Zara colgó el teléfono, arrancó el motor y partió hacia el Centro Asistencial Lagonlight. El centro le costaba más de cien mil dólares al año y por eso Zara necesitaba los ingresos que pudiera conseguir de un contrato con Edixon Salvatore. Llevaba un mes de retraso con sus gastos personales y siempre enviaba los cheques a Lagolight una o dos semanas tarde. Lo último que quería era hundirse bajo el peso de las deudas y acabar ingresando a Julio en un centro del Estado. En un sitio así seguro que la ignorarían y en menos de un mes acabaría con una infección y llena de llagas tras pasar demasiadas horas en la cama. No, Sam preferiría dormir en el coche antes de dejar que eso pasara. Al pensar en el duque, supo que las cosas no acabarían tan mal. Edixon se arriesgaba a perder trescientos millones de la herencia de su padre si no se casaba antes de fin de mes. Estaba dispuesto a pagarle una cantidad importante a la mujer que se prestara a acompañarlo al altar y, en consecuencia, a pagarle a Afrodita una suma de dinero suficiente para mantenerse a flote durante un tiempo. Zara solo tenía que colocar a las candidatas en fila y asegurarse de que ninguna de ellas apretara el botón del pánico. Pan comido. O eso esperaba.
Edixon acarició las fotografías de las tres mujeres que Zara le había enviado. Todas eran perfectas: cultas, con estudios y preciosas. Entonces ¿por qué se habían apuntado a una agencia de citas para encontrar un marido temporal? Tenía que haber algún tipo de conexión entre ellas y la propia señora Casamentera, pero Edixon no conseguía dar con ella. Candidata número uno, Candice... Sin apellido. Según el informe, era estudiante de derecho de segundo año y tenía las típicas deudas de estudios. Le encantaba el arte y dedicaba su tiempo libre a correr maratones. Edixon volvió a mirar la fotografía. El parecido con Rebeca era desconcertante. Zara había pensado en todo, hasta el punto que había incluido las medidas y el peso de la chica al final de la página. Debajo de la fotografía, Zara había escrito una nota explicando que las agencias de citas solían utilizar imágenes antiguas del instituto retocadas con Photoshop, pero que Afrodita actualizaba las suyas cada seis meses. Candidata número dos, Martha... De nuevo, sin apellido. Ayudante en la consulta de un médico y preparándose para entrar en medicina. Le encantaba la navegación y pasar temporadas en lugares exóticos. Había viajado por muchos países, pero los papeles de Zara no hablaban de cómo se lo había costeado. Candidata número tres, Caren... Edixon no se molestó en buscar el apellido. Sabía que no aparecería por ninguna parte. Caren podría haberse dedicado al mundo de la moda. Sus ojos, de un azul increíble, y su hermoso cabello de un rubio blanco como la nieve eran suficientes para dejar sin respiración a cualquier hombre. Caren no iba a la universidad y tampoco tenía préstamos de estudios pendientes. Dirigía una especie de hogar para ancianos y hacía de mentora para chavales en un club para niños y niñas. Las tres eran perfectas. Entonces, ¿por qué tenía la sensación de que ninguna de ellas encajaba? Se inclinó hacia delante y cogió el teléfono.
—¿Y bien, Elisa?
—preguntó cuando su ayudante respondió al otro lado del teléfono.
—Todavía tengo un par de llamadas sin respuesta, pero he encontrado algunos datos interesantes acerca de la señorita Reyes.
—Genial, tráeme lo que tengas. Edixon se acercó al ventanal de su despacho, que ocupaba toda una pared desde el suelo hasta el techo, y miró hacia abajo, a la ciudad que se extendía a sus pies. Llevar su negocio de transporte marítimo desde cuatro puntos distintos del mundo le daba ventaja sobre sus competidores. Había levantado la empresa desde la nada a pesar de la oposición de su padre. Edixon quería demostrarle que no necesitaba su dinero, ni su título, y esa misma determinación le servía de combustible para seguir adelante. Sin embargo, el apellido Salvatore le había abierto muchas puertas a lo largo de los años, y menospreciar el grueso de su herencia no era algo que estuviese dispuesto a hacer, especialmente ahora que el viejo llevaba tiempo muerto. Elisa llamó a la puerta del despacho antes de entrar. Edixon se dio la vuelta y señaló con la cabeza hacia la mesa de café que ocupaba una esquina de la estancia, donde podría ver los documentos que Elisa llevaba en la mano.
—Pongámonos ahí. Mi se sentó y rápidamente repartió los papeles sobre la mesa para que Edixon los revisara.
—Zara Reyes, veintisiete años, nacida en Connecticut, hija de Salvatore y Blanca Reyes. Edixon tomó asiento.
—¿Por qué me suenan esos nombres? —Deberían sonarte. Salvatore era un pez gordo de los medios hace ya bastantes años. Fue acusado de evasión de impuestos y malversación de fondos. Él y su familia vivían en una mansión de veinte millones de dólares y tenían propiedades en Francia y Hawai. El sueño americano, vamos. Edixon lo recordaba. El gran hombre de negocios neoyorquino había canalizado todos sus fondos a través de una estafa piramidal. Firmaba pólizas de seguros para casas, terrenos, negocios y propiedades varias con víctimas que no sospechaban nada y a las que no tenía intención de pagar un solo dólar. Si la memoria no le fallaba, los federales no consiguieron pillarlo por corrupción pero se las arreglaron para meterlo en la cárcel por evasión de impuestos. Sus cuentas y todas sus propiedades fueron embargadas y su familia al completo se desmoronó.
—Blanca, la esposa, no pudo soportar semejante declive en su estatus. Se tomó una caja de pastillas con ginebra y nunca volvió a despertar. Elisa relataba los detalles de la vida familiar de Zara Reyes como si se tratara de un culebrón.
—Según la prensa, la hermana de Zara, Julio, intentó seguir el ejemplo de su madre sin éxito y acabó sufriendo daños cerebrales. Estoy esperando que me pasen los detalles de dónde está la chica ahora. Zara sobrevivió a la debacle, pero acabó recogiendo los trozos que quedaron de la familia. Dejó la universidad, donde estudiaba empresariales. Seguramente consiguió esconder una pequeña cantidad de dinero de la que el Gobierno no sabía nada para pagarle un centro a su hermana.
—Elisa tomó aire y entregó una lista de nombres a Esixon.
—¿Qué es esto?
—Es gente con la que la señorita Reyes se relaciona. Crecer rodeada de gente rica y bien relacionada le proporcionó algunas amistades que han perdurado en el tiempo. Los adultos cortaron cualquier lazo que los uniera a los Reyes, pero los amigos de Zara no. Esta lista incluye a la hija de un senador y a dos abogados en rápida ascensión. Todavía no estoy seguro de cómo averiguó cosas de tu pasado, pero tengo una llamada pendiente. Edixon pasó las páginas y encontró una fotografía de la familia Reyes cuando aún eran felices. Iban a bordo de un yate. Blanca estaba delgada como un lápiz y sus hijas, ambas en bañador, posaban detrás de ella. Zara llevaba el pelo recogido en una coleta, pero aun así el viento lo había empujado hacia su cara en el momento en que se había tomado la.