La mano de Edixon le acarició la mejilla.
—Quizá unas caricias subidas de tono. Seguro que en la habitación hay algún punto donde escondernos de las cámaras. Que la persona que esté viendo las imágenes se imagine el resto. Samantha se preguntaba cómo sería estar entre sus brazos. Había pensado en la posibilidad de volver a besarlo desde el día de la boda.
—¿Y qué demostraríamos con eso?
—preguntó, ignorando el pulgar de Edixon, que le acariciaba la mejilla y evocaba imágenes eróticas de sus manos sobre otras partes de su cuerpo.
—Demostraría que hay intimidad entre nosotros, que disfrutamos el uno del otro lejos de las miradas de la gente. Mientras crean que no sabemos nada de las cámaras, estoy seguro de que funcionará. ¿Qué me dices, Zara? ¿Aceptas el reto? Ella apartó los ojos de sus labios y descubrió que la estaba mirando. Sabía cómo enrolarla en su causa y prepararla para la batalla.
—Cuenta conmigo. La suave curva en los labios de Edixon se convirtió en una sonrisa de oreja a oreja.
—Esa es mi chica. Ahora, ¿por qué no le pides a la cocinera que te prepare el desayuno mientras yo intento recuperar un par de horas de sueño? Cuando me levante haremos una escapada a tu casa. Así mis hombres dispondrán del tiempo necesario para encontrar los micrófonos. Apoyó una mano en la cama y se levantó de un salto.
—Edixon, ¿y qué pasará mañana? ¿Y pasado? ¿Cómo vamos a mantener esto durante todo un año?
—Día a día, preciosa. Somos dos personas inteligentes con un mismo objetivo. Ya se nos ocurrirá algo.
Había cámaras en la sala de estar, en la cocina y en los dos dormitorios. Ya sabían lo de la línea telefónica. Según los hombres de Edixon, el coche estaba limpio. Pero, ¡maldita sea!, alguien la había estado espiando mientras se vestía o mientras dormía. Zara le contó a Edixon la conversación que había tenido con Maria, las únicas palabras que habían salido de su boca que podrían esconder una pista sobre la falsedad de su matrimonio. Seguramente los tipos que se hacían pasar por técnicos de telefonía habían sido los responsables de instalar las cámaras. O quizá alguien se había colado mientras ella salía a correr. Después de eso, todas las conversaciones habían sido por teléfono y normalmente fuera de casa. Tampoco es que importara mucho. Solo habían hablado de la recepción y de la gente que conocería allí. Lo cierto es que hablaban como lo haría una pareja de ancianos, lo cual era sorprendente teniendo en cuenta que apenas se conocían. Edixon condujo su coche mientras Sam, sentada a su lado, le indicaba el camino hacia su casa.
A medida que se iban acercando, la realidad de lo que estaban haciendo se extendió por todo el cuerpo de Zara.
—No paras de mover las manos
—le dijo Edixon—. ¿Hay algo que no te parezca bien?
—¿Sinceramente?
—preguntó ella, a pesar de que conocía la respuesta.
—Siempre.
—Besarte. Él la miró un instante a través de los cristales de las gafas y rápidamente fijó los ojos de nuevo en la carretera.
—¿No te parece bien besarme?
—No
—respondió Samantha sin pensar—. Es decir, sí. A Edixon se le escapó la risa.
—¿En qué quedamos?
—Ejem. ¿Y si me quedo atascada? ¿Y si no parezco convincente?
— ¿Y si metía la pata y le daba a la cámara exactamente lo que aquella gente buscaba y Blake perdía la herencia? Edixon levantó una mano del volante y cubrió con ella las de Zara, que estaban heladas.
—¿Zara?
—Sí.
—Relájate. Deja que me ocupe de todo. Ella sacudió la cabeza.
—No estoy acostumbrada a que los hombres tomen el mando de mi vida.
—Lo sé. Pero puedes confiar en mí. Y Zara quería hacerlo, pero cuando se detuvieron frente a su casa le temblaban las manos. Edixon sacó la llave del contacto y se volvió hacia ella.
—Entremos y empecemos a recoger tus cosas.
—¿Vas a besarme en cuanto entremos?
—Dios, tenía que saberlo para estar preparada. Edixon se inclinó hacia ella y se quitó las gafas de sol.
—Ven aquí
—le susurró, sin apartar la mirada de sus labios. Ella se acercó, creyendo que querría susurrarle algo importante. En vez de eso, Edixon se inclinó hacia su asiento y posó suavemente sus labios en los de ella. El calor fue instantáneo, una corriente que se extendió por su cuerpo hasta los dedos de los pies. Cerró los ojos y se dejó llevar hasta que de repente él se retiró.
—Besarnos será la parte más sencilla
—le dijo Edixon a escasos centímetros de sus labios—. Separarnos será lo difícil. Edixon deslizó el pulgar por el labio inferior de ella antes de darse la vuelta y abrir la puerta. Zara bajó del coche. Le temblaban las piernas y tuvo que apoyarse en el brazo de Edixon para mantenerse erguida. Él observó el edificio durante unos segundos con una profunda mirada de desaprobación.
—El barrio no parece seguro. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?
—Tres años
—respondió ella mientras introducía la llave en la cerradura y abría la puerta. Entraron en el recibidor y Zara dejó el bolso sobre la mesa.
—Tengo algunas cajas en una caseta, en la parte de atrás.
—Yo traeré las del coche. Mientras se alejaban en direcciones opuestas, Zara no pudo evitar que sus ojos se detuvieran durante un segundo en la cámara que sabía que se escondía entre los libros de una estantería. Pasó frente a ella, se dirigió hacia la caseta por la puerta trasera de la cocina y regresó con un puñado de cajas polvorientas de distintos tamaños. Las dejó sobre la mesita de la sala de estar y miró a su alrededor. Edixon volvió del coche con media docena de cajas más sin montar y un rollo de cinta de embalar.
—¿Por qué no usamos esas que están limpias para la ropa?
—sugirió Zara.
—Me parece bien
—respondió él, mirando hacia lo alto de la escalera. Zara se dirigió al dormitorio e indicó a Edixon que dejara las cajas sobre la cama para luego montarlas una a una. Con un poco de cinta de embalar, pronto estuvieron listas para ser utilizadas.
—¿Por dónde quieres que empiece?
—preguntó Edixon.
—Por el armario. Tras unos primeros minutos guardando cosas en las cajas, Zara se olvidó de las cámaras y se puso manos a la obra con la ropa de la cómoda. Buscó una goma de pelo sencilla y se recogió la melena para que no le molestara.
—¿Debería preocuparme por todos estos zapatos que hay aquí?
— preguntó Edixon desde el armario.