—Echo de menos el olor a lavanda de tu piel. Voy a hacer que los jardineros planten lavanda para que, cada vez que pase por allí, me acuerde de ti. —¿De dónde había salido eso? ¿Y desde cuándo era un poeta? El teléfono permaneció en silencio unos segundos.
—¿Zara? ¿Sigues ahí?
—Miró la pantalla del móvil para comprobar si le había enviado otro mensaje, pero no era así.
—Sigo aquí. Es que... necesito tenerte cerca. Tal vez debería mudarme a tu casa de Paris. Edixon sonrió.
—Me alegro de que al fin estés de acuerdo.
—Todo ha pasado tan deprisa. Pensé que lo mejor sería hacer las cosas poco a poco. Ahora me parece una tontería.
—Eres una mujer independiente y lo entiendo, pero pasaremos parte del tiempo en Europa y parte allí. Lo mejor para ti sería que te sintieras cómoda en ambos lugares. Así al menos sabré dónde estás cuando estemos separados.
—Lo curioso era que hasta la última palabra de lo que acababa de decir era verdad. Sin embargo, si no hubiera otro par de orejas escuchando la conversación, probablemente nunca le habría dicho nada.
—Eres... ¡Mierda!
—La palabrota salió despedida de su boca con la fuerza de una explosión. Edixon sintió que el vello de la nuca se le ponía de punta.
—¿Qué pasa?
—Me he dado un golpe en el dedo gordo.
—Parecía cabreada, pero no herida. El móvil volvió a vibrar. «He encontrado una cámara.»
—¿Qué haces?
—preguntó Edixon. Se puso en pie y empezó a pasear por la habitación.
—Estoy escogiendo unos libros para llevármelos a tu casa. ¿A qué hora llegas el domingo?
—Si no hubiese estado atento, no habría percibido el temblor en la voz de Zara. Buscó el teléfono de Nasli en la agenda del móvil y le mandó un mensaje urgente. «¡Encuentra a Zara ahora mismo! Te llamo en unos minutos.»
—Voy a reorganizar mis planes para coger el avión antes.
—Antes significaba esa misma noche.
—No hace falta
—dijo ella.
—No estoy de acuerdo. Llevamos demasiado tiempo separados.
—Y era totalmente cierto, aunque lo hubieran acordado por contrato.
Zara suspiró.
—Hoy no vas a conseguir que discuta contigo..
—Te llamo luego.
—No hagas ninguna tontería
—le dijo Zara—. Estoy bien. Pero Edixon no lo estaba. Alguien espiaba a su esposa, escuchaba sus conversaciones, la observaba. Y eso, para alguien cuyo objetivo era pillarlos en una mentira, suponía llevar las cosas demasiado lejos.
—Estaré ahí por la mañana.
—Te espero con los brazos abiertos. Edixon sonrió y colgó el teléfono. «Coge lo que necesites para hoy y mañana. Nasly está de camino.» Edixon llamó a su guardaespaldas y le explicó la situación. La siguiente llamada fue al piloto de su avión privado. Frustrado, se pasó las manos por el pelo una y otra vez mientras ultimaba los preparativos antes de marcharse. De pronto, su matrimonio a distancia estaba en peligro. Su cerebro zumbaba con una urgencia que le hacía golpear repetidamente el suelo con el pie o frotarse las manos como si quisiera rodear con ellas el cuello de alguien. ¿Sería su primo capaz de arrastrarse a ese nivel? ¿O estaba Gloria tan ofendida que quería vengarse a cualquier precio? Tampoco podía eliminar a Miguel y Juan de la corta lista de sospechosos porque, en caso de que pudieran descubrir el fraude, ganarían una cantidad considerable de dinero. Veinte minutos más tarde, mientras se dirigía hacia el aeropuerto, recibió una llamada.
—¿Zara?
—Sí, soy yo.
—Parecía agotada, exhausta—. Estoy en tu casa. —Entonces podemos hablar. El sistema de alarma detecta la presencia de micrófonos. ¿Cómo lo llevas? Zara suspiró.
—Estoy cabreada. Pensaba que los días de teléfonos pinchados y cámaras ocultas estaban más que superados. ¿Quién está dispuesto a llegar tan lejos, Edixon?
—Llevo haciéndome esa misma pregunta desde que me has llamado. Tengo a mi equipo trabajando en ello. Lo averiguaremos.
—Si hay algo en lo que pueda ayudar dímelo. Quienquiera que sea el responsable tiene en mí a una enemiga.
La chispa que transmitía su voz era mejor que el tono derrotado de hacía un momento. Su mujer era capaz de convertirse en un volcán cuando la acorralaban.
—Llegaré de madrugada. ¿Qué dormitorio has escogido?
—Ah, vaya, no... no estaba segura de quién sabe lo nuestro por aquí, así que le pedí a Neil que pusiera mis cosas en tu suite
—balbuceó Zara—. Puedo mudarme a otro dormitorio si quieres. Edixon imaginó su cabeza sobre la almohada, los ojos cerrándose lentamente entre las sábanas de su cama.
—No te cambies. Tienes razón. Confío en mi personal, pero no creo que debamos avisarlos.
—¿Estás seguro?
—Volvía a parecer vulnerable. El deseo de tenerla entre sus brazos y rodearla con todas sus fuerzas era tan poderoso que casi resultaba doloroso.
—Por favor. Insisto. A esas alturas ya sabía que lo mejor era no exigir. Zara cogía sus órdenes y se las tiraba a la cara siempre que tenía ocasión. Preguntar educadamente era algo nuevo para él, pero iba mejorando la técnica con el paso de los días.
—Está bien. Nos vemos por la mañana. Colgó y empezó a dar golpecitos con el dedo en el teléfono. La imagen de Zara enroscada en posición fetal en su cama, con los ojos abiertos de par en par por culpa del miedo, se le antojaba asfixiante. Hundió las uñas en las palmas de sus manos. Quienquiera que fuese el responsable de aquello, había cometido un error imperdonable. Aplastaría sin miramientos a la persona capaz de violar la privacidad de su esposa hasta esos extremos. Paparazzi en la vía pública, alguien escuchando una conversación ajena en la cola de una tienda, vale, pero ¿esto? ¿Y si también había una cámara en su dormitorio? ¿Y si alguien la había observado mientras se vestía, mientras se duchaba? No era de extrañar que Samantha pareciera asustada. Cuanto más pensaba en ello, más le costaba mantener la cabeza fría. A medio camino entre el recuerdo y el sueño, el cerebro somnoliento de Zara filtraba imágenes de sí misma caminando por el campus, con una mochila colgando del hombro. Alguien la seguía. No era la primera vez que veía a aquel hombre, pero no conseguía situar su cara. El pánico insuperable había empezado el día en