Capitulo 8

1171 Palabras
—No soy la única cuyos padres han afectado negativamente en la opinión que la gente tiene de mí. Soy consciente de que la familia puede suponer un problema en cualquier relación, aunque se trate de una relación de negocios. Empezar solo con la información de ellas y no de su entorno ayuda a mantener la puerta abierta a todas las posibilidades. —¿Son todas niñas ricas que viven del dinero de papá o son hijas de estafadores convictos? —Nada más lejos de la realidad. Las tres han cortado los lazos familiares, al menos en el aspecto económico, y por eso buscan seguridad en lugar de amor. Edixon acarició el borde de su copa. Sam siguió sus movimientos con la mirada y por un instante se preguntó cómo sería sentir sus manos sobre la piel, acariciándole los brazos, recorriéndole los muslos. Notó que un calor intenso le subía por el cuello y tuvo que apartar la mirada. —Si insistes, puedo darte sus apellidos. Si va a influir en tu decisión, es mejor que lo sepas. —No es necesario. Ya he escogido a la mujer que quiero. Zara lo miró fijamente. De pronto apareció el camarero con las ensaladas y no tuvo más remedio que morderse la lengua y esperar a que terminara de sazonar los primeros con pimienta negra recién molida y rellenara las copas de vino. El suspense la estaba matando. ¿A quién habría escogido y por qué? ¿Cómo podía decidir con quién quería casarse sin ni siquiera haberlas conocido? Era demasiado arriesgado, incluso para un millonario como el que tenía delante. O quizá no. En realidad, ¿qué sabía ella de Edixon Salvatore? Que le gustaban las mujeres delgadas, con mucho pecho y las piernas largas. No había encontrado ni una sola foto de él sin una modelo de esas características colgando del brazo. De ahí que Zara hubiese escogido a las tres mujeres más guapas de su pequeña agenda negra —que en realidad era una libreta—. Aun así, ¿cómo había podido escoger basándose únicamente en unas fotografías? —¿No quieres conocerlas antes? De pronto, la idea de que fuera capaz de escoger esposa a partir de una imagen le pareció demasiado superficial, incluso para sus estándares. ¿Una cara bonita era suficiente para decantar las intenciones de un hombre? La respuesta era sí. Zqra sabía que Edixon Salvatore podía ser tan superficial como el que más, sin embargo, no podía evitar sentirse decepcionada al comprobarlo en primera persona. —¿A las chicas de las fotografías? Zara asintió, confundida. —Por supuesto, ¿a quién si no? —No. —Edixon cogió el tenedor y se lo llevó a la boca. ¿No? Mierda. Había decidido casarse con otra. De pronto, los pequeños símbolos de dólar que llevaba grabados en la retina desde el mismo día en que había oído hablar del duque por primera vez empezaron a desvanecerse lentamente —¿Has encontrado a otra dispuesta a casarse contigo? —No ha dicho que sí, al menos no de momento. —Edixon comió otro bocado, siempre controlando la situación y sin darle mayor importancia. Si él no pensaba utilizar sus servicios, ¿qué demonios hacía ella allí? —Entonces, ¿Alliance es una especie de plan B? —Quizá todavía no tenía intención de deshacerse de ella. Los hombres como Edixon Salvatore no hacían nada sin un motivo. —No exactamente. Zara dejó el tenedor sobre la mesa y lo miró fijamente. —Lo siento, señor Salvatore, pero hay algo que no entiendo. Esta misma mañana buscaba a una mujer dispuesta a firmar un acuerdo con el que satisfacer sus necesidades. ¿Ha cambiado algo en las últimas horas? ¿O es que no está satisfecho con las mujeres que le he presentado? Edixon dejó de fingir interés en la comida y puso las manos sobre la mesa a ambos lados del plato. —Tutéame, por favor. Las mujeres que has escogido son perfectas. Demasiado. Como sabes, no tengo demasiado tiempo para escoger esposa, por lo que conocer a cada una de esas adorables mujeres y tomar una decisión al respecto es un lujo que no puedo permitirme. —Metió la mano debajo de la mesa y sacó un maletín que Zara no había visto. Cogió una carpeta de su interior y la deslizó hacia ella por encima de la mesa. —¿Qué es esto? —El contrato que mi abogado y yo hemos redactado esta misma tarde. Zara se moría de ganas de abrir la carpeta, pero en lugar de hacerlo la cubrió con una mano. —¿Qué contrato? Los ojos grises de Zara no se apartaban de los suyos. —Te estoy ofreciendo un acuerdo de matrimonio. El corazón de Zara se desplomó en el interior de su pecho con un golpe seco. —Yo no estoy en el menú, señor Salvatore. Empujó la carpeta hacia Edixon, pero él cubrió su mano y la sujetó firmemente. El contacto desató la misma descarga de la primera vez, una corriente que se propagaba por su cuerpo hasta la punta de los pies y subía otra vez. Se le aceleró el corazón y sintió que el vello se le ponía de punta. Todo su cuerpo se estremecía y lo único que estaba en contacto entre los dos eran sus manos. —Todo el mundo tiene un precio, Zara. —Yo no. —Intentó retirar la mano, pero él le apretó los dedos para evitarlo. —Voy a crear un fondo fiduciario para ocuparme de Julio de por vida. Aunque te pasara algo a ti, Julio recibiría todos los cuidados necesarios. Zara abrió la boca y volvió a poner cara de pez, y es que una explosión no podría haberla sorprendido más. Edixon venía con los deberes hechos, sabía lo de su hermana y las necesidades especiales de esta. —Mi hermana solo tiene veintiún años y podría vivir hasta los cien. — Según los médicos, eso era poco probable, aunque tampoco existían indicios de que fuera a morir joven. —Y sus cuidados te cuestan ciento seis mil dólares al año. El gasto no hará más que subir. —Su mano se relajó, pero zara no retiró la suya. —¿Estás dispuesto a pagarme más de ocho millones de dólares a cambio de que sea tu esposa durante un año? —Más el veinte por ciento. Esos son tus honorarios, ¿no? Zara asintió lentamente y luego sacudió la cabeza. —¿Por qué yo? —¿Por qué no? —El pulgar de Edixon empezó a moverse por su mano, pero ella seguía demasiado impresionada como para moverse. —No soy tu tipo. —¿Mi tipo? —Alta, rubia, espectacular. Edixon soltó una carcajada que devolvió a Zara a la realidad. Aquello no era más que un trato, un acuerdo comercial, nada más ni nada menos. Edixon le había dado la vuelta a su mano y ahora le estaba acariciando la parte
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