Capítulo 12: Mi Lugar

1083 Palabras
Lucas caminaba con la capucha puesta, las manos en los bolsillos y los audífonos apagados. No era la primera vez que se escapaba del mundo, pero esta vez dolía distinto. Aún sentía el cosquilleo del beso en los labios, como si Mateo siguiera allí, aunque ya no lo estuviera. Avanzó entre arbustos y ramas secas, por el sendero que cruzaba el pequeño bosque detrás del barrio. Había aprendido a moverse sin hacer ruido, a pasar desapercibido. No era tanto que le gustara la soledad, sino que a veces necesitaba ser invisible. Hoy era uno de esos días. El sol comenzaba a bajar, tiñendo el cielo de un naranja que se deshacía en los bordes. Cuando por fin llegó, se sentó sobre la gran roca que sobresalía en el acantilado. Desde ahí se veía todo el lago. El agua quieta, profunda, como un espejo que lo entendía mejor que cualquier persona. Sacó su libreta. No tenía pensado dibujar, pero sus dedos actuaban por sí solos. El lápiz comenzó a trazar líneas que no sabía de dónde salían. Tal vez de su pecho, tal vez de la confusión que no podía nombrar. Fue entonces cuando escuchó pasos. El corazón se le aceleró. Se encogió contra la roca, como si pudiera desaparecer. ¿Quién más sabía de este sitio? ¿Y si era alguien del colegio? ¿Y si era Mateo? —Tranquilo, no soy un asesino —dijo una voz masculina, medio divertida, desde atrás de los árboles. Lucas se asomó apenas. Y entonces lo reconoció: Max, su vecino de al lado. Universitario, 19 años, cara de modelo de i********: pero con más ojeras que seguidores. —¿Max? —¿Qué haces aquí? —preguntó Max, acercándose con las manos levantadas—. Pensé que este era mi escondite exclusivo. —No sabía que venías por aquí —dijo Lucas, acomodándose en la roca, aún algo tenso. —Yo tampoco sabía que tú venías. Qué decepción, pensé que este era mi territorio sagrado. Ya me lo arruinaste. Lucas sonrió apenas. —¿Te puedo acompañar o prefieres tu drama adolescente a solas? —Adelante. Igual no hay mucho drama, solo... no sé. Pensamientos. —Uh, peligroso eso. Yo vine a huir de los míos —dijo Max, sentándose a su lado. Por un rato, no dijeron nada. Solo se quedaron allí, mirando el lago como si tuviera todas las respuestas. —¿Y tú? —preguntó Lucas—. ¿Qué haces huyendo hoy? —Mi tesis me está matando —contestó Max—. Literalmente. Me siento como un adulto de treinta atrapado en un cuerpo de diecinueve. Así que vine a fingir que soy un niño sin responsabilidades. —Yo vine a fingir que soy alguien que no se siente tan... raro. Max lo miró. Pero no dijo nada. Solo asintió con un gesto leve. Como si entendiera. —¿Quieres hablar de eso? —preguntó Max al cabo de unos minutos. —No —respondió Lucas—. Pero gracias por no preguntar demasiado. —No hay problema. Yo también he tenido días de “no quiero pensar, solo quiero aire”. Lucas respiró profundo. Y en ese momento, por primera vez en el día, sintió un poquito menos de presión en el pecho. --- Mientras tanto, en la cafetería del colegio... —Yo sabía que Lucas no estaba bien —dijo Mariana, clavando su tenedor en el arroz como si fuera la cara de alguien. —¿Y cómo sabías eso? —preguntó Julián, con la boca llena. —Porque no vino a clases, Sherlock. Y porque tenía esa cara de “estoy cargando un universo y nadie lo nota” desde ayer. Marco, que estaba sentado frente a ellos, giró su bandeja sin mucho apetito. —¿No dijo nada? —preguntó Mariana. —Nada. Se fue sin decir ni adiós. —Uff, qué dramático. Le encanta hacer entradas y salidas de película —dijo Mariana, rodando los ojos—. Yo debería ser guionista de su vida. Titularía este capítulo como “Lucas y la gran huida misteriosa”. —A lo mejor le pasó algo —dijo Julián—. ¿No has pensado en eso? —Claro que lo pensé. Pero también pensé que capaz necesita espacio —dijo Marco, bajando la voz. Mariana entrecerró los ojos. —¿Tú sabes algo y no lo quieres decir? —No. Solo... estoy tratando de no ser intenso. —Mmm... eso huele a secreto. ¿Lucas te contó algo? ¿Se peleó con alguien? ¿Lo besó alguien? —dijo Mariana, sonriendo como si acabara de soltar una bomba. —¿Qué? No. Obvio no —dijo Marco, con un tono que claramente no convencía a nadie. —Ajá... Julián, anótalo: Marco miente peor que político en elecciones. —¿Tú crees que está bien? —preguntó Julián, ahora sí más serio. Marco se encogió de hombros. —No sé. Espero que sí. Pero me preocupa. Últimamente ha estado... como raro. —Bienvenido al club —dijo Mariana, levantando su vaso como brindis—. Todos aquí estamos un poco rotos, ¿no? —Habla por ti —respondió Julián, y Mariana le lanzó una servilleta. Marco sonrió un poco. Pero en el fondo, sentía un vacío incómodo. Sabía que Lucas estaba cargando algo, y que ese algo tenía nombre. Solo que aún no lo decía en voz alta. --- De vuelta en el acantilado... Lucas y Max seguían sentados, ahora con las mochilas como almohadas. El cielo empezaba a oscurecerse poco a poco, el lago reflejaba un azul cada vez más profundo. —¿Alguna vez sentiste que no sabías quién eras? —preguntó Lucas de repente. Max soltó una risa corta. —Todos los días. —¿Y cómo haces para... no explotar? —A veces sí exploto. Solo que lo hago a solas. O escribo. O me encierro en el baño de la uni y grito con la música a todo volumen. No es elegante, pero funciona. Lucas bajó la mirada. —Yo dibujo. A veces. Cuando puedo. —Entonces ya tienes una salida. Eso es más de lo que muchos tienen. Lucas lo miró, como sorprendido de que alguien pudiera entenderlo sin juzgar. —¿Puedo venir aquí más seguido? —Obvio. Pero traes snacks. Es la única condición. Lucas sonrió. De esas sonrisas pequeñas, tímidas, pero reales. Y por un momento, el mundo no se sentía tan grande ni tan pesado.
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