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ceniza sobre el vientre de la tierra

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1. El último suspiro de la llanura grisEl aire no era aire, era una lija invisible que desgarraba la garganta con cada inhalación. Arturo se ajustó la máscara de neopreno, sintiendo el sudor rancio acumulado en los bordes de la goma. A través del visor rayado, el mundo era una acuarela de grises y marrones, una llanura infinita donde los esqueletos de los árboles parecían dedos suplicantes que intentaban alcanzar un sol que ya no brillaba. El cielo, cubierto por una capa perpetua de nubarrones químicos, tenía el color del plomo fundido. Dentro del búnker, el sonido del purificador era un latido asmático que llenaba el silencio. Arturo bajó los escalones de hormigón, cargando un fardo de chatarra que esperaba canjear por filtros. Clara lo esperaba junto a la mesa de metal, limpiando meticulosamente una pequeña lata de conservas, un tesoro que valía más que el oro en ese nuevo orden de miseria.«¿Has encontrado algo viable?», preguntó ella sin levantar la vista. voz era áspera, marcada por años de respirar el residuo de caída de la civilización.Arturo negó con la cabeza y dejó caer el fardo. El metal chocó contra el suelo con un estruendo seco. «Solo más plástico quemado y cables sin cobre. El vertedero del sector cuatro está seco. Los recolectores de Bruno pasaron por allí ayer. No dejaron ni los tornillos».Dina, sentada en un rincón sobre un colchón deshilachado, no participaba en la conversación. Tenía los ojos cerrados y las manos apoyadas sobre sus rodillas. A sus diecinueve años, su rostro conservaba una suavidad que parecía un insulto a la brutalidad del entorno. De repente, sus dedos empezaron a temblar. No era un espasmo de frío, sino algo rítmico, una vibración que parecía nacer del mismo suelo. «Está ocurriendo otra vez», susurró Clara, dejando la lata de lado. Se acercó a su hija con precaución, como si temiera romper un hilo invisible. Arturo sintió una punzada de irritación mezclada con miedo. Las visiones de Dina habían comenzado hacía meses, coincidiendo con el colapso total de los acuíferos de la zona. Al principio eran solo pesadillas, pero ahora eran trances profundos que la dejaban exhausta. Para un ingeniero práctico como él, aquellas manifestaciones eran un síntoma de desnutrición o de la toxicidad del ambiente, no una señal mística. Sin embargo, no podía negar que la chica a veces sabía cosas que no debería.. Un golpe seco resonó en la escotilla de acero. Luego otro. Los saqueadores no usaron explosivos, no querían dañar lo que pudiera haber dentro. Usaban palancas y fuerza bruta. Arturo sabía que la cerradura no aguantaría mucho tiempo. Miró a su familia. Clara ya tenía su mochila de emergencia al hombro y sostenía a Dina, que seguía en su trance.«Tenemos que usar el túnel de servicio», dijo Clara. «Si entran, nos matarán por la comida».«El túnel está colapsado a mitad de camino», recordó Arturo.«Entonces cavaremos con las manos si es necesario», replicó ella con una determinación que no admitía réplicas.Los golpes en la escotilla se intensificaron. Se escucha el sonido de un soplete. El calor empezó a irradiar desde el techo. Arturo disparó una ráfaga de advertencia a través de los orificios de ventilación, pero solo recibió risas distorsionadas por los megáfonos de las máscaras.«¡Salgan, ratas!», gritó una voz ronca desde fuera. «Solo queremos el agua y los filtros. Si cooperan, quizás les dejemos las vidas».Arturo sabía que era mentira. En este mundo, la misericordia era una debilidad que nadie podía permitirse. Hizo una seña a Clara para que se moviera hacia el fondo del búnker. Mientras ella arrastraba a Dina, él colocó una pequeña carga de pólvora casera en el mecanismo de la puerta. No para detenerlos, sino para ganar tiempo. El estallido fue sordo, contenido por el espesor del acero. El humo n***o llenó la estancia, mezclándose con el aire ya de por sí viciado. Arturo corrió hacia el túnel, empujando a su familia hacia la estrecha abertura. Se arrastraron por el conducto de hormigón,

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El último suspiro de la llanura gris
El aire no era aire, era una lija invisible que desgarraba la garganta con cada inhalación. Arturo se ajustó la máscara de neopreno, sintiendo el sudor rancio acumulado en los bordes de la goma. A través del visor rayado, el mundo era una acuarela de grises y marrones, una llanura infinita donde los esqueletos de los árboles parecían dedos suplicantes que intentaban alcanzar un sol que ya no brillaba. El cielo, cubierto por una capa perpetua de nubarrones químicos, tenía el color del plomo fundido. Dentro del búnker, el sonido del purificador era un latido asmático que llenaba el silencio. Arturo bajó los escalones de hormigón, cargando un fardo de chatarra que esperaba canjear por filtros. Clara lo esperaba junto a la mesa de metal, limpiando meticulosamente una pequeña lata de conservas, un tesoro que valía más que el oro en ese nuevo orden de miseria. «¿Has encontrado algo viable?», preguntó ella sin levantar la vista. voz era áspera, marcada por años de respirar el residuo de caída de la civilización. Arturo negó con la cabeza y dejó caer el fardo. El metal chocó contra el suelo con un estruendo seco. «Solo más plástico quemado y cables sin cobre. El vertedero del sector cuatro está seco. Los recolectores de Bruno pasaron por allí ayer. No dejaron ni los tornillos». Dina, sentada en un rincón sobre un colchón deshilachado, no participaba en la conversación. Tenía los ojos cerrados y las manos apoyadas sobre sus rodillas. A sus diecinueve años, su rostro conservaba una suavidad que parecía un insulto a la brutalidad del entorno. De repente, sus dedos empezaron a temblar. No era un espasmo de frío, sino algo rítmico, una vibración que parecía nacer del mismo suelo. «Está ocurriendo otra vez