Capítulo 13

1417 Palabras
Capítulo 13 Punto de vista de Gabriella Adrián me metió en su coche. O bueno, me tiró dentro. Estaba mareada y con la vista doble. Un Adrián ya es malo, pero dos... eso sí que es la perdición de mi existencia. Y con él mirándome con cara de lástima, el asco se mezclaba con la ira. Se sentó al volante y me miró con fastidio. —Dime si te va a dar asco. Es coche nuevo. Puse los ojos en blanco. —¡Solo me siento mal cuando te miro! —le solté, con voz pastosa. Él bufó y arrancó el coche sin siquiera mirarme. —De todos modos, no voy a hablar contigo —murmuró. —Perfecto —respondí, cerrando los ojos. Como si pudiera hablar, aunque quisiera... Me sentía fatal, pero no le iba a dar ese placer. —¿Dónde vives? —preguntó, como si no acabara de dejar claro que no quería hablarle. —¿Qué parte de “no voy a hablar contigo” no entendiste? —refunfuñé, hundiéndome más en el asiento. —¿Vas a ignorarme el resto de tu vida? —Ojalá no volviera a verte en lo que me queda de ella —mascullé, justo cuando salía del aparcamiento. Mi estómago comenzó a protestar como si quisiera abandonarme. Maldición, que no vomite. Por favor, que no vomite. Si lo hago, este idiota no me dejará vivir. Intenté controlar la respiración, pero la carretera parecía una pista de obstáculos diseñada por el diablo. Cuando por fin el coche se detuvo, suspiré con alivio. —¡Eres un conductor sin remedio! Ni una estrella te daría. ¡Conduces como un loco! Pero aunque el coche se paró, mi cerebro seguía en modo montaña rusa. Me agarré a una especie de manija, intentando abrir la ventana. Necesito aire, Dios mío... Tiré de la manilla con desesperación. —¡Dios mío! ¡Te he roto el coche! —grité horrorizada. Él, muy tranquilo, respondió: —No has roto nada. Solo abriste la puerta. Mejor, entra más aire. Intenté sacar una pierna del coche, pero, de alguna forma extraña, fue mi cara la que casi se estampó contra el suelo. Adrián me agarró del brazo justo a tiempo. —¡Joder, no te muevas o te vas a partir algo! —gruñó, saliendo del coche. Un momento después ya estaba a mi lado, intentando ayudarme a incorporarme. —¡Me has hecho daño! —grité, apartándolo—. ¡No tienes ni idea de lo mucho que dolió que me acusaras así! Ay no… Las lágrimas se acumulaban en mis ojos. ¡Contrólate, Gabriella! ¡No llores! ¡No frente a él! —¿Tanto te importa lo que yo piense? —preguntó, acercándose más y limpiándome una lágrima que se me había escapado. Maldita sea. No debía llorar. No frente a él. —No me importa tu opinión. Lo que odio es la injusticia. Y tú fuiste injusto conmigo —le respondí con rabia, intentando apartarme, aunque fallé estrepitosamente. Me tambaleé y él volvió a atraparme, esta vez abrazándome con fuerza. —Actué apropiadamente frente a tu ofensa. No tengo nada que reprocharme —dijo con su arrogancia habitual. —Maldito imbécil arrogante —murmuré, pero él lo escuchó. Lo noté en la pausa que hizo antes de hablar. —¿Puedes ir sola? —preguntó, alzando una ceja. —¿Puedes llevarme tu? —balbuceé, consciente de que no era la respuesta más madura del mundo. Pero con el cerebro flotando en alcohol, era lo único que podía ofrecer. — ¿No se suponía que no ibas a hablarme? —le reclamé, confundida por su repentino comentario. —No me gusta hacer cosas predecibles —respondió encogiéndose de hombros, con una media sonrisa—. No quiero que te acostumbres. Solo estaba probando si estabas alerta. —¿Y cómo salí en tu prueba? —pregunté con sarcasmo. —Fatal, para ser honesto —dijo riéndose. ¡Encima se ríe! Quise ponerme seria y gritarle algo bien amenazante, pero decidí esperar a que me dejara en el suelo primero. Después de unos minutos, llegamos a un edificio y, por fin, mis pies tocaron tierra firme. —¿Dónde estamos? —pregunté, dejándome caer en la primera cama que encontré. Qué ironía: él me trajo cargada todo el camino, y la que termina exhausta soy yo. Injusto destino. —En mi apartamento —contestó con total naturalidad. Intenté levantarme, pero mis piernas no cooperaban. —¡Quiero salir de aquí! ¿No había más hoteles en esta ciudad? ¿Por qué me trajiste a tu guarida de dragones? —¿Ahora soy un dragón? —¡Prefiero un dragón antes que a ti! Al menos un dragón no destroza a la gente inocente. ¡Un dragón me escucharía si le dijera que fui incriminada por una bruja malvada! —Espera, espera… ¿Quién soy yo en este cuento de hadas? —¡Un gnomo malvado! ¡Y deja de reírte! ¡Escúchame de una vez! —le grité. Yo soy la borracha, pero él parece el que no se concentra. Al parecer, mi tesis era cierta: es un idiota. — ¡Y no me interrumpas! ¡Nunca más te dejaré interrumpirme! Ese portátil no era mío, ¿me oyes? Beatriz me lo entregó antes de entrar, para que pareciera que era mío, para incriminarme delante de todos. ¿Lo entiendes? ¡Puedes comprobar las cámaras de seguridad de la entrada a la sala de conferencias si no me crees! Mi voz sonaba quebrada, pero era la verdad. Adrián me observó en silencio, como si intentara leerme. —¿Hablas en serio? ¿Esto no es otro cuento de hadas en el que soy el villano? —Esto no es un cuento. ¡Es mi vida! Y sí, tú eres el villano en ella. La tristeza se transformó otra vez en furia. Estoy montada en una montaña rusa emocional y sin cinturón de seguridad. Adrián pareció procesar lentamente lo que le decía. Finalmente suspiró y se levantó. —Bebe esto —me dijo, tendiéndome un vaso de agua. —¿Eso es todo lo que vas a decir? —Hablaremos cuando estés sobria. Me voy a duchar. Intenta dormir un poco. Habrá tiempo para discutir en la mañana. —¡El tiempo para discutir era hoy en la empresa y no me diste oportunidad! —le dije, indignada, pero le quité el vaso y me lo bebí de golpe—. ¿Contento? —Mucho. Ahora duerme y prepárate para la resaca del siglo —me respondió, tapándome con una manta antes de desaparecer en el baño. ¡No quiero dormir! ¿Por qué siempre intenta decirme qué hacer? Ya era demasiado. Me levanté y empecé a caminar por el apartamento. Era tan aburrido como él, aunque las vistas desde la ventana eran… sorprendentes. Estaba a punto de abrir el balcón cuando algo me llamó la atención. En uno de los marcos había una foto. Una foto nuestra. Yo con unos siete años, él con nueve. Sonrientes, pescando en la piscina con cañas hechas de palos e hilo. Recordaba ese día como uno de los más felices de mi infancia. Nuestras familias aún eran amigas, y él era mi mejor amigo. Y ahora… míranos. Salí al balcón a respirar. El aire fresco me golpeó el rostro. No supe cuánto tiempo pasé ahí, hasta que oí su voz: —¿Qué demonios haces ahí? ¿Quieres caerte? —corrió hacia mí y me agarró por la cintura, intentando meterme otra vez al interior. —¿Por qué estás medio desnudo? ¿No tienes para una camiseta? —pregunté, apartándome de su pecho desnudo. —¿Cómo no voy a estar así si salgo de la ducha y veo que estás intentando suicidarte? —me espetó, con los ojos como platos. Estaba realmente preocupado. Su agarre no cedía. —¿Por qué tienes ese cuadro enmarcado? —le pregunté, levantándolo con cuidado. Se quedó en silencio unos segundos. Luego aflojó el agarre y murmuró: —No sé… A veces me gusta recordar los buenos tiempos —dijo, y luego añadió con una sonrisa—: Y tú fuiste mi mejor amiga de la infancia. Yo, completamente aturdida por el alcohol —al menos espero que fuera por el alcohol—, no lo pensé mucho… y besé a Adrián. No tuve tiempo de saber si me correspondió, porque la película se cortó unos segundos después.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR