La fiesta era total en Mayuya. La gente saltaba, cantaba, se abrazaba, reía y gritaba sin cesar. Cuando Fabiana fue considerada entre las cinco finalistas, la emoción se desbordó como un caudaloso torrente, provocando una incontenible euforia. Fue tanta la emoción que los más afanosos reventaban cuetes multicolores, iluminando el cielo cálido de la selva. -Fabi ya ha cumplido-, dijo doña Máxima recostada en su perezosa, sin despegar los ojos de la pantalla, con las lágrimas acumuladas en sus ojos. Los brindis con aguaje iban y venían y todos pedían más cesina, tacacho, pescado frito. Era un laberinto. Las luces destallaban por ratos y los más frenéticos amenazaban con destrozar el grupo electrógeno si fallaba. -¡Tiro ese aparato al río si nos falla justo ahora!-, dijo uno, haciendo reír

