interna de la muñeca, describiendo círculos lentamente. Bueno, quizá un contrato matrimonial era algo más que un acuerdo de negocios. Zara apartó la mano.
—¿En qué consistiría para ti este matrimonio?
—Tu vida no cambiaría en nada
—respondió Edixon, mientras se llevaba la copa de vino a los labios—. Una escapada rápida al juzgado, quizá a Las Vegas. Tendríamos que hacer algunas apariciones durante los primeros meses para satisfacer a los abogados que mi padre contrató antes de su muerte y también a mi primo, que sería el principal beneficiado si todo esto no funcionara. Yo paso la mitad de mi tiempo en América y la otra mitad aquí, en Malibú, así que no nos estorbaríamos el uno al otro.
—¿Y por qué no buscar esposa en América?
—Para minimizar la atención de la prensa de allí. En Estados Unidos no hay revistas del corazón dedicadas a reyes y reinas, duques y duquesas. Aquí la novedad de mi matrimonio se olvidaría pronto. Según las condiciones del testamento de su padre, Edixon tenía que estar casado y asentado antes de cumplir los treinta y seis años si quería heredar la fortuna familiar, además de conservar el título. Tras un largo debate, los abogados habían decidido que, cuando se cumpliera el primer año de matrimonio, el Estado renunciaría a la herencia y levantaría cualquier otra restricción legal que existiera. Al menos eso era lo que los contactos de Samantha en Londres le habían contado.
—¿Qué tipo de apariciones?
—Una pequeña recepción y unas cuantas apariciones en actos públicos. Tendrías que viajar a Londres conmigo para firmar con los abogados los papeles referentes a mi título. A nuestros títulos, vamos. Zara tragó saliva. Por un momento había olvidado que el hombre que tenía delante era duque.
—No tengo ni idea de cuáles son las atribuciones de una duquesa. Edixon cogió el tenedor y se dispuso a comer.
—Serías la primera, así que yo tampoco estoy muy seguro. Zara no pudo evitar que se le escapara la risa.
—Esto es una locura.
—Me sorprende que pienses eso. Para mí, el acuerdo tiene todo el sentido del mundo. El camarero volvió con los segundos y se marchó rápidamente.
Zara recordó el consejo que le había dado a Edixon ese mismo día: «Depende de su capacidad para controlar sus instintos más básicos, señor Salvatore». Quizá la había escogido porque con ella le resultaría más fácil permanecer lejos de su cama. Eso sí tenía sentido. Quizá había visto las fotografías de las candidatas y se había dado cuenta de que, tarde o temprano, acabaría acostándose con ellas.
—¿Qué ocurre?
—preguntó Edixon. Tenía que mejorar su cara de póquer cuanto antes.
—Nada. Es que... son muchas cosas de golpe. No me lo esperaba.
—Pero lo estás considerando.
—Sería estúpida si no lo hiciera.
—A mí no me pareces estúpida
—le dijo él, mientras se llevaba un trozo de carne a la boca. No, Zara Reyes no era estúpida.
—Mañana le echaré un vistazo al contrato.
—Excelente.
El avión alcanzó la altura de crucero y el piloto les comunicó que podían desabrocharse los cinturones de seguridad durante los cuarenta y cinco minutos que duraría el vuelo hasta Las Vegas. Zara apenas había abierto la boca desde que habían embarcado. Después de que Zara accediera a ser su esposa durante un año, Edixon había planeado un viaje relámpago a la Ciudad del Pecado que incluía una breve visita a una capilla. Estaba convencido de que una boda romántica en Las Vegas resultaría mucho más creíble ante los abogados de Motta y Motta que un viaje al juzgado. Edixon se desabrochó el cinturón de seguridad y se levantó del asiento del jet privado para coger una botella de champán. Cuando miró a su prometida, se dio cuenta de que Zara no dejaba de tocarse las manos. Qué curioso, pensó, él podía perderlo todo y, sin embargo, era ella la que no podía estar quieta.
—Toma, puede que esto te ayude.
—Le dio una copa de champán y se sentó frente a ella en una de las enormes butacas de piel del avión.
—¿Tan evidente es?
—Los nudillos blancos te delatan. Zara se bebió la mitad de la copa de un trago.
—Nunca he querido ser actriz.
—Pues seguro que muchos estudios estarían dispuestos a contratarte como dobladora por un dineral. Ella se encogió de hombros.
—Si me dieran un dólar por cada vez que he oído eso... Edixon estaba seguro de que era así.
—Tienes una voz increíble. Zara apartó la mirada y sus mejillas empezaron a teñirse de un ligero color rosado.
—Creo que esto del matrimonio funcionará mejor si no encontramos nada increíble en el otro. No es nada personal.
—Seguramente tienes razón, pero recuerda que hemos acordado ser sinceros el uno con el otro. Y tienes la voz más sensual que he escuchado en toda mi vida. Merecía la pena enseñar las cartas solo para ver cómo se removía incómoda ante el cumplido. A esas alturas ya estaba colorada como un tomate, lo cual era adorable. Sin apenas darse cuenta, Zara ya había vaciado la copa de champán por segunda vez.
—No sé si darte las gracias o pedirte que seas menos superficial.
—Ay.
—Eres tú quien pedía sinceridad. Edixon la observó mientras se quitaba los tacones con los pies y escondía las piernas bajo el asiento. Sus dedos empezaban a recuperar el color. No sabía muy bien cómo tomárselo, pero era evidente que meterse con él la ayudaba a sentirse más cómoda.
—La única persona que se atreve a llamarme superficial es Jose.
—¿Tu mejor amigo?
—Mi único amigo de verdad.
—¿En serio? Pensaba que alguien con tu fortuna tendría un séquito de amigos.
—El dinero atrae a la gente, no a los amigos
—respondió él.
—Amén a eso. Supongo que Jose sabe lo nuestro. Lo del acuerdo, quiero decir.
—Lo sabe.