Capitulo 6

1150 Palabras
fotografía. Julio, mucho más joven que Zara, tenía el cabello oscuro de su madre y un cuerpo minúsculo. Salvatore, con al menos veinte kilos de sobrepeso, tenía una mano apoyada en el hombro de su mujer y sonreía a la cámara. Las fotografías eran engañosas. Recordó la imagen de un retrato familiar muy parecido al de zara. El padre de Edixon posaba de pie detrás de su mujer, con una mano sobre su hombro. Los nudillos de la madre se aferraban, blancos de la tensión, al brazo de la silla en la que descansaba. Aún recordaba el día en que se había tomado la instantánea. Esixon había discutido con su padre porque quería hacer unas prácticas de verano que le ayudaran a mejorar sus posibilidades de entrar en una buena universidad. Sebastián se negaba a que Edixon trabajara para nadie, y menos sin cobrar. Su padre creía que los estudios solo eran necesarios para fanfarronear con los amigos. El trabajo, sin embargo, era una palabra de siete letras con la que ningún Salvatore tendría jamás relación alguna mientras él tuviera algo que decir al respecto. —Y yo que creía que mi familia era disfuncional —susurró Edixon. —Creo que la señorita Reyes se lleva el premio. Esixon sabía que aquel era un premio que no merecía la pena ganar. —¿Dónde vive Zara? —Vive de alquiler en una casa en Tarzana. —¿Algún compañero de piso? —Es difícil saberlo. —¿Novio? —preguntó, sin saber muy bien por qué. Mitch le clavó la mirada. —No lo he comprobado, pero lo haré. —Justo en ese preciso instante, el teléfono de Eliza sonó dentro del bolsillo de sus pantalones. Lo sacó y comprobó el número—. Es sobre la hermana —explicó antes de atender la llamada. Eliza habló mientras Edixon estudiaba los nombres que aparecían en el papel que sujetaba entre las manos. Zara tenía muchos amigos. Se preguntó si alguno de ellos la ayudaba económicamente. Eliza silbó, con el teléfono todavía en la oreja, y llamó la atención de Edixon. —De acuerdo, gracias —se despidió antes de finalizar la llamada. —¿De qué se trata? —Está claro que la señorita Elliot realmente necesita tenerte como cliente. —¿Sí? ¿Por qué? —Su hermana está ingresada en el Lagolight Villas. Bonito nombre para un centro asistencial para adultos que cuesta ni más ni menos que seis cifras al año. Edixon se quedó pálido. —¿Y nadie ayuda a la señorita Reyes con los pagos? Eliza sacudió la cabeza como extrañada. —No que yo sepa. Puede que sus amigos la aconsejen, pero la única fuente de ingresos constantes es la empresa. Una empresa a la que Edixon ya había investigado y de la que conocía hasta el último detalle y movimientos. —Muy Interesante. —¿Y cómo es ella? —Era la primera pregunta personal que le hacía Eliza. Edixon visualizó su piel de alabastro y la firme línea de su mandíbula. Y esa voz. Dios, solo recordarla fue suficiente para querer volver a hablar con ella. —Es una mujer de negocios —le dijo Edixon a su ayudante personal—. Te gustaría. Tener el control era parte de su trabajo, de modo que cuando Edixon Salvatore insistió en cenar con ella para hablar de las candidatas a convertirse en su futura esposa, Zara imaginó diferentes escenarios. Quizá Edicon había reconocido a alguna de las mujeres o relacionado un apellido con una cara. Zara siempre obviaba los apellidos para que sus clientes tuvieran que valorar los méritos de cada mujer teniendo en cuenta sus atributos, no los de sus familias y ansestros. Ella misma tenía que sufrir que la gente la juzgara por las acciones de sus padres. Tras la caída de su familia, Zara había llegado a considerar la opción de cambiar de nombre e incluso de color de pelo. Al final decidió mudarse a la costa Oeste y evitar a la prensa. Y funcionó, porque los tabloides pronto dejaron de prestarle atención. En cuanto apareció un nuevo escándalo, la gente se olvidó del suyo. Al vivir cerca de Paris, se aseguraba de que los focos y el romanticismo iluminaran siempre a otra persona. Además, su cara no había aparecido en prensa desde el funeral de su madre. Si Zara hubiera sido una belleza o una yonqui de los medios, los periódicos la habrían seguido sin dudarlo, pero un buen día empezó a vestirse como la fea del baile, y evitar a los periodistas fue coser y cantar. ¿De qué querría hablar Salvatore? Quizá ya se había puesto en contacto con su abogado y necesitaba los detalles que no constaban en la documentación que le había entregado. Cuando fundó la empresa, Zara había tenido en cuenta hasta el último detalle para que no quedara ningún cabo suelto. Siempre pagaba sus impuestos («Gracias, papá») y guardaba los contactos a buen recaudo. Nada de lo que hacía, en lo referente a comprobaciones o detectives privados, era ilegal. Cuando necesitaba información, solía recurrir al género femenino. No es que creyera que las mujeres no cometían ilegalidades, no era tan tonta. El problema venía de su falta de confianza hacia los hombres. En su vida eran pocos los que no la habían traicionado de una forma u otra. En realidad, si se paraba a pensar en ello, no se le ocurría ninguno. El sol todavía no se había puesto cuando entró con su coche en el aparcamiento del restaurante más caro de Malibú clasico, en primera línea de mar. No pudo evitar al aparcacoches, así que dejó el motor de su sedán de fabricación americana en marcha y se bajó. Le dio las gracias al chico y vio como este se sentaba tras el volante y aparcaba apenas a unos metros de ella. Su GMC parecía fuera de lugar rodeado de tantos Lexus, Mercedes y Rosroy. Samantha entró en el restaurante y dejó que el delicioso olor del ajo y las hierbas le embargara los sentidos. Había pasado un año desde la última vez que cenó en un restaurante de cinco tenedores, con una de sus clientas felizmente casadas. Hacía tiempo que Sam había renunciado a los restaurantes caros y al estilo de vida opulento del pasado, pero a veces lo echaba de menos. Entre sus objetivos a corto plazo estaba el de dejar de comer comida para llevar o preparados para microondas. Cuando se disponía a entrar en el salón y buscar a la maître del restaurante, un hombre la abordó por la espalda. —¿Señorita Reyes? No llevaba el uniforme del personal. Quizá era el gerente. —¿Sí? —El señor Harrison la espera. «Seguro que es el gerente.» Zara le siguió a través del restaurante hasta un reservado con vistas sobre el Sena. Edixon Salvatore, que la había
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