Capitulo 7

1109 Palabras
visto acercarse, se levantó para recibirla. Al igual que en su anterior encuentro, Zara vio los rasgos cincelados del rostro de Edixon y la forma en que el traje de firma que llevaba se amoldaba a su cuerpo y no pudo evitar sentir un estremecimiento recorriéndole la piel. Aquel hombre dominaba el espacio con su sola presencia. Él, por su parte, recorrió el cuerpo de Zara con la mirada y una pequeña sonrisa afloró en la comisura de sus labios. Zara había escogido un vestido sencillo, no demasiado informal pero tampoco apropiado para acudir a la gala de los Canes. Y a juzgar por la expresión en el rostro de Edixon, no le había defraudado. No es que ella se vistiera para recibir su aprobación, pero tampoco quería parecer fuera de lugar sentada a su lado. Lo miró a los ojos y sintió que una descarga le recorría la espalda. —Llega tarde —dijo él con voz burlona. Zara se quedó con la boca abierta como un pez, a punto de responder, pero decidió no hacerlo. —Touché. Edixon sonrió. —Me he tomado la libertad de pedir una botella de vino. Espero que no le importe. Aguardó hasta que ella estuvo cómodamente instalada en su lado de la mesa para coger la botella de vino de la cubitera. Zara lo observó mientras él servía el pálido líquido en una copa de cristal, concentrando todos sus esfuerzos para que su mirada no resultara demasiado intensa. —¿Celebramos algo? —Quizá —respondió él mientras dirigía la botella hacia su copa. Quería acelerar la conversación, preguntarle qué candidata era la elegida. Claro que todavía no las conocía, así que no creía que ya se hubiera decantado por una. Edixon levantó su copa en alto y esperó a que ella se le uniera en un brindis. —Por una relación de negocios exitosa. Un escalofrío de incertidumbre recorrió la mano con la que Zara se disponía a coger su copa. Había algo raro en la forma en que Edixon había pronunciado la palabra «relación». Tras chocar la copa contra la de él y tomar un sorbo de vino, descansó las manos sobre el regazo para ocultar el leve temblor que la delataba. —Espero que el trayecto en coche no le haya causado problemas. Vale, no irían directos a hablar de negocios como a ella le habría gustado. En lugar de presionarlo, prefirió dejar que la conversación siguiera su curso. —La autopista del Sena siempre es un problema a última hora de la tarde. —Gracias por acceder a reunirse conmigo. —Me sorprende que haya elegido este sitio. Para una cena de negocios sería más apropiado un local menos formal. —Menos romántico, le habría gustado añadir. Esixon se relajó en su asiento. Zara, por su parte, apenas podía concentrarse en la razón por la que estaba sentada frente a él. Los rasgos de su cara eran perfectos, casi pecaminosos. Resultaba muy fácil perderse en la belleza de aquellos ojos grises y caer en la trampa de su cálida sonrisa. —Va contra mis normas invitar a una mujer hermosa a un bar a tomar un cóctel. Vaya por Dios, hora de poner los pies en el suelo. Zara sabía que no era guapa, atractiva como mucho, y que el tipo de belleza que atraía a aquel hombre estaba totalmente fuera de su alcance. —Es usted encantador, señor Salvatore, pero pierde el tiempo conmigo. Supongo que ha tenido oportunidad de revisar los documentos que le he enviado por fax. Edixon entornó los ojos, pero no dijo nada. Zara tragó saliva y juntó las manos sobre el regazo. En lugar de evitar su mirada, se la devolvió, aunque prefirió mantener los labios sellados. Tuvo que ser el camarero quien rompiera la tensión. El chico, de unos veinte años, enumeró los platos especiales del chef mientras Zara escogía de la carta su platillo. Edixon Salvatore era su cliente y la tradición mandaba que fuera ella quien se ocupara de la cuenta, aunque el restaurante se escapara del presupuesto. Al final, escogió el pez espada acompañado de una pequeña ensalada e hizo todo lo posible por ignorar los precios del menú. Lo cargaría a su tarjeta de crédito con la esperanza de poder cobrar el cheque del señor Salvatore antes de que le pasaran el cargo. —Dígame, Zara, ¿por qué cree que malgasto mis encantos con usted? —le preguntó Edixon cuando se quedaron a solas. Pronunció su nombre como la caricia suave y delicada de un amante. A Sam le pareció captar un leve dejo inglés, un acento que en realidad debería ser mucho más marcado en alguien con un título nobiliario como el suyo. —Estamos aquí para hablar de su futura boda con una de las tres mujeres que están a mi servicio —le recordó ella—. No sé de qué le sirve a usted emplear sus encantos conmigo. —¿Todo tiene que tener alguna utilidad? —En los negocios, sí. —Al menos así funcionaba en su mundo. —¿Y en su vida personal? Edixon se inclinó hacia delante y se le abrió la chaqueta. Fue entonces cuando Zara se dio cuenta de que no llevaba corbata. Los dos primeros botones de la camisa estaban desabrochados y dejaban al descubierto unos centímetros de piel bronceada en la que Zara no había reparado hasta ese momento. —No estamos aquí para hablar de mi vida privada. —Yo no estaría tan seguro de eso. El resumen que ha hecho esta mañana de mi vida me ha llevado a hacer algunas averiguaciones por mi cuenta. Zara se preparó para afrontar el juicio de Salvatore. Nunca intentaba ocultar su pasado, pero sabía que se arriesgaba a perder un cliente por culpa de los errores de su padre. —No es necesario cavar muy hondo para desenterrar mi pasado, señor Salvatore. —Creí que habíamos decidido que podía llamarme Esixon y, ya que estamos, ¿te parece que nos tuteemos? Nombres propios, tuteos y conversaciones sobre relaciones. Aquello no iba nada bien. Samantha tomó un buen trago de vino, deseando que fuera algo más fuerte. —Mi padre es un hombre horrible. Mi madre era una cobarde. Ninguno de los dos me representa a mí ni a mi modo de hacer negocios, Edixon. —No he dicho lo contrario. El tono de su propia voz a la defensiva y la mirada de compasión en los ojos de Edixon le sentaron como un tiro. —Ignoras los apellidos de las mujeres a propósito. ¿Por qué? Perfecto, otra vez de vuelta a los negocios.
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