ceremonia, Edixon la besara. ¿Por qué no habría de hacerlo? Los abogados podían interrogar al cura y a los testigos, por lo que a Edixon le interesaba que creyeran que estaban perdidamente enamorados y que se habían fugado. De modo que, en lugar de pensar en sus votos matrimoniales, unos votos que ninguno de los dos tenía intención de mantener, Sam no podía quitarse el beso de la cabeza. En la capilla empezaba a hacer calor y a Zara le sudaban las palmas de las manos. Repitió sus votos y escuchó como Edixon prometía renunciar a cualquier otra mujer. —... yo os declaro marido y mujer. Puede besar a la novia. Zara tragó saliva. Estaba segura de que el suelo se abriría bajo sus pies en cualquier momento y se la tragaría. Edixon, sin embargo, era la personificación del autocontrol. Pasó un brazo alrededor de su cintura y bajó la mirada hasta encontrarse con la suya. Sus hermosos ojos grises desprendían un brillo especial y en sus labios, tan perfectos, se dibujaba el principio de una sonrisa. Zara se pasó la lengua por los labios e intentó sonreír, pero se le hizo un nudo en el estómago en cuanto él empezó a acercarse. Edixon utilizó la mano que tenía libre para sujetarle la mejilla y se detuvo un segundo, dubitativo, sobre sus labios. Zara sintió la calidez de su aliento y dejó que su cuerpo se relajara. Y de pronto sus labios estaban allí, húmedos, firmes y absolutamente embriagadores. Sintió una descarga eléctrica en el cerebro que se extendió por todo su cuerpo. Aun con tacones, tuvo que ponerse de puntillas para devolverle el beso. El brazo de Edixon estrujaba su cuerpo contra el de él, sus pechos aplastaban el busto firme del que ya era su marido. Zara abrió la boca sorprendida y sintió que la lengua de Edixon se deslizaba entre sus labios. Fue entonces cuando se olvidó del cura, de los testigos, y se dejó llevar por el placer que Edixon Salvatore despertaba en lo más profundo de su cuerpo. Habían pasado siglos desde la última vez que la habían besado, y ninguno de aquellos besos podía compararse ni remotamente. Quizá era porque estaba conociendo una nueva faceta de él, o tal vez fuera el hombre en sí mismo, quién sabe. ¿Y si todos los duques besaban como aquel? Alguien carraspeó y Zara y Edixon se separaron. Un halo de confusión se había instalado en los ojos de él. ¿Era posible que Blak hubiera sentido aquel beso con la misma intensidad que ella? Zara pensó en las dos mujeres a las que su marido tendría que dar explicaciones y decidió que era imposible que el beso le hubiera afectado tanto como a ella. Edixon, su marido, era un jugador nato. A partir de ahora tendría que tenerlo siempre presente.
—Felicidades, señor y señora Salvatore. Si son tan amables de seguirme para firmar un par de papeles, podrán empezar su luna de miel enseguida.
—El cura los llevó desde la pequeña capilla hasta un despacho en el que Zara estampó su firma en el certificado oficial junto a la de Edixon. Y, sin más, se convirtió en una mujer casada. Edixon no estaba seguro de cómo había imaginado su noche de bodas, pero lo que sucedió la noche anterior no se le parecía en nada. A pesar de haber reservado una suite nupcial en un lujoso hotel y casino de Las Vegas, al final había acabado durmiendo en el sofá, oyendo a su esposa dar vueltas por la habitación hasta que se fue a dormir sobre la una de la madrugada. El recuerdo del beso aún le resultaba desconcertante. Había empezado como una pantomima, una muestra de afecto en público que, en caso de ser necesario, podría llegar a oídos de los abogados. Pero desde el momento en que Zara y él habían abandonado la capilla, solo podía pensar en repetirlo. La forma en que el rostro de Zara se había iluminado y su incapacidad para mirarle a los ojos eran pruebas irrefutables de que había sentido lo mismo que él. Mierda, no debería desear a su mujer, una esposa de conveniencia, la persona que le hacía sonreír a menudo y por quien se cuestionaba su filosofía de donjuán y sus pasatiempos superficiales. Ella misma le había aconsejado que controlara «sus instintos más básicos», o algo parecido. Tenía que alejarse de la señora Salvatore y hacerlo cuanto antes, o controlar sus instintos acabaría convirtiéndose en una tarea imposible. Edixon guardó la manta y la almohada que había utilizado la noche anterior y esperó a que la luz que entraba por las ventanas del dormitorio despertara a Zara. Ya había enviado una nota a la oficina de Londres sobre su boda «relámpago» con la mujer de la que se había enamorado «a primera vista». La noticia no tardaría en extenderse. Lo más probable era que tuviera que presentar a su esposa en sociedad al cabo de un par de semanas para convencer a todo el mundo de que aquella boda era sincera y real. Invertiría ese margen de tiempo en mantener su libido bajo control conunas buenas vallas. No le preocupaba lo que le pudiera pasar a su corazón, pero si rompía el de Zara se arriesgaba a perderlo todo. Y ese era un riesgo demasiado peligroso. Un suave golpe en la puerta lo alertó de que el servicio de habitaciones había llegado. Edixon abrió la puerta y le indicó al joven uniformado que esperaba tras ella que dejara el carrito en el centro de la estancia. El rico aroma del café despertó sus sentidos y le hizo la boca agua. Mientras el camarero le entregaba la cuenta, se abrió la puerta del dormitorio y apareció la figura aún medio dormida de su esposa, envuelta en una bata blanca.
—¿Huele a café?
—La voz de alcoba de Zara le atravesó el cuerpo sin previo aviso, arrancándole un gruñido. Incluso el chico del servicio de habitaciones olvidó lo que estaba haciendo y se volvió hacia ella.
—He pedido el desayuno.
—Qué bien, me muero de hambre.
—Zara atravesó la estancia descalza. Con cada paso, una pequeña abertura en la bata dejaba al descubierto sus delicadas piernas. Al camarero se le escurrió el platillo de la cuenta de entre las manos. Edixon se interpuso en su campo de visión para proteger la intimidad de Zara, y el chico, colorado como un tomate, recogió la cuenta y se la entregó. Edixonla firmó rápidamente y lo acompañó hasta la puerta. Antes de darse la vuelta, Edixon inspiró profundamente y se cuadró de hombros, aunque sabía que esta vez su fanfarronería habitual no le serviría para nada. En cuanto vio a Zara levantando con una mano las campanas plateadas que cubrían los platos, mientras con la otra se sujetaba la melena alborotada, sintió que el vello de la nuca se le ponía de punta. Aquella mujer era la viva imagen de la sensualidad. Sam cogió la jarra de café y llenó dos tazas.
—¿Cómo te gusta? Él cerró los ojos y apartó las imágenes de cuerpos desnudos de su mente pecaminosa.
—Solo. Se acercó a la mesa y ocupó una de las sillas. Zara le dio su taza en silencio y luego se puso azúcar en el café. Cuando el primer trago rozó sus labios, se apoyó en el respaldo de la silla y suspiró. Fue un sonido ronco, casi gutural, que envió una segunda onda expansiva contra la piel de