Capítulo 8: Sin Control

1122 Palabras
Cuando sonó el timbre, todo el mundo salió del aula como si les hubieran abierto la jaula. Mariana, Julián, Lucas y Mateo caminaron por el pasillo entre empujones, risas, gritos y rumores nuevos que ya se estaban formando desde el primer recreo. —¿Vieron a las Barbies? —dijo Julián, señalando discretamente al grupo de porristas. —¡Sí! —rió Mariana—. Hoy están más... ¿cómo decirlo? ¿Descaradas que nunca? —Parecen salidas de un video musical mal producido —agregó Lucas, mientras todos reían. —Y con la actitud de que controlan el mundo —añadió Mateo, alzando una ceja. —Si por “mundo” se refieren al gimnasio y a sus novios mediocres, entonces sí —remató Mariana. Lucas se carcajeó, pero en el fondo sabía que algo lo estaba apretando en el pecho. No sabía qué era… tal vez el cambio, tal vez la sensación de que todo empezaba a moverse muy rápido. —Oigan —dijo Mariana de pronto—. ¿Y si vemos una peli esta noche en mi casa? Mi abuela hace palomitas con mantequilla y azúcar. Son ilegales de lo buenas que son. —Me apunto —dijo Julián. —Yo también —agregó Mateo. —Lucas, ¿tú puedes? —preguntó Mariana, mirándolo con esa sonrisa que siempre lo desarmaba. —Eh… tengo que pedir permiso, pero… creo que sí. --- Cuando Lucas llegó a casa, el ambiente estaba cargado. Su madre estaba en la cocina, y Rubén, su padrastro, estaba en la sala viendo televisión con el volumen más alto de lo necesario. —Mamá —dijo Lucas, dejando la mochila—. ¿Puedo ir esta noche donde Mariana? Van a ver una película. Antes de que su madre pudiera responder, Rubén soltó desde el mueble: —¿Y tú crees que esto es un hotel? Lucas lo miró con fastidio. —Solo estoy pidiendo permiso. —Pues no tienes. Quédate en tu casa. Basta de estar callejeando todo el tiempo. —¡Es una película! ¡Con mis amigos! No estoy pidiendo ir a una jodida fiesta. —¡No me hables así, carajito! —dijo Rubén, levantándose. La madre de Lucas intervino. —Rubén, déjalo tranquilo, por favor… —¡No, señora! Este niño se está saliendo de control. Está muy contestón. Si yo digo que no, es no. Punto. Lucas apretó los puños. —Tú no eres mi papá. El silencio cayó como un balde de agua fría. La madre de Lucas bajó la mirada. Rubén lo miró con rabia. —No, y gracias al cielo que no lo soy. Lucas se dio la vuelta y subió a su habitación. Cerró la puerta de un portazo. Minutos después, escuchó el seguro desde afuera. —¿Me trancaste? —gritó. —Te vas a quedar ahí. A ver si se te baja esa altanería. Lucas pateó la puerta, furioso. No tenía muchas opciones. Esperó a que la casa se calmara un poco, abrió la ventana y miró hacia abajo. El patio tenía un pequeño techo y, más allá, la piscina que casi nunca usaban. Se subió con cuidado al borde, se impulsó y saltó. Cayó directo al agua. —¡Mierda! —exclamó al salir a la superficie empapado. Corrió hasta la reja trasera, trepó y salió por el callejón. Caminó rápido, empapado y medio temblando, hasta la casa de Mariana. Cuando ella abrió la puerta, soltó una carcajada. —¿¡Qué te pasó!? —Larga historia… involucra una piscina, un padrastro amargado y una ventana. Mariana fue por una toalla. —Toma, y... Marco dejó esto aquí hace rato —le pasó una sudadera—. Póntela, antes de que pesques una pulmonía. Lucas se secó lo mejor que pudo y se puso la prenda. Le quedaba grande, olía a Marco… y eso no le ayudó mucho con los nervios que ya tenía. En la sala estaban Mateo, Julián y Marco sentados en el suelo con cojines, ya habían comenzado la película. —Llegó el fugitivo —dijo Julián. —¿Saltaste de un segundo piso o algo? —preguntó Marco, medio sonriendo. —Algo así. Lucas se sentó al lado de Mariana. La peli era de terror, pero nadie estaba realmente prestando atención. Entre los comentarios tontos, las burlas y los sustos fingidos, la pasaban bien. En medio de todo, Mariana dijo: —¿Y si vamos a la playa este fin de semana? —¿La de Bahía Azul? —preguntó Mateo—. Mi tío tiene una camioneta, puedo pedirla. —¡Sí! —dijo Julián—. Nos vamos temprano, llevamos comida, bocinas, y que se joda el mundo. Todos estuvieron de acuerdo. Se armó el plan ahí mismo. Lucas no hablaba mucho, pero miraba a Marco de reojo. La sudadera le quedaba como si fuera suya. Y por dentro, algo pequeño se removía. Cuando terminó la peli, Marco se ofreció a acompañar a Lucas hasta su casa. —¿No te da miedo volver? —preguntó él, mientras caminaban por la calle semioscura. —Me da más miedo quedarme sin vivir lo que quiero —respondió Lucas sin pensar. Marco no dijo nada, pero lo miró con algo parecido a admiración. Lo dejó en la esquina y Lucas saltó la reja como todo un ninja. Entró por la misma ventana y cerró todo con cuidado. Se quitó la sudadera, la dobló y la puso al lado de la cama. Se tiró boca arriba, mirando el techo. Después de un rato, se levantó, puso música en su teléfono y empezó a moverse por el cuarto como si el mundo no le pesara. Bailaba, sonreía. Se sentía libre por unos minutos. —¡Lucas, bájale esa mierda! —gritó Rubén desde abajo. Lucas bajó el volumen, rodando los ojos. Se dejó caer otra vez en la cama, con una sonrisa escondida. Y entonces, en otra parte de la ciudad, en la habitación de Mariana, un grito atravesó la noche. Uno de sus hermanos pateó la puerta, borracho. —¡¿Por qué carajo siempre hacen bulla en esta casa?! ¡Maldita sea, déjenme dormir! Su papá entró al pasillo. Su mamá se levantó también. —¡Cállate ya, coño! —gritó el padre—. ¡Son tus hermanos, no enemigos! —¡Pues mándalos a dormir a otro lado entonces! ¡Esto no es una jodida guardería! Mariana abrazó a su hermana pequeña, temblando. La abuela bajó las escaleras, apagando luces. Y en ese caos, la paz de la noche desapareció por completo. Pero nadie decía nada más. Porque ahí, en esa casa, las peleas eran tan frecuentes que el silencio era más raro que los gritos.
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