Edixon. Tenía que largarse de Las Vegas como fuera o ya podía ir olvidándose de sus intenciones de no acostarse con su esposa. Ajena al efecto que provocaba en él, Zara levantó las piernas y apoyó los pies en la silla que tenía delante. La bata se abrió, revelando una nueva porción de muslo. Fue como si el cuerpo de Edixon se vengara de él. La erección alcanzó niveles cercanos al dolor y tuvo que cambiar de posición sobre la silla para que Zara no se diera cuenta.
—¿Qué tal has dormido?
—le preguntó ella, sin molestarse en cubrir su piel del color del alabastro.
—Bien
—mintió Edixon, intentando con todas sus fuerzas apartar la mirada de sus piernas.
—¿En serio? Yo no he parado de dar vueltas. Esto del matrimonio me preocupa más de lo que pensaba. ¿Por qué no contarle que él sentía lo mismo? Claro que entonces parecería que no tenía la situación bajo control. Edixon tenía que manejar las riendas de su vida con mano de hierro, incluido su matrimonio.
—Seguro que acabarás acostumbrándote, sobre todo cuando yo me vaya a Paris. Zara se inclinó hacia delante y cogió una tostada.
—¿Cuándo te vas?
—Mañana.
—¿Mañana?
—repitió ella, aparentemente sorprendida.
—Te llevaré de vuelta a New York y te presentaré a Jose y a mi equipo antes de prepararlo todo para mi marcha. Zara mordisqueó la tostada.
—¿No parecerá sospechoso que te vayas tan pronto estando recién casado?
—Puede que sí, así que tendremos que esforzarnos para que todo parezca normal. Llamadas diarias, algo que demuestre que hablamos a menudo. Los abogados de mi padre no tienen escrúpulos. Cuando iba a la universidad, contrataron a varios detectives privados para que le informaran de mis fechorías. —¿Hasta ese extremo?
—Mi padre les ofrecía sobornos, sobornos muy lucrativos, por cada lío que descubrieran. Dudo que haya cambiado algo desde su muerte.
—Demomento, no tenía intención de ahondar más en la historia de su familia, así que preguntó—: ¿Tienes pasaporte?
—No desde que se lo quedaron los federales cuando tenía veinte años. No creo que tenga problemas para sacármelo otra vez. De todos modos, sería una buena excusa para explicar por qué no voy contigo. Lo dijo sonriendo, por fin despierta gracias a la primera taza de café del día. Edixon estaba convencido de que Samantha se había dado cuenta de la brusquedad con la que había cambiado de tema, pero prefería guardarse las preguntas para sí misma.
—Empezaré con el papeleo el lunes.
—Me parece bien.
—Ayer por la noche, mientras intentaba quedarme dormida, estuve pensando en si debería adoptar tu apellido o no. Muchas mujeres mantienen el suyo incluso después de casadas. Así sería más fácil.
—Se inclinó hacia delante y se sirvió una ración de huevos revueltos. A Edixon no le gustó como sonaba aquello. Tendría que preguntarle por sus motivos, aunque más adelante.
—Si nos hubiéramos casado por amor y no por conveniencia, ¿habrías adoptado mi apellido?
—Pero no ha sido así.
—¿Pero si lo hubiera sido? Zara bajó la mirada hasta el anillo de herencia familiar que Edixon le había puesto en el dedo el día anterior.
—Sí, seguramente sí. Edixon se terminó la taza de café con ánimo renovado tras haber conseguido la respuesta que buscaba.
—Pues entonces tendrás que cambiar de apellido. No quiero que nadie se haga preguntas innecesarias, sobre todo teniendo en cuenta que, para empezar, querrán saber por qué vivimos la mayor parte del año en continentes diferentes. Zara quería discutir pero se conformó con un suspiro.
—Seguramente tienes razón.
—Antes de irme, abriré una cuenta a tu nombre y te daré las llaves de mi casa.
—La imagen de Samantha paseándose por su dormitorio vestida únicamente con una bata blanca le arrancó una sonrisa.
—No hace falta.
—No estoy de acuerdo —dijo él, mientras se servía un plato de huevos, salchichas y tostadas—. No dejaré a mi esposa sin recursos.
—Como quieras, pero no los usaré. No necesito tu dinero, ya no, ahora que te has ocupado de Julio. Y tengo mi propia casa
—respondió ella, mientras masticaba la comida lentamente antes de tragársela.
—Todavía te debo el veinte por ciento. Utiliza el dinero de la cuenta, Zara. Es lo que haría mi esposa. Además, no quiero que la gente vaya diciendo que no te cuido. Ella dejó caer una mano sobre la mesa.
—No arruinaré tu imagen, Edixon.
—Sí lo harás si vas por ahí conduciendo un coche viejo y escatimando en gastos menores. No digo que te compres un yate, solo que no te vean en centros comerciales.
—Se imaginó a la prensa fotografiándola en un centro comercial y no pudo reprimir una mueca de disgusto.
—Eres consciente de lo clasista que suena eso, ¿verdad?
—Me da igual. Mis novias compraban en tiendas de diseñadores, así que mi esposa no puede ir vestida de rebajas.
—Edixon notó que Zara apretaba los dientes y se preparó para una discusión.
—¿Pasa algo malo con mi forma de vestir? Vaya por Dios... Acababa de meterse en un campo de minas y sin chaleco de plomo.
—Yo no he dicho eso.
—Sí, sí que lo has dicho. Edixon dejó el tenedor sobre la mesa.
—Sabes que tengo razón en esto. Zara apretó los labios, pero no le llevó la contraria.
—Vale.
—Bien.
—«He ganado.» Dios, ¿alguna vez había discutido con una mujer porque ella se negara a gastarse su dinero? Notó que se le escapaba una sonrisa. —¿Qué es tan divertido?
—A Zara le brillaban los ojos de pura ira contenida; era una visión maravillosa.
—Creo que acabamos de tener nuestra primera pelea de casados. Zara se relajó y sus hombros se empezaron a contraer de la risa.
—Creo que sí.
—Y he ganado yo
—puntualizó Edixon. Zara lo miró con los ojos encendidos.
—No esperes que se repita a menudo. No, murmuró él. No era tan tonto como para creer que siempre se saldría con la suya. Sin embargo, ganar aquel primer encontronazo había sido como echar un poco de nata montada en lo alto del pastel de bodas.