Capítulo 9: Borrachos?

980 Palabras
La noche había llegado con esa calma falsa que esconde tormentas. En casa de Mariana, todo parecía estar en paz, al menos en apariencia. Su madre estaba en la cocina, batiendo una mezcla para un bizcocho que prometía ser su mejor intento de reconciliación familiar, mientras hablaba sola, murmurando cosas entre cucharadas: "que si le echo más canela... que si este horno sirve para algo, carajo...". Era su forma de mantenerse ocupada, de no enfrentar la tensión que se colaba por cada rincón de la casa. Mariana estaba en su cuarto, con la puerta entreabierta, sentada frente al espejo. Se estaba trenzando el cabello, intentando distraerse del ruido que ya se empezaba a acumular en el ambiente. Su papá estaba en la sala, tomando su segundo o tercer ron, el televisor encendido en un volumen medio pero sin que nadie realmente lo escuchara. Y su hermano, Elías, aún no había llegado. —¡¿Tú vas a seguir bebiendo como si no tuvieras una familia que te aguanta todos los días, papá?! —soltó Mariana desde el pasillo. —¡Y tú vas a seguir creyendo que puedes hablarme como si fueras mi mamá! —respondió él, sin siquiera girarse. —¡No tienes idea de lo que esta casa necesita, viejo terco! —gritó ella, apretando los puños. La madre apareció brevemente, con la batidora aún encendida. —Por favor, no hoy... ¡por lo menos no hoy! —dijo, con voz cansada, sin soltar su herramienta de paz. —¿Y cuándo, mami? ¿Cuándo carajo es el momento entonces? ¡Si todos los días estamos al borde de explotar! Antes de que pudieran responder, se escuchó la puerta abrir de golpe. Elías entró tambaleándose, con el aliento a ron y los ojos inyectados. —¡Ey! ¡Ya llegué, la estrella de la familia! —balbuceó, con una sonrisa torcida. Mariana fue directo hacia él. —¿Otra vez? ¿En serio, Elías? ¿Tú te estás destruyendo y ni siquiera te importa? —¿A ti qué te importa lo que yo haga? ¿Ahora tú también eres psicóloga, Mariana? —¡Claro que me importa, imbécil! ¡Porque te estoy viendo apagarte cada día, y tú ni siquiera te das cuenta! —¡Pues déjame joderme tranquilo entonces! —gritó, y tiró las llaves sobre la mesa, haciendo saltar un vaso. El padre se levantó de la silla, con los ojos brillando de rabia, pero aún tratando de contenerse. —No empieces con tus malditos shows, Elías. Si vas a seguir en esa vida, lárgate de una vez. —¡Perfecto! Eso quería oír —dijo Elías, buscando su mochila de nuevo, tambaleando al caminar. Mariana se interpuso, con lágrimas comenzando a asomar—. ¡No te vayas! ¡No así! ¡No hoy, por favor! —Suéltame, Mariana —dijo él, casi en un susurro, pero con la mirada vacía—. Ya esto no es casa, esto es una prisión con paredes podridas. —¡Te juro que mañana...! ¡Te juro que voy a hablar con mami, con papi, con quien sea! Pero no salgas así... vas a matarte allá afuera. Elías le dio un beso en la frente, inesperadamente suave para la escena—. Siempre fuiste la única que valió la pena. Pero ya no puedo más. —¿¡Y tú vas a dejar que se vaya así!? —Mariana alzó la voz, temblando de rabia mientras veía a su hermano tambaleándose hacia la puerta. Su padre, parado a medio camino entre la sala y el comedor, no dijo nada. Solo apretó la mandíbula y miró hacia otro lado. —¡Papá! ¡Está borracho! ¡Ni siquiera puede caminar recto! —Mariana insistió, poniéndose delante de él—. ¡Haz algo! ¡Haz que se quede! —No te metas —soltó él, con la voz grave—. No eres su madre. —¿Y tú sí eres su padre? Porque pareciera que solo estás aquí para mirar y no hacer ni mierda —escupió Mariana, con el rostro encendido. Él dio un paso hacia ella. —¡Mariana! Cuidado con cómo me hablas —le advirtió, apuntándola con el dedo—. ¡No te lo voy a permitir! —¡¿Y tú crees que yo voy a quedarme callada mientras él se va directo a matarse o a matar a alguien allá afuera!? ¡No puedo! —¡Ya basta! —gritó él, perdiendo la paciencia—. ¡Sube a tu habitación ahora! —¡No! ¡No me voy a ir a dormir tranquila mientras él anda dando tumbos por ahí! —¡He dicho que subas! —¡No puedes obligarme a ignorar lo que está pasando! ¡Siempre haces lo mismo! ¡Te quedas callado, esperas que todo pase, como si no fuera contigo! Su padre se quedó quieto un momento. Bajó la mirada. Mariana respiraba agitada, el corazón golpeándole el pecho con fuerza. Su hermano ya estaba fuera. Se oyó la puerta del frente cerrarse de golpe. Él levantó la voz, pero esta vez más bajo, casi con cansancio. —Sube, Mariana. Por favor. Ella se quedó parada, con los ojos brillando por la rabia y el nudo en la garganta. Quería gritarle más. Quería sacudirlo. Pero no dijo nada. Dio media vuelta y subió las escaleras sin mirar atrás. Cada escalón crujía como si le pesara la rabia. Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta y se dejó caer al suelo. Y ahí, con los ojos llenos, pensó en que otra noche se les estaba rompiendo la casa sin que nadie hiciera nada para detenerlo. La noche se alargó. El bizcocho se quemó. Nadie cenó. Y Mariana, sola en su cuarto, con la ventana abierta, dejó que el viento se llevara un poco del miedo.
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