Capitulo 13

1394 Palabras
Veintiséis horas después de pronunciar el «Sí, quiero», la prensa descubrió a Zara y a Edixon desembarcando de su jet privado. Gracias a Dios, Zara había tenido la precaución de llevarse unas gafas de sol bien grandes consigo tras las que poder ocultar el estrés, que ya era evidente en sus ojos. Los periodistas no habían cambiado desde la detención de su padre. Les bloquearon el paso, tomaron fotografías de los dos y les hicieron todo tipo de preguntas. Edixon la guió hacia el exterior del aeropuerto con un brazo posesivo alrededor de su cintura. Con un poco de suerte, antes de que llegara el fin de semana muchos ya se habrían bajado del carro, llevándose los focos a otra parte. De no ser así, tendría que enfrentarse a los paparazzi ella sola. Edixon dijo unas palabras, más bien pocas, mientras avanzaban. Cosas como «el amor de mi vida» y «me hizo perder la cabeza». Parecía tan sincero. Si no estuviera al tanto del plan, Zara le habría creído sin pensárselo dos veces. En una ocasión, Edixon acercó los labios a su oreja y le susurró: «Será peor en Europa, así que saca a la esnob que llevas dentro y sonríe».Sin dejar de sonreír, Zara se apoyó en él para montarse en el asiento trasero del coche que les esperaba. La instantánea del momento apareció en los canales de televisión más importantes y en tres revistas del corazón. El amigo de Edixon, Jose, resultó ser toda una sorpresa. Con su pelo rubio y su apariencia de surfista era el extremo opuesto a su marido. Siempre bien vestido, era inteligente, pragmático y tenía un gran sentido del humor. Le dio a Zara su número de móvil y la animó a que lo usara si necesitaba cualquier cosa mientras Edixon estuviera fuera de la ciudad. Tal y como habían acordado, Edixon le entregó a Zara una copia de las llaves de su casa, que estaba en la zona más elevada de Paris y cuyas vistas sobre el mar eran espectaculares. La casa era enorme: mil metros cuadrados en una propiedad de cuatro hectáreas. El servicio incluía cocinera, asistenta y un equipo de jardineros para cuidar de la finca. Neil, el chófer de Edixon, se ocupaba del personal y vivía en la casa de invitados. Era tan corpulento que un equipo de fútbol americano al completo se sentiría intimidado a su lado. Edixon le contó que también hacía las veces de guardaespaldas. Tras desearle un feliz vuelo a su marido, Zara regresó a su adosado de alquiler sumida en sus pensamientos. El proceso de búsqueda de una esposa y su ejecución habían sido movimientos muy inteligentes por parte de Edixon. Ni siquiera una mujer fuerte como ella podía evitar volver la cabeza y mirar cuando una fortuna como la suya pasaba junto a ella. —No quiero ni saber cuánto cuestas —murmuró, admirando el anillo que brillaba en su dedo y haciéndolo girar. Tendría que devolverlo en cincuenta y cuatro semanas, pero hasta entonces disfrutaría de él. La voz de Maria gritó un «Sin comentarios» y luego se oyó un portazo. —Madre mía, ¿cuánto tiempo vamos a tener que aguantar esto? — Maria, más amiga que empleada, descolgó el bolso de su hombro y lo lanzó sobre la mesa de café. —Se irán en un par de días. —Pareces muy segura. —Lo he vivido antes. El divorcio atraerá todavía a más prensa. Maria lanzó sobre la mesa un periódico en cuya portada aparecían los rostros sonrientes de Zara y Edixon. —Sois muy convincentes. Zara sonrió. Se moría de ganas de que la prensa desapareciera, pero al mismo tiempo le gustaban las fotografías que les habían hecho. Al fin y al cabo, eran las únicas fotos que tenía de su boda. —No hacemos mala pareja. —¿Mala pareja? Si parecéis felices como dos tortolitos. —¿Las tórtolas tienen cara de felicidad? —se burló Zara. —No tengo ni idea. Qué pena no haberlo conocido cuando te trajo a casa. —Maria se desplomó en el sofá y apoyó sus