Capitulo 14

1123 Palabras
testamento que las propiedades fueran divididas, disueltas a todos los efectos, si Edixon no sentaba la cabeza antes de cumplir treinta y seis años. Uno de sus primos recibiría una parte de las propiedades, la madre y la hermana tendrían una pequeña asignación y el resto se destinaría a causas benéficas. —Qué frialdad. ¿El padre no lo dejó todo arreglado para que su propia mujer pudiera quedarse en la casa que ha sido su hogar durante tantos años? —Supongo que no. Maria se inclinó hacia delante. —Qué imbécil. —Edixon dice que un título sin las propiedades asociadas es como un rey sin país. Lo de la realeza es que me deja alucinada. El móvil de Samantha vibró y en la pantalla apareció el nombre de Edixon. Una descarga de emoción le recorrió la espalda. —Hola. —Quería hablar contigo antes de que te fueras a la cama —dijo Edixon. Parecía cansado y el ruido de fondo le impedía escucharle con claridad. —Y yo que pensaba que estarías a veinte mil pies. ¿Dónde estás? —El vuelo se ha retrasado, estoy en Nueva York. Salimos de aquí en menos de una hora a Paris. El día para ellos había empezado muy temprano y no parecía que fuese a terminar pronto. Zara se sintió mal por él. —Oye, aquí la prensa se ha vuelto loca. He pensado que podríamos hacer circular un comunicado de prensa. Para quitármelos de encima — sugirió Zara. —¿Estás bien? No te estarán acosando, ¿no? —preguntó Edixon con una nota de preocupación en la voz. —No, estoy... —Me gustaría que te quedaras en mi casa. —Ya hemos hablado de esto. Estoy bien aquí. —De fondo se oyó el sonido de un megáfono anunciando vuelos—. ¿Qué te parece esto? «El señor y la señora Salvatore les ruegan que respeten su privacidad mientras se ajustan a los rápidos cambios que están experimentando sus vidas. Tanto su noviazgo como el posterior matrimonio han sido una sorpresa para ellos tanto como para el resto del mundo. En estos momentos se está organizando una recepción para presentar a la pareja y revelar los detalles de su matrimonio por amor.» —¿Matrimonio por amor? Fue lo único que Edixon cuestionó. —Eso suena cursi. Ya pensaré en otra cosa. Edixon se rió al otro lado del hilo. —La única otra cosa que tienes que cambiar son nuestros nombres. —¿Qué? —Sí —respondió él con voz entrecortada—. Tiene que poner lord y lady Salvatore, duque y condesa de Mirrot. Escucha, tengo que dejarte. Te llamaré por la mañana. Llama a Jose o a Nasly si necesitas algo. La línea quedó en silencio. Un pavor incontrolable se desplomó sobre ella como el telón de un teatro. —Oh, Dios mío... —¿Qué? —Eliza dejó de meterse palomitas en la boca a puñados y miró a Zara con los ojos abiertos de par en par. —Esto me sobrepasa. —¡Duquesa! Era duquesa de verdad. El peso del título le había bloqueado la capacidad para pensar con claridad. —No has utilizado las tarjetas de crédito. Esas fueron las primeras palabras que salieron de la boca de Edixon tres días más tarde. Zara estaba haciendo ejercicio por la playa con un manos libres con Bluetooth colgando de la oreja. La prensa había empezado a desaparecer de la puerta de su casa, pero las llamadas no cesaban. Finalmente había decidido darle a Maria unas vacaciones más que merecidas y escapar de su casa tan a menudo como le fuera posible. —Hola a ti también. —Redujo la marcha para poder hablar cómodamente. —Parece que te falta el aliento. ¿Qué estás haciendo? —Correr. —Vaya. —Parecía sorprendido—. ¿Qué es ese ruido? —El viento. Estoy en la playa. —Zara esquivó unas rocas y continuó su camino. —¿Es seguro? ¿Hay alguien contigo? Ella se rió. —Sí, es seguro, detective Samir, y no, no hay nadie conmigo. —Se burlaba de él, pero en el fondo le gustaba que se preocupara por ella. Zara no recordaba la última vez que a alguien se había preocupado por que ellaanduviera sola por la calle—. Seguro que no has llamado para saber los detalles de mi rutina de ejercicios. ¿Qué pasa? —Quería asegurarme de que has rellenado los impresos del pasaporte. —El martes me pasé seis horas en la comisaría. Cambio de nombre, pasaporte, el lote completo. Les pedí que se dieran prisa, pero dicen que tardará un mínimo de diez días laborables. Mientras corría, el pelo se le pegaba a la cara, húmedo por la fría brisa y la niebla de la mañana. Le encantaba aquella hora del día. Había algunos corredores y una docena de surfistas. Intentaba ir a la playa al menos una vez a la semana para correr. Los días que no podía, hacía una ruta por el vecindario. Lo cierto era que la zona por la que corría cada vez era menos fiable, así que a veces prefería coger el coche y buscar un recorrido más seguro o un parque. ¿Cómo sería correr en la playa frente a la casa de Edixon? —Diez días es demasiado. Haré un par de llamadas para que agilicen las cosas. —Ya les he insistido yo y solo he conseguido que el proceso se reduzca de un mes a diez días. Según dicen, no puede hacerse más rápido. —Respiraba entre jadeos, pero aun así no se detuvo. —Ya me ocupo yo —insistió Edixon, y a Zara aquella actitud tan decidida le pareció divertida. —¿Acaso alguien se atreve a decirle que no al gran y poderoso Edixon Salvatore? —se burló. —Solo tú. ¿Por qué no estás por ahí de compras? Te dije que fueras generosa. —Había algo que no le hacía feliz, podía notarlo en su voz. —Deja que lo adivine. Has visto una foto de mí en las revistas con unos pantalones viejos y una camiseta. Por un momento, Edixon vaciló. —Es eso, ¿no? —Zara rompió a reír y tuvo que dejar de correr para recuperar el aliento—. Vamos, Edixon, déjalo ya. —Ve de compras, Zara. La recepción congregará a altos dignatarios y a varias familias muy influyentes. Iremos al teatro, a ver partidos de polo... Lo que te apetezca . —¿Mis tejanos cortados no sirven? —preguntó ella, a punto de llorar de la risa. —Hasta yo he visto Mujer Bonita. ¡Ve de compras!
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