Capitulo 4

1094 Palabras
Edixon se agachó, recogió el bolso de Zara y se lo entregó. Ella apartó un mechón rebelde de sus ojos y se colgó el bolso del hombro. —¿Tiene alguna otra pregunta para mí, señor Salvatore? ¿O debería llamarle excelencia? La lentitud con la que su lengua envolvió el tratamiento con aquella voz tan hipnótica se le antojó algo a lo que podría acostumbrase fácilmente. No le importaría volver a escucharlo, quizá por teléfono... —¿Qué tal Edixon? En cuanto estuvo segura de que nadie la observaba, Zara se deslizó tras el volante de su coche, sonrió de oreja a oreja, algo que llevaba un buen rato queriendo hacer, y se marcó un bailecito más bien ridículo frotando el trasero contra la suave piel del asiento. —Ya era hora —susurró, hablando consigo misma. El apuesto duque supondría su ascenso a primera división. Desde que creó Afrodita, siempre había imaginado a clientes como Edixon Salvatore haciendo cola para conseguir sus servicios: hombres ricos que necesitaban encontrar esposa para tachar una línea más de una larga lista de tareas pendientes. Su trabajo consistía en encontrar esposas para una clase de hombres que carecían del tiempo o de la voluntad necesaria para someterse al juego del cortejo. No buscaban amor, sino compañía. Algunos querían casarse para que sus amantes dejaran de exigirles un anillo de compromiso. Hasta la fecha, había conseguido un buen número de referencias que la estaban ayudando a construir su empresa y a conseguir unos ingresos regulares con los que poder vivir. Con Edixon y los beneficios que había calculado que conseguiría gracias a él, podría cubrir los gastos más elevados durante dos o tres años. O al menos eso esperaba. A Salvatore, que era millonario por méritos propios, no le hacía falta el dinero de su fallecido padre, pero sería una lástima que la fortuna de la familia, más que suficiente para comprarse un país pequeño, acabara en el cajón de sastre de la caridad o en manos del primo que Edixon había mencionado. Con toda la corrupción y los escándalos relacionados con las asociaciones benéficas, estaba claro dónde acabaría ese dinero o qué bolsillos engordarían gracias a él. Zara sabía que el dinero que se destinaba a causas humanitarias a menudo caía en las manos equivocadas. La situación de Edixon supondría distracciones con las que hasta entonces nunca se había encontrado. Su título nobiliario sería el principal problema a superar. Tendría que seleccionar a las candidatas con especial cuidado, asegurándose de que no albergaran el sueño infantil de convertirse en duquesas. Las películas de Disney habían hecho mucho daño. Además, Edixon era especialmente agraciado, por lo que las candidatas tendrían que estar ciegas para no querer de él algo más que su dinero o su título. Las fotografías que había visto de él no le hacían justicia. Con su metro sesenta y cinco, Zara estaba acostumbrada a levantar la cabeza para mirar a los hombres a la cara, pero Edixon medía uno ochenta y cinco como mínimo y tenía los hombros anchos y musculosos. Había visto fotografías suyas en una revista. Estaba en una playa de Dieppe y, bajo el traje de neopreno, se insinuaba un físico espectacular. Al entrar en la cafetería, no se había dado ni cuenta de que todos los ojos se fijaban en él; se había limitado a examinar el local para localizarla. Con cualquier otro cliente, Zara se habría puesto de pie nada más verle atravesar la puerta, pero con Edixon había necesitado un minuto para serenarse. Su mandíbula firme y sus ojos, de un asombroso color gris, habían penetrado en el temperamento normalmente calmado de Zara, hasta el punto de que el corazón le dio un vuelco. El físico de su nuevo cliente supondría una distracción añadida. Lo mejor para todos sería que Edixon y la mujer de su elección vivieran en países distintos. Cualquier mujer con sangre en las venas y que pasara un tiempo mínimo con él no podría evitar la tentación de meterse en su cama. Zara sacó el móvil del bolso y llamó a su ayudante. —Afrodira, al habla Maria. —Eh, soy yo. —¿Cómo ha ido? —Maria no esperó ni un segundo para hacer la pregunta. —Genial. ¿Has buscado los archivos y hecho las llamadas? —Sí. Elizabeth es la única que no está disponible. Zara visualizó a una morena de gran estatura. —¿En serio? ¿Por qué? —Al parecer, tiene novio. Eso solía arruinar cualquier matrimonio con otro hombre. Sin Joanne, aún le quedaban tres candidatas perfectas. A menos que Edixon tuviera un problema con las mujeres guapas, el miércoles ya estaría casado. Y solo era lunes. —Ella se lo pierde. —¿Vas a venir? —Tengo que hacer un recado y luego voy para allí. —Trae algo para comer. Maria y Zara hacía tiempo que eran amigas, mucho antes de entablar una relación laboral. —Teniendo en cuenta que soy tu jefa, ¿no deberías ser tú la que se ocupara de traerme la comida a mí? —No si la negrera de mi jefa apenas pasa por la oficina y no se ocupa ni de las llamadas. La oficina, menudo chiste. Zara utilizaba una habitación que le sobraba en casa. —Estaré ahí en media hora —respondió entre risas. —Antes deberías llamar a Lagonlight. Zara se incorporó en el asiento del coche. —¿Por qué? ¿Ha pasado algo? —La inquietud se apoderó de su estómago, una sensación de pánico que le resultaba familiar. —Nada urgente. Jordan no come como debería. Dicen que te pases por allí para hablar con ella. Zara respiró tranquila y se obligó a relajar los hombros. —Vale. Sus planes para aquella tarde se verían ahora complicados por un viaje no planeado al centro en el que estaba ingresada su hermana pequeña. La última vez que Jordan había dejado de comer, acabó en el hospital con una infección que se le extendió por la sangre. Zara esperaba que su hermana estuviera deprimida y no enferma, por muy triste que le resultara que esas fueran las opciones más optimistas por las que Jordan podría haber dejado de comer. Pero ¿de qué otra cosa podía tratarse? Una depresión había sido la causa por la que su hermana había intentado suicidarse, para acabar sufriendo un derrame cerebral en lugar de morirse. —Llegaré tarde, pero si no te importa esperar, traeré algo para comer. —Avísame si te entretienes. —Lo haré. Gracias.
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