La puerta del aula se abrió justo cuando la profesora comenzaba a hablar. Lucas entró sin apuro, con la mochila en un solo hombro, los audífonos colgando del cuello y esa cara de “no estoy para nadie”. Caminó directo a su asiento sin mirar a nadie, como si el aula estuviera vacía.
Marco lo vio. Claro que lo vio. Lo estaba esperando desde que llegó. Pero Lucas pasó de largo. Nada. Ni un “hola”. Ni una mirada.
La profesora se aclaró la garganta.
—Lucas, qué bueno que decidiste unirte a nosotros —dijo con tono forzado, como queriendo sonar amable.
—Sí, claro —respondió él sin ganas, sentándose.
Marco bajó la mirada, fingiendo interés en la hoja en blanco frente a él. Lucas tampoco lo miró. El aire entre los dos estaba tan denso que se podía cortar con una regla escolar.
La clase siguió. Una explicación aburrida sobre la importancia de los talleres y cómo serían parte del proyecto final del semestre. Bla, bla, bla. Lucas no estaba escuchando. En su cabeza todavía zumbaban las palabras no dichas, el beso no resuelto, las preguntas sin respuesta.
—Hola —susurró una voz a su lado.
Lucas volteó apenas. Era la chica nueva. Cabello largo, ojos grandes, sonrisa ensayada.
—Soy Zoe —dijo, ladeando la cabeza—. Me gustó tu estilo... así como oscuro pero interesante.
Lucas solo asintió, casi sin expresión.
—¿Tú elegiste taller ya? —insistió ella, mordiéndose el labio.
—Sí —mintió. Y volvió a mirar al frente.
Zoe entendió el mensaje. No insistió más, aunque hizo una mueca tipo “uff, difícil este”. Lucas volvió a su silencio. El timbre sonó como una salvación.
—Muy bien, es hora de dirigirse a sus respectivos talleres —anunció la profesora—. ¡Recuerden que hoy solo es la presentación!
Lucas fue el primero en salir. Sin mirar a Marco, sin mirar a Zoe. Nada. Solo se fue.
En el pasillo se puso los audífonos, pero sin música. Era su escudo. Buscó con la mirada a Mariana o Julián. Los vio en la escalera que daba a la cafetería. Caminó hacia ellos sin pensarlo.
—Míralo, el ausente apareció —dijo Mariana apenas lo vio, cruzándose de brazos—. ¿Dónde estabas ayer, fugitivo?
—Me sentía mal —respondió Lucas. No sonaba muy convincente.
—¿Mal tipo “me dio gripe” o “me besaron y colapsé emocionalmente”? —dijo ella con una ceja levantada.
—¿Qué? —fingió sorpresa.
—Ajá, sí, hazte el loco —dijo Mariana, fulminándolo con la mirada.
—Déjalo, Mari —intervino Julián con su tono relajado—. Capaz necesitaba espacio. El amor adolescente es un campo de batalla.
Lucas se rio, solo un poco. Ese poco que le salía cuando Julián decía alguna tontería con sentido.
—¿Y entonces? ¿Ya eligieron talleres? —preguntó Lucas, cambiando de tema.
—Yo voy a música. Obvio —dijo Mariana, acomodándose la mochila—. Alguien tiene que darle estilo a este colegio.
—Yo a carpintería —dijo Julián—. Si todo falla en mi vida, al menos sabré hacer una mesa.
—¿Y tú? —preguntó Mariana, mirándolo con más seriedad.
—Teatro —respondió Lucas.
—Uy, el drama hecho carne —dijo ella—. Bueno, nos vemos después. Y no vuelvas a desaparecer así, idiota. Que te extrañamos.
—Yo no —dijo Julián—. Pero Mariana me obligó a decirlo.
Se despidieron entre empujones y bromas. Lucas caminó hacia su taller, pero se detuvo justo frente al gimnasio. Algo lo hizo mirar hacia adentro.
Allí estaba Marco. Con una pelota en las manos, riéndose con los del equipo de básquet. Las porristas —o mejor dicho, las Barbies— estaban sentadas en las gradas. Dos de ellas no le quitaban los ojos de encima.
—Qué intensas —pensó Lucas, observando cómo una le hacía ojitos a Marco.
Otra dijo algo en voz baja y se rieron como si hubieran descubierto el sentido de la vida.
Lucas sintió un cosquilleo raro en el estómago. ¿Celos? ¿Molestia? ¿O solo ganas de salir corriendo de nuevo? No supo. No quiso saber.
Siguió caminando hasta llegar al aula del taller de teatro.
Una mujer joven, de unos treinta y tantos, con cabello corto, gafas y un pañuelo rojo en el cuello lo esperaba en la puerta.
—¡Hola! Bienvenido al taller de teatro. Soy la profesora Gabriela Cueto —dijo con voz entusiasta, como si estuviera por dirigir una obra de Broadway—. Pasa, busca asiento. Hoy solo vamos a conocernos.
Lucas asintió y entró. El aula olía a telones viejos y madera. Las sillas estaban en semicírculo. Algunos ya estaban sentados, otros hablaban entre sí. Parecía un buen lugar para desaparecer sin desaparecer del todo.
Se sentó en una esquina, donde pudiera observar sin ser observado.
Mientras la profesora saludaba a los demás, Lucas pensó en todo lo que había pasado. En Mateo. En el beso. En la evasión. En cómo todo seguía igual... y al mismo tiempo, nada lo era.
Un grupo de chicas entró riéndose al fondo. Una de ellas tenía una coleta alta, labios rojos y una actitud que gritaba: mírenme. Lucas la reconoció enseguida. Era del grupo de las Barbies.
—Uff —susurró—. Ya empezamos con el show.
Pero eso... era material para mañana.
Y justo cuando Gabriela se acercó al centro y pidió que comenzaran a presentarse, el timbre sonó de nuevo. Lucas se hundió un poco en su asiento, preparándose para lo que vendría.