largas piernas en la mesita. —En realidad no me trajo él. Fue su chófer. —¿Su chófer? —Maria tenía unos ojos color chocolate absolutamente increíbles, unos ojos que se abrieron como platos al preguntar. —Es rico. ¿Por qué conducir tú mismo cuando puedes pagar a alguien para que lo haga por ti? —Zara se rió y puso los ojos en blanco, esbozando su mejor mueca de esnob. —Vaya, vaya, usted perdone. —Pero su amiga se estaba riendo. El teléfono de la empresa sonó y Maria saltó del sofá para cogerlo. —Afrodita. Zara escuchó con una oreja mientras su amiga prestaba atención a la persona que le hablaba desde el otro lado de la línea. Lo cierto era que no quedaban tan mal el uno junto al otro, a pesar de que él le sacaba más de una cabeza. —Sin comentarios —dijo Maria—. No, no somos un servicio de señoritas de compañía... Le repito que no vamos a comentar nada al respecto. —Y con un suspiro de frustración, colgó el teléfono. —Debería habérmelo imaginado. —La prensa estaría dispuesta a reducir su negocio a añicos si con ello conseguía beneficios. —Quizá podríamos redactar un comunicado oficial. —Buena idea. Escribiré un primer borrador y se lo pasaré a Edixon. El teléfono sonó de nuevo; otro periodista en busca de respuestas. Media hora más tarde, Zqra y Maria ya se habían dado por vencidas y habían desconectado la línea de la empresa. Con un poco de suerte, pronto la noticia empezaría a perder fuelle. La publicidad podría atraer a nuevos clientes, siempre que Zara fuera capaz de mantener el anonimato, algo que no sucedería mientras toda la prensa del corazón del país estuviera instalada frente a la puerta de su casa. Por el momento, no le quedaba más remedio que posponer la búsqueda de nuevos clientes. —Esto es una locura —exclamó Eliza mientras corría las cortinas de la sala de estar. Un grupo de paparazzi había acampado en la calle y se las ingeniaba para colar los objetivos de las cámaras cada vez que una de ellas abría las cortinas. —Prepararé algo para cenar. No te importa quedarte esta noche, ¿verdad? —Maria había ocupado la habitación libre de la casa hasta que, seis meses antes, se había ido a vivir con su actual novio. —¿Esa es tu forma de pedirme que me quede? —Dios, sí. No quiero estar sola con esa gente en la calle. De todas formas, te seguirían hasta tu casa —respondió Zara. —Está bien, pero yo escojo la peli. Dime que tienes vino. —¿Alguna vez te he defraudado? Zara apagó las luces del porche y pasó el cerrojo de la puerta principal. Se pusieron cómodas, con pantalones de chándal y camiseta, y se acomodaron frente al televisor con unas porciones de pizza barata y una buena botella de shampam. —Tengo la sensación de que ya no haremos esto tan a menudo —dijo amaria entre bocado y bocado. —¿Por qué dices eso? —Zara estaba tomando algunas notas en una libreta, intentando dar forma al comunicado de prensa. —Ahora eres una mujer casada. —¿Y? Ambas sabían que solo era de cara a la galería. En aquel preciso instante, Edixon estaría durmiendo plácidamente en la cama de su avión privado y ni uno solo de sus pensamientos sería para ella. —Estás casada con un duque, Zara. ¿Tienes idea de lo fuerte que es eso? —Es solo un título, como «señor» o «doctor», solo que Edixon no ha tenido que trabajar para conseguirlo. —Heredó el título automáticamente de su padre cuando este murió, ¿verdad? —Maria se había sentado con los pies debajo del trasero y había colocado un bol de palomitas en el sofá, entre las dos. Zara asintió. —¿Pero necesitaba casarse para heredar las propiedades? —En la mayoría de los casos, el título y las propiedades van juntas y las recibe el primer hijo varón del duque y la duquesa, pero el padre de Edixon era un gilipollas de primera categoría. Dejó estipulado en su
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