Lucas salió del aula sin decir palabra. Apenas el beso ocurrió, su mente dejó de funcionar con lógica. Tomó su mochila como pudo, ignorando las voces, las miradas, todo. El pasillo parecía más largo de lo normal y cada paso hacia la salida era como si cargara una tonelada encima. No quería pensar, no quería entender, solo necesitaba desaparecer por un rato.
No pasó por la cafetería ni buscó a Mariana o Julián. Cruzó el portón del colegio sin mirar atrás, metiéndose entre calles conocidas. Pero en lugar de ir directo a casa, desvió su camino. Bajó por una calle angosta, cruzó un parque medio vacío, subió una pequeña colina y, tras caminar unos diez minutos, llegó al borde del bosque. Se metió entre los árboles, respirando hondo. La brisa del mediodía le despeinaba el cabello mientras avanzaba hacia su lugar secreto: un acantilado que daba al valle.
Ahí, en esa orilla, se sentó con las piernas cruzadas y sacó su libreta de dibujo. No sabía qué quería dibujar, pero sentía que si no lo hacía, se iba a romper por dentro. El lápiz se movía sin rumbo fijo. Rayas, líneas, ojos, bocas, un rostro parecido al de Mateo, pero con sombras encima. Lo borró.
El corazón le latía tan fuerte que juraba que todo el mundo podía escucharlo.
—¿Qué mierda acaba de pasar? —murmuró.
Se quedó ahí un rato, dibujando, borrando, sintiendo el viento golpearle el rostro. El bosque tenía ese poder de hacerlo sentir invisible. O libre. O ambas cosas. No sabía. Solo necesitaba silencio. Naturaleza. Soledad.
Cuando el sol bajó un poco, se levantó, se sacudió las hojas y volvió a caminar. Esta vez, sí fue a casa.
Metió la llave con las manos temblorosas y empujó la puerta con un poco más de fuerza de la necesaria.
—¿Lucas? —La voz de su madre lo sorprendió desde la cocina.
—Ya llegué —dijo sin mirarla.
—¿Y esa cara? ¿Te pasó algo? ¿No ibas a estar todo el día en la escuela hoy?
—No quiero hablar, ma. Me duele la cabeza.
Ella se quedó en silencio por un segundo. Lo miró con esa mezcla de sospecha y ternura que solo las madres manejan bien. Pero lo dejó pasar. Asintió con un gesto leve y volvió a sus cosas.
Lucas subió a su cuarto. Tiró la mochila al piso, cerró la puerta y se dejó caer en la cama. No lloró. No habló. Solo... respiró hondo.
Y entonces su mente empezó a gritar.
—¿Por qué lo hizo? —pensó—. ¿Fue en serio? ¿Qué significa eso? ¿Y si lo soñé? ¿Y si se burló de mí? ¿Y si solo lo hizo por impulso? ¿Y si en realidad ni siquiera significó nada?
Se giró en la cama. Se tapó los ojos con el brazo. El corazón todavía no se le calmaba.
—¿Y si le pregunto? ¿Y si lo ignoro? ¿Y si mañana viene y actúa como si nada? ¿Y si soy yo el que está dándole demasiada importancia?
Ahí estaba él. Tirado boca arriba, con el techo como única respuesta. Ese techo que conocía cada una de sus lágrimas, cada insomnio, cada silencio tragado. Ese techo que sabía que Lucas no era el chico más popular, ni el más guapo, ni el más listo. Pero sí el más confundido.
La narración cambió a tercera persona, como si una cámara lo enfocara desde lejos.
Ahí estaba Lucas. El mismo que nadie había elegido nunca. El que veía a sus amigos enamorarse, tener relaciones, pelearse, reconciliarse... vivir. Y él siempre era el espectador. El que se hacía el fuerte, el que se reía con sarcasmo, el que ocultaba todo con frases rápidas y bromas. El que nunca había sentido que alguien lo mirara como si valiera algo más.
Lucas no se consideraba feo, pero tampoco se sentía deseado. Nunca nadie lo había mirado como Mateo lo miró antes de ese beso. Y eso lo rompía un poco por dentro.
—¿Y si solo fue curiosidad? ¿Y si se arrepiente? ¿Y si mañana me evita? —se preguntaba mientras el techo seguía en silencio.
Decidió lo que hace siempre: evadirlo.
Se paró de la cama, fue al baño, se lavó la cara con agua fría. Se miró al espejo como buscando algo que no encontraba. Como si necesitara comprobar que seguía siendo el mismo. Pero no lo era. Algo había cambiado. Algo se había abierto y ya no podía cerrarlo tan fácil.
Se cambió de ropa. Puso música en sus audífonos. Cerró los ojos. No quería pensar. No quería sentir. No quería nada.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Mateo estaba sentado en una mesa, mirando su celular. Había escrito algo. Lo borró. Volvió a escribir. Dudó. Pero esta vez, sí lo envió:
"¿Estás bien?"
Lucas no vio el mensaje todavía.