La semana pasó con lentitud para Iker. Después de su liberación, se había volcado en reconectar con su hija Iris y su esposa Aurora. Cada momento era preciado para él, y estaba decidido a recuperar el tiempo perdido después de haber estado en prisión. Disfrutaban juntos de la libertad y la tranquilidad que habían estado anhelando durante tanto tiempo.
Mientras tanto, Gael seguía enfocado en su investigación sobre el clan de la mafia Rusa. Día tras día, se adentraba en el mundo de la delincuencia organizada, tratando de descubrir más información y desmantelar las operaciones de la mafia.
Cada pista que encontraba lo acercaba un paso más a desentrañar los oscuros secretos de la organización criminal y llevar a sus miembros ante la justicia. A pesar de los riesgos y los desafíos que enfrentaba, su determinación no flaqueaba y estaba decidido a lograr su objetivo.
Investigó cada pista, siguió cada indicio y se infiltró en los círculos más oscuros de la delincuencia. Sabía que estaba en una carrera contra reloj y que no podía permitirse errores. Utilizando su experiencia en operaciones encubiertas, rastreó la ubicación donde la joven estaba siendo retenida.
Estaba desarollando un plan meticuloso y coordinaba un equipo de agentes especializados para llevar a cabo el rescate. Cada movimiento fue calculado al milímetro, teniendo en cuenta la seguridad de la víctima y la captura de los secuestradores. Era una operación de alto riesgo, sin embargo, no contaba con la información más importante, él no sabía dónde estaba ella.
La culpa era una sombra constante en la vida de Gael, un recuerdo doloroso que lo perseguía a medida que luchaba por rescatar a las niñas que estaban en peligro. Cada vez que lograba salvar a una de ellas, veía en sus ojos la imagen de su amiga de la infancia, Giada. Recordaba los días de juegos y risas juntos, compartiendo momentos de felicidad que ahora parecían lejanos y agridulces.
La trágica muerte de Giada a manos de su propio padre, el Zar, dejó una marca indeleble en el corazón de Gael. Se culpaba por no haber podido hacer nada para salvarla, por no haber estado allí para protegerla. Aunque sabía que no tenía control sobre las acciones de su asesino, la sensación de impotencia y culpa lo atormentaba.
Cada niña rescatada era un intento de redimirse, de hacer algo bueno en memoria de Giada y en honor a su amistad perdida. Pero también sentía la presión de la responsabilidad, sabiendo que no podía salvar a todas, que no podía cambiar el pasado. A pesar de sus esfuerzos incansables, la carga emocional seguía pesando sobre sus hombros.
A medida que continuaba su lucha contra la delincuencia y la explotación, Gael encontraba cierto consuelo en saber que estaba haciendo todo lo posible para proteger a las niñas inocentes y evitar que sufrieran el mismo destino que Giada. Pero la culpa nunca desaparecía por completo, siempre estaba ahí, recordándole su pérdida y su incapacidad para cambiar lo que había sucedido.
En su búsqueda de justicia y redención, Gael se esforzaba por transformar su dolor en acción. Sabía que no podía cambiar el pasado, pero estaba decidido a marcar una diferencia en el presente y en el futuro de las víctimas que rescatara. Cada pequeña victoria era un paso hacia sanar sus heridas internas y encontrar un sentido en medio de su dolorosa historia.
Gael fue sacado de sus pensamientos cuando la puerta se abrió y entró Ximena, su joven y hermosa prometida. Vestía un elegante vestido corto que realzaba su figura, y su cabello estaba cuidadosamente peinado. Aunque Ximena era una mujer tímida por naturaleza, siempre hacía un esfuerzo por complacer a Gael y estar a su lado en todo momento.
Con una sonrisa suave en su rostro, Ximena se acercó a Gael y lo miró con cariño. Sus ojos reflejaban una mezcla de admiración y afecto hacia el hombre que amaba. A pesar de su timidez, estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para estar a su lado y hacerlo feliz.
—Hola, Gael —dijo Ximena con su voz suave y delicada—. ¿Cómo estuvo tu día?
Gael le devolvió la sonrisa y la miró con ternura. Aunque su trabajo lo sumergía en situaciones difíciles y peligrosas, Ximena siempre era su refugio, su oasis de calma en medio de la tormenta.
—Hola, mi amor —respondió él—. Fue un día ocupado, como siempre. Pero ahora que estás aquí, todo parece mucho mejor.
Ximena bajó la mirada tímidamente, sus mejillas adquirieron un ligero tono rosado. Siempre se sentía un poco cohibida por los cumplidos de Gael, pero en el fondo sabía que eran sinceros.
Ella se sentía acomplejada porque antes de ser pareja el joven agente había tenido varias parejas.
—Me alegra verte, amor —dijo Ximena—. Quería sorprenderte con la cena esta noche. Preparé tu platillo favorito.
Gael la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia sí, abrazándola con cariño. Ximena se acomodó en su abrazo, sintiéndose segura y amada.
—Eres increíble, Ximena —dijo Gael con gratitud—. Siempre encuentras la manera de hacerme sentir especial.
Ximena levantó la mirada y lo miró a los ojos. Aunque a veces le costaba expresar sus sentimientos, sus ojos eran ventanas directas a su corazón.
—Tú también haces que mi vida sea especial, Gael —susurró ella—. Eres mi roca, mi protector.
— También te quiero, Xime. Organizaré una gran cena para celebrar nuestro compromiso. Ahora finalmente mi familia está completa.
Gael inclinó la cabeza y la besó suavemente en los labios, sellando sus palabras con un gesto de amor y ternura. A pesar de las dificultades que enfrentaba en su trabajo, el amor y el apoyo de Ximena eran su motivación para seguir adelante y encontrar un sentido en su lucha.
Isabella había decidido sorprender a Barto, el mejor amigo de su hermano y actual agente. Sabía que era un hombre guapo, pero ella nunca lo admitiría porque únicamente aumentaría su ego.
Su cabello oscuro y ojos intensos a menudo la dejaban sin aliento. Deseaba verlo y charlar con él, sin embargo, tenía la excusa perfecta, el trabajo porque ambos trabajan en un mismo caso.
Con una sonrisa en el rostro, Isabella se dirigió hacia la oficina de Barto. Estaba emocionada por ver su reacción al verla. Sin embargo, su sorpresa fue mayúscula cuando abrió la puerta y lo encontró con una mujer sentada en sus piernas.
La escena la dejó sin palabras. Sus ojos se abrieron con asombro y sus mejillas se encendieron por la sorpresa y el rubor. Isabella no sabía cómo reaccionar ante la situación inesperada.
Barto, por su parte, miró a Isabella con sorpresa y preocupación en sus ojos. Se aclaró la garganta y se apresuró a explicar la situación.
—Isabella toca antes de entrar — Él ríe arrogante, su labor favorita es encender los celos de la roca y iceberg que es la fiscal Isabella Romanov.
La mujer que estaba en las piernas de Barto se puso de pie y parecía igualmente sorprendida. Isabella le lanzo una mirada asesina.
A Barto le fascinaba la forma en la que se encendía ese azul cuando se enfadaba. Ella era simplemente preciosa, pero no dejaba de ser una niña inmadura y arrogante.
—Esta es Emily, una colega de trabajo —explicó Barto—. Estamos discutiendo un caso importante y necesitábamos revisar algunos documentos juntos.
Isabella parpadeó varias veces, procesando la información. Aunque aún se sentía un poco impactada por la escena,
—Oh, lo siento —dijo irónica —No tenía idea que trabajaban tan cómodamente. Si lo desean les puedo recomendar un motel muy barato.
Barto disfrutaba de la situación, encontrando entretenido el hecho de que Isabella hubiera tenido una pequeña escena de celos al entrar a su oficina. Él sabía que Isabella era especial y sentía una fuerte atracción hacia ella, pero también era consciente de que ella era una mujer decidida y segura de sí misma. No estaba dispuesto a rogarle por su atención, como habían hecho otros hombres en el pasado.
Mientras Isabella se recuperaba del malentendido Barto aprovechó para observarla. Le gustaba la forma en que su cabello caía sobre sus hombros y la manera en que su sonrisa iluminaba su rostro. Apreciaba su determinación y su independencia, cualidades que lo atraían aún más hacia ella.
Sin embargo, Barto también sabía que debía tener paciencia. No quería apresurar las cosas ni hacer que Isabella se sintiera incómoda. Aunque sentía un fuerte deseo estaba dispuesto a tomar las cosas con calma.
Después de un momento, la risa comenzó a disminuir y la atmósfera se relajó. Isabella miró a Barto con una expresión de molestia.
Cuando estuvieron solos Barto se acercó un poco más a ella, manteniendo una distancia prudente.
—Cada vez que te veo, Isabella, me sorprendes de una manera u otra.— Él ríe
Isabella levantó una ceja, curiosa.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo es eso?
Barto le dedicó una mirada sincera.
—Tu determinación, tu inteligencia, tu forma de ver las cosas… me sorprenden y me atraen. Eres única, Isabella.
Isabella sintió un rubor en sus mejillas ante sus palabras., Sin embargo, lo disimulo a la perfección.
— Soy yo quién está sorprendida. ¿Te funciona con todas tus amiguitas?
—No con todas.
—Bien, si he venido aquí no es para verte follar con tus secretarias. Quiero que me digas quién es ese famoso Iñaki que Gael llevo a mi casa, mi hermano es pésimo para mentir.
Isabella se mantuvo firme frente a la actitud arrogante de Barto. No estaba dispuesta a dejarse amendrentar por ese arrogante. Ella debía estar informada de quién era el intruso que estaba en su hogar.
— No traicionare la confianza de mi mejor amigo ni por ti ni por nadie, iceberg.
Isabella lo observó durante un momento, evaluando su expresión y sus palabras. Aunque Barto podía ser arrogante y a veces un tanto provocador, también sabía que nunca traicionaría la confianza de Gael, ni siquiera por ella.
En ocasiones ella era celosa de su amistad porque ambos pasaban demasiado tiempo juntos.
— Tranquila, preciosa, confía plenamente en Gael y en nuestras decisiones — Comento Barto de manera sincera—. Si tienes alguna inquietud, te sugiero hablar directamente con Gael en lugar de usarlo de excusa para verme. Aunque debo admitir que amo tus visitas.
Isabella rodeo los ojos arrogante. Ella no buscaba confrontaciones innecesarias, con el ególatra de Barto Madrigal.
—Perfecto, Barto, lo averiguare por mi cuenta.
—Perfecto. Ahora, si me disculpas, tengo asuntos que atender —dijo él abriendo la puerta —Preciosa, si necesitas algo, aquí estaré —respondió Barto con un tono más suave que antes.
Isabella asintió y salió de la oficina, sintiéndose muy enfadada. Ella odiaba cuando no logra obtener lo que deseaba y que Barto siempre de una forma u otra le demostrara que él no caería a sus pies.