Lucas entró al aula con la mochila medio colgando del hombro y cara de que dormí apenas lo necesario. A su alrededor, el bullicio típico de un lunes: sillas arrastrándose, conversaciones sobre el fin de semana, quejas anticipadas por las clases.
Mateo ya estaba en su pupitre. Le lanzó una mirada cómplice.
—¿Sobreviviste? —le preguntó Lucas, dejándose caer a su lado.
—Con daños emocionales leves, pero aquí estoy. ¿Y tú?
—Con sueño y hambre. Pero hoy empiezan los talleres, así que al menos hay algo que esperar.
Mateo asintió.
—Un poco de música y teatro no le hace mal a nadie.
La profesora entró justo en ese momento. Tenía esa energía sospechosa que suelen tener los adultos cuando planean algo que creen que los jóvenes amarán.
—Buenos días a todos. Hoy comenzamos los talleres electivos, pero antes de eso, quiero hablar un momento con ustedes sobre la importancia de involucrarse. No se trata solo de una nota, sino de descubrir algo que les apasione.
Varios estudiantes intercambiaron miradas. Algunos sonrieron con sarcasmo.
—¿Como dormir? —preguntó alguien desde el fondo.
—O comer —agregó otro.
—Yo elijo el taller de sobrevivir a los lunes —dijo Julián, levantando la mano como si fuera serio.
La profesora rodó los ojos, pero sonrió. Sabía con quién trataba.
—Muy graciosos todos. Pero ahora en serio: elijan algo que los haga sentir vivos. Tal vez descubran un talento oculto, o simplemente, un espacio donde respirar.
Lucas no dijo nada, pero pensó en eso. En lo mucho que necesitaba ese espacio para respirar. Para dejar de fingir.
Cuando sonó el timbre del almuerzo, Mateo se acercó a él mientras recogía sus cosas.
—¿Quieres venir a la biblioteca conmigo? Necesito un libro de biología y no quiero ir solo. Esos pasillos dan miedito.
—Miedito, dice —se rió Lucas—. Pero va, te acompaño.
Cruzaron el patio juntos. El sol estaba fuerte, pero una brisa agradable hacía que no fuera insoportable. Habían niños jugando en la cancha, otros sentados en el suelo comiendo empanadas, y uno que otro aprovechando para repasar antes del examen de la tarde.
La biblioteca estaba semivacía. Una señora mayor, con gafas colgando de una cadena dorada, les dio un leve asentimiento desde el mostrador.
Mateo fue directo a la sección de ciencias. Lucas lo siguió, aunque más que buscar libros, miraba los estantes como si esperara encontrar respuestas a cosas que ni sabía que preguntaba.
—Aquí está —dijo Mateo, sacando un libro grueso con una imagen de células en la portada.
Lucas estaba al otro lado del estante. En un instante, sus ojos se encontraron a través del hueco entre libros. Mateo no apartó la mirada. Tampoco Lucas.
Por un segundo, el tiempo parecía haber perdido sonido.
Mateo desapareció del otro lado. Lucas ladeó la cabeza, extrañado, pero cuando se giró para volver al pasillo central, Mateo ya estaba ahí. Frente a él. Cerca.
—Tengo algo que quiero probar —susurró.
Antes de que Lucas pudiera decir algo, Mateo se inclinó y le dio un beso. Corto. Suave. Sincero.
Lucas abrió los ojos, sin saber si fue real o lo había soñado. Pero Mateo ya había dado un paso atrás, con media sonrisa y un leve rubor en las mejillas.
—Nos vemos en clase —dijo, y se fue.
Lucas se quedó ahí, parado entre estantes, sintiendo el corazón latirle más fuerte de lo normal.
Sin poder evitarlo, sonrió. Porque algo había cambiado.
Y el taller de teatro no era lo único que iba a comenzar ese día.