerta, dirijo mi atención a Valeria. Se levanta de su escritorio y se dirige a mí.
Retrocedo un paso, temiendo la mirada en sus ojos. Nunca antes había estado tan…entusiasmada.
—¿Puedo traerte algo, Jackson?— pregunta.
—No, estoy bien. ¿Cuándo es la próxima cita?—
—En media hora. Tenemos tiempo de charlar, si quieres—
Me sigue a mi oficina. Resisto la tentación de caminar hacia atrás para poder vigilarla.
Se detiene junto a mi escritorio mientras me siento. Ahora tengo la vista perfecta de su entrepierna. Su falda es tan ajustada que puedo ver la V donde sus piernas se unen a su zona pélvica. Estoy tratando de borrar la imagen de mi mente en este momento, con poco éxito.
—Escuché que echaste a Harper— dice. Su tono es astuto.
Entrecierro los ojos.
—Pensé que eran amigas—
Se echa el cabello sobre el hombro y luego apoya una cadera en la esquina de mi escritorio.
Muevo mi silla hacia la izquierda, actuando como si tuviera algo muy importante que encontrar en el cajón del fondo de mi escritorio. Sin embargo, lo único que guardo allí es chicle, así que busco a tientas solo por dos segundos antes de terminar.
—Éramos amigas antes, pero ya no tanto. Fue muy injusta contigo. Solo quería que supieras que cuentas con mi apoyo—
Saco un chicle y finjo que desenvolverlo es un evento que consume mucho tiempo.
—Gracias, Valeria, que amable. ¿Te importaría tomarte unos minutos para buscar una empleada doméstica para mi hermana?—
Espero que esto me ayude a deshacerme de ella, pero no hay suerte.
—Ya lo hice— Me dedica una gran sonrisa y se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Es como si supiera que le ha dicho a Harper cien veces lo mucho que me molesta cuando las mujeres hacen eso.
—Probablemente ya esté ahí ahora mismo— dice.
—Genial— Tomo un archivo y lo hojeo. —Gracias— dejo mis ojos pegados a los papeles frente a mí, esperando que capte la indirecta.
—¿Necesitas algo más?— pregunta, levantando una pierna en el aire. ¿Va a agacharse y pasar los dedos desde el tobillo hasta el muslo ahora? siento que estoy viendo un anuncio de depilación femenina.
—No, eso es todo— murmuro.
Sentirme atrapado en mi propia oficina me está molestando, pero es difícil encontrar buenas secretarias que puedan mantener la boca cerrada sobre clientes de alto perfil. Si ya no es amiga de Harper, eso la hace el doble de valiosa, siempre y cuando pueda deshacerse de la idea de que ella y yo alguna vez estemos juntos.
—Está bien, bueno, llámame si necesitas algo. Estaré justo afuera de tu puerta esperando—
Salta del escritorio y sale por la puerta como una modelo de pasarela. Nunca antes me había dado cuenta de lo largas que son sus piernas.
Suelto un gran chorro de aire después de que cierra la puerta tras ella. Como si ya no tuviera suficientes problemas; ahora tengo que preocuparme por rechazar a mi secretaria sin ofenderla.
Mi mente vuelve a ese anillo volando por el aire y aterrizando en el agua. Tengo serias ganas de ir a orinar en esa fuente para deshacerme de esta mala suerte que me sigue persiguiendo.