Capitulo 19

1075 Palabras
que compartió sus pensamientos más profundos con su profesor de comercio. En lo más remoto de su mente, Zara sabía que estaba soñando. Sabía hacia dónde se dirigía el sueño e intentó detenerlo por todos los medios. Una imagen del dormitorio de su infancia cruzó su mente. Una conversación cándida con un amigo en quien confiaba. Su madre, aún con vida, diciéndole que tuviera cuidado con lo que decía. Julio, con un sujetador de deporte, riéndose de algo que Spaik, el perro de la familia, hacía. Todas esas instantáneas mezcladas formaban un ovillo en el pecho de Zara. Dos hombres vestidos de n***o y con una placa en la mano se la llevaban de clase para interrogarla, solo que en lugar de preguntarle dónde estaba su padre o qué estaba haciendo, le preguntaban por Edixon. —Lo que está haciendo es ilegal, Zara. Miles de personas sufren por su culpa. ¡No! Se enfrentó al sueño, deseando que las imágenes cambiaran. Pero no se detuvieron y el miedo se adentró en su corazón. Zara se incorporó de un salto respirando entre jadeos y con el corazón latiendo desbocado. En una décima de segundo, Edixon se levantó de la silla en la que estaba durmiendo y corrió a su lado. —Zara, ¿estás bien? —le preguntó, mientras la sujetaba por los brazos para calmarla. Ella asintió, intentando recuperar el aliento. —Una pesadilla. —Estás temblando. —Sin saber qué decir, rodeó su cuerpo con los brazos y la atrajo hacia su pecho. Apartarse seguramente habría sido lo mejor, pero Zara se había quedado sin energía. Respiró el profundo aroma a masculinidad con unas notas de pino, que siempre seguía a Edixon por dondequiera que fuese. Desde tan cerca era mucho más intenso, más poderoso. Zara se apoyó en él y cerró los ojos. Él le frotó la espalda y le acarició el pelo. —No pasa nada —le susurró. La fuerza del sueño le había dejado una mella imborrable en el corazón. Los recuerdos de su madre aún viva, de su hermana sana. Todo había desaparecido. Y era culpa suya. Edixon siguió abrazándola durante horas, o eso le pareció a él. Cuando finalmente Zara retiró la cabeza de su pecho, se dio cuenta de que él iba vestido con una camisa de vestir y unos pantalones de pinzas. Lucía una barba incipiente y su mirada destilaba preocupación. A pesar de su atractivo, esta vez parecía cansado. —Ya estoy mejor —le dijo. Se había apartado de él, pero Edixon no la soltaba y le acariciaba la línea de los brazos antes de entrelazar los dedos con los suyos. Una poderosa sensación de pertenencia, de saberse anclada a alguien, se apoderó de ella. Los ojos de Edixon se movían por su cara como si buscaran signos físicos de agresión. Su preocupación por ella la dejó sin respiración y la atracción que hasta entonces había sentido creció de pronto en su interior. Se sentía vulnerable, pero sabía que lo mejor era no tontear con él ni recordarle que estaban en su cama y que ella solo llevaba un camisón ligero. Para romper el contacto visual, Edixon miró hacia el otro extremo del dormitorio. —¿Estabas durmiendo en esa silla? —Solo quería ver cómo estabas. Debo de haberme quedado dormido. Pero sus zapatos descansaban junto a la silla y el abrigo sobre el respaldo. —¿Qué vamos a hacer? Alguien está tomando medidas desesperadas para descubrir nuestra mentira. —Han ido demasiado lejos —dijo Edixon, y sus manos se tensaron sobre las de ella. Zara le devolvió el apretón. —¿Y qué hacemos ahora? Irme de casa no mantendrá alejado por mucho tiempo al que esté detrás de todo esto. Los federales vigilaron nuestra casa durante más de un año mientras investigaban el caso. No tenemos forma de saber si alguien nos vigila o nos escucha a todas horas. —La posibilidad de tener que pasarse un año esquivando cámaras y micrófonos ocultos le provocaba dolor de cabeza. —Descubriré quién ha hecho esto. Que yo sepa, sigue siendo ilegal colarse en casa de alguien para grabar su vida. —Puede que sea ilegal, pero eso no los detendrá. Tenemos que convencerlos de que están perdiendo el tiempo. De lo contrario, en algún sitio, cuando menos lo esperamos, alguno de los dos meterá la pata y se leescapará que este matrimonio es algo temporal. Tú perderás tu herencia y será por culpa mía. Edixon entornó los ojos e inclinó la cabeza. —¿Por qué culpa tuya? Los dos dijimos «Sí, quiero» por los motivos equivocados. Zara temía que pudiera intuir los pecados del pasado en sus ojos, así que retiró las manos de las de Edixon y se llevó las rodillas al pecho. —Tal vez no sea todo culpa mía... —dijo, con la mirada perdida a lo lejos. Edixon se interpuso en su campo de visión y apoyó una mano en su rodilla. El calor que desprendía su piel subió por la pierna de Zara hasta que toda su atención se concentró en su marido, el hombre que estaba sentado junto a ella —Ahora que conocemos las normas del juego, tenemos que ganar utilizando sus términos. Usaremos las cámaras para demostrarles lo equivocados que están. —¿Y cómo sugieres que hagamos eso? Edixon disimuló una sonrisa. La preocupación había empezado a desvanecerse en los ojos de Zara. —Iremos los dos a tu casa a recoger tus cosas. Antes enviaré a un equipo para que averigüe si hay más cámaras escondidas. —¿No será demasiado evidente? —¿Fue evidente cuando ellos se colaron en tu casa para instalarlas? Zara llevaba toda la noche pensando en ello. Los tipos de la compañía de teléfono eran los únicos que habían entrado en su casa desde que Edixon y ella se habían casado. —No. —Encontraremos las cámaras y actuaremos para ellos. —¿Actuaremos para ellos? —repitió ella, sintiendo que se le aceleraba el pulso. Edixon le cogió un mechón de pelo y lo sujetó detrás de su oreja. El contacto de sus dedos sobre la piel levantó chispas, una corriente eléctrica que también él sintió. Podía verlo en sus hermosos ojos grises. —¿Tan duro te resultaría volver a besarme? ¿Para la cámara? Zara se humedeció los labios sin dejar de mirarle fijamente mientras hablaba. —¿Un beso?
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