Capítulo 15

1289 Palabras
Capítulo 15 Punto de vista de Gabriella Llego a casa y un dolor de cabeza me golpea como un rayo. Esta mañana es un asco. Me pregunto cómo será el resto del día... Abro la puerta, y ya sé que las cosas no van a mejorar. —¡¿Dónde demonios has estado?! —gritaron Livia y Ginevra al mismo tiempo. Los pequeños alfileres que perforan mi cabeza amenazan con estallarme el cráneo desde dentro. —Shhh... les ruego que no me griten ¿Por qué todo el mundo me grita? —A duras penas me arrastro hasta el sofá y me cubro los ojos con las manos. —Dinos dónde estuviste. Hemos pasado toda la noche preocupadas hasta el cuerno — pregunta Livia, esta vez con calma. —No quiero recordar dónde estaba. No me hagan revivir esa pesadilla... Ambas se quedan pálidas. —No nos asustes, solo dinos dónde estuviste. Por tu cara se nota que tienes una resaca masiva — dice Ginevra, preocupada. Oh, Dios… Mejor que hable Livia. Su voz es más tranquila que la de Ginevra, y yo me siento cada vez peor. —En la casa de mi mayor enemigo — murmuré, y ellas abrieron los ojos con horror. —¿En su casa o en su cama? — pregunta Livia con tono inquisitivo, y yo gimo. —¡Livia! No patees a alguien que ya está en el suelo... —Así que... — murmura Ginevra —. En el fondo, era de esperarse. —¿Qué era de esperarse? Ya no quiero hablar contigo, Ginevra. Además, ¡ni siquiera me acosté con él! No en el sentido que estás imaginando. —Gabriella, te juro que no quieres saber lo que estoy pensando — dice divertida —. Pero nada… Nada pasó, ¿cierto? —Me mira con desconfianza y yo resoplo como una remolacha a punto de explotar—. Lo sabía. Cuéntamelo, remolacha. ¿Qué pasó? —No pasó nada. Me molestó, como siempre, y se acabó. —¿Y dónde empezó? — La sonrisa de loca de Ginevra no desaparece. —Empezó despidiéndome y dejándome borracha en el bar. Pero eso ya lo saben. Luego fue al bar a recogerme. Yo estaba mal… De hecho, todavía lo estoy. Así que agradecería un poco de paz, pero sé que eso es imposible hasta que escuchen lo que quieren oír. Iré al grano: estaba borracha hasta el alma, y... lo besé. Y después, todo n***o. Esta mañana discutí con él. Y ahora estoy aquí, sentada, odiándolo con cada célula de mi cuerpo. —¿Y eso es todo? ¿Solo lo besaste? —Ginevra, ¿por qué demonios escucho decepción en tu voz? —Porque estoy decepcionada. Esperaba una historia más caliente, juzgando por lo roja que estabas hace tres minutos. ¿Y me sales con que solo fue un beso? Gaby, tus habilidades de seducción están pidiendo jubilación. —No piden nada, simplemente no están destinadas a esa persona. —Di lo que quieras, pero llevas años obsesionada con ese tipo. Admitámoslo, lo disfrazas de odio, pero ese beso dice otra cosa. —Te basas demasiado en libros de psicología romántica. No tengo ninguna fijación con él. Simplemente no lo soporto. Tuve un momento de debilidad después de beber y me puse sentimental, pero esta mañana me devolvió a la realidad de forma dolorosa ¡Nunca me va a gustar ese hombre! Además, ya no es mi jefe. Lo que me recuerda que tengo que buscar una nueva pasantía. —Estás exagerando. Mañana se calmará y te rogará de rodillas que regreses. —¡Ay sí! Y entonces podré mandarlo directo al infierno. ¿Sabes lo que me dijo hoy? Que estaba culpando a mi "colega" en el trabajo. —¿colega? Probablemente una arpía. Deberías irte a la competencia, para que vean lo valiosa que eras como empleada. —Ginevra, eso solo alimentaría una espiral de odio que nunca va a acabar. — Menos mal que al menos Livia tiene algo de sobriedad. —Además, mi abuelo se revolvería en su tumba si siquiera considerara pisar una empresa rival. Ya se me ocurrirá algo. Por ahora, solo quiero olvidarme de que ese hombre existe. —Bueno, yo me voy a trabajar. Gaby, no te preocupes. Si ese idiota no es capaz de ver que eres inocente, entonces no vale la pena perder el tiempo. Prometo que la próxima vez que lo vea, le lanzaré una mirada de odio puro. De hecho, puede que también me acerque a decirle unas cuantas verdades. —¡Ginevra, ni se te ocurra! Te despedirán a ti también y acabaremos odiándolo juntas desde la distancia. Lo resolveré yo sola, de alguna manera. Aún no sé cómo… pero lo haré. —Como quieras. Pero en mi opinión, ese bufón con corbata necesita saber lo que la gente piensa de él. —Él ya sabe lo que pienso. Me aseguro de que lo sienta cada vez que me ve. —Muy bien, me voy. Llámame si necesitas apoyo —dijo, y nos dejó a solas a Livia y a mí. Entonces me acordé de otra cosa importante… —¡George! —exclamé de pronto, como si me hubieran dado una bofetada de realidad. Livia se sobresaltó y me miró confundida. —¿Qué pasa contigo? —¡Es él! El dueño… ¡el que llamó a Adrián ayer! —Las palabras se me atragantaron por la sorpresa y salieron más como un chillido que como una frase coherente. —Gabriella, respira —dijo, acercándose con preocupación—. Pareces a punto de hiperventilar. Sí, es él. La miré como si acabara de confesar un crimen. —¿Entonces por qué demonios no me lo dijiste antes? ¡Maldita sea, Livia! Deberías trabajar para la CIA, porque sacarte información es imposible. —No había nada que decir —respondió con tono seco—. No quiero tener nada que ver con ese hombre. Trabajo para él, sí, pero si pudiera, lo estrangularía con mis propias manos. —Vaya… eso son palabras mayores, viniendo de ti —comenté, aún sorprendida. Livia era la paz personificada, y si hablaba así, algo muy serio había pasado. —George ya estaba en mi lista negra, pero lo de ayer fue el colmo. No tenía derecho a llamarte frente a Adrián. —¿¡Así que sí fue él!? —dije entre dientes. Vi un destello de rabia en los ojos de Livia y me tensé—. Livia, ¿te hizo algo? Si ese imbécil te lastimó, te juro que... —Tranquila. Yo puedo con él. Tú ya tienes suficiente con el desastre emocional que es Adrián. —Como quieras… Pero recuerda que no estás sola. Ginevra y yo podemos convertirnos en jinetes del apocalipsis si se trata de defenderte. Livia soltó una risa, más ligera. —Lo sé. Pero por ahora no necesito tus servicios infernales. Yo también tengo que ir a trabajar. Y tú necesitas una ducha con urgencia. —¿Insinúas que...? —No insinúo nada. Confirmo todo —dijo mientras arrugaba la nariz. —¡No me juzgues! He tenido una noche difícil —protesté, hundiéndome en la almohada—. Saluda a Leo. Hace unas bebidas brutales. —¿Fue él quien te dejó así? —No él… sus cócteles con sombrillitas. Lo único bueno de la noche. —¿Más que un beso con Adrián? —¡Totalmente! —le lancé una almohada con una mueca. —Pobre Adrián. Se sentiría devastado si te oyera —dijo entre risas mientras salía. —¡Que sufra! —grité. Y aún desde el pasillo, pude oír la risa contenida de Livia. Que sufra… como yo sufro por él.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR