—¿Y tus amigas? ¿También lo saben? Ahora le tocaba a él sentirse incómodo. Aunque su matrimonio iba a ser una farsa, se le hacía raro hablar de sus amantes con la que en breve se convertiría en su esposa.
—Contárselo a mis amigas, como tú las llamas, sería como llamar a la Inquisición y concederle una entrevista a doble página.
—Edixon apuró el champán y se levantó para rellenar de nuevo las copas.
—¿No confías en ellas?
—En esto no.
—¿Cómo lo hacéis los hombres?
—¿Qué hacemos?
—Acostaros con mujeres en las que no confiáis. —Samantha le dio las gracias por el champán y esta vez empezó a beber de su copa tomando pequeños sorbos.
—Se llama atracción.
—Se llama lujuria
—le corrigió ella, riéndose.
—Eso también. Esixon empezaba a sentir una agradable sensación de calidez por dentro. ¿Cuándo había hablado por última vez con una mujer sobre las motivaciones masculinas? Nunca. Y, para su sorpresa, le gustaba hacerlo.
—Entonces, ¿qué les has dicho a tus...? ¿Cómo llamas a las mujeres con las que te relacionas? ¿Amantes? Amante sonaba demasiado personal. —Todavía no les he dicho nada. Zara arqueó las cejas, perfectamente depiladas.
—Lo que daría por ver una de esas conversaciones por un agujerito. «Ah, cariño, por cierto, que me he casado este fin de semana pasado»
—se burló, incapaz de contener la risa.
—No creo que se lo diga así.
—No sabía muy bien cómo darles la noticia y, para ser sincero, tampoco es que hubiera pensado mucho en ello.
—Eres consciente de que te arriesgas a perderlas a ambas, ¿verdad?
—¿Cómo sabes que son dos?
—Edixon sacudió lentamente la cabeza y levantó una mano para detenerla—. Da igual. No recordaba tu trabajo intensivo de investigación sobre el tema. No tienes que preocuparte por ellas. Ni siquiera las conocerás. Zara se llevó una mano al pecho y sonrió.
—Superficial y un poquito iluso.
Dios, ya estaba otra vez metiéndose con él.
—¿Disculpa?
—Si tú y yo estuviéramos saliendo y de pronto tú te casaras con otra, me las ingeniaría como fuera para conocer a esa mujer a cuya altura, a juzgar por tus acciones, parece que yo no estoy. Y que conste que me odiaría a mí misma por hacerlo. Las mujeres son criaturas emocionales, señor Salvatore... Edixon. Por mucho que intentara deshacerme de esa peculiaridad de mi género, lo más probable es que no fuera capaz de controlar mis impulsos. Dudo bastante que Gloria y Rebeca...
—Rebeca
—la corrigió Edixon.
—Perdón, Gloria y Rebeca sean diferentes. ¿A cuál de las dos es más probable que le rompas el corazón? Lo de la sinceridad estaba yendo demasiado lejos. Aunque aquella especie de recorrido por su vida personal sirviese para aliviar los nervios de su prometida, Edixon no se sentía cómodo. Zara había subido los pies a la butaca y se mostraba relajada por primera vez desde que se conocían. Su sonrisa no parecía forzada y sus ojos verdes desprendían un brillo de picardía. Le hubiese gustado llevarla a ese estado de ánimo sin tener que hablar de las que hasta entonces habían sido sus amantes, porque ya no lo eran. Pensó por un momento en qué dirían Gloria y Rebeca cuando supieran lo de su boda. Gloria seguramente le daría un tortazo y se alejaría indignada. Rebeca no sería tan dramática, pero era demasiado arriesgado prolongar una relación con ella.
—Las dos saben de la existencia de la otra.
—Pero ¿cuál de las dos quiere más?
—No me puedo creer que mi futura esposa me esté preguntando esto.
—¿Cuál, Edixon? Zara era implacable.
—Glotia. Aunque dudo que quisiera verte cara a cara. Además, vive en Nueva York y solo viene a Paris muy poco.
—Sí, y Rebeca vive entre Nueva York y Australia. De pronto la voz del piloto anunció por los altavoces del avión que se acercaban al aeropuerto de Nevada.
—Veo que has hecho los deberes.
—Edixon volvió a su asiento, al lado de Zara.
—Siempre
—dijo ella, y parecía orgullosa de sí misma.
—¿Me avisarás si alguna de las dos se presenta en tu casa? Zara bajó los pies al suelo y se puso el cinturón de seguridad.
—Serás el primero en saberlo. El jet inició el descenso y Zara desvió la mirada hacia la ventana. Entre el champán y la conversación, ya no parecía una novia a la fuga. Edixon la cogió de la mano y sintió que se sobresaltaba.
—Deberías intentar controlar esas reacciones
—le sugirió. Zara clavó los ojos en sus dos manos entrelazadas y respiró profundamente.
—Lo intento. Edixon no retiró la mano y decidió repetir el ejercicio a menudo. ¿Se había sobresaltado porque le molestaba que la tocara o porque le gustaba? Quizá le gustaba y eso le molestaba. Pues tendría que acostumbrarse. Mientras el avión descendía sobre la pista de aterrizaje y las ruedas derrapaban sobre el asfalto, Esixon observó las distintas emociones que se iban alternando en el rostro de Zara . La sonrisa que hacía apenas unos minutos iluminaba sus labios, rosados y generosos, se había convertido en una línea recta. Con cualquier otra mujer, Edixon se habría acercado a ella y le habría hecho olvidar las preocupaciones con un beso. ¿A qué sabrían sus labios? Dulces como el champán, pensó. Imaginó aquella voz tan sensual susurrándole al oído, animándolo a no detenerse en un simple beso, y algo despertó bajo su vientre. Desvió la mirada y le apretó la mano con fuerza. Cuando el piloto anunció que ya podían desabrocharse los cinturones, Edixon se volvió hacia Zara.
—¿Lista para casarte? Ella movió la mano para poder entrelazar los dedos con los de Edixon.
—Por qué no. No tengo un plan mejor para hoy. Edixon echó la cabeza hacia atrás y se rió a carcajadas. Después de un breve trayecto en limusina hasta el hotel más nuevo de la ciudad, Zara se plantó frente al altar de la pequeña capilla, sujetando la mano de su futuro marido. Durante la ceremonia, ella le entregó la alianza que él mismo había preparado, pero cuando Edixon deslizó en su dedo un diamante enorme de cuatro quilates rodeado de zafiros, Zara no pudo reprimir una exclamación de sorpresa.
—Para mi duquesa
—le dijo. Hasta el cura abrió la boca al ver el anillo. En algún momento entre la limusina y el intercambio de alianzas, Zara cayó en la cuenta de que lo más probable era que, al final de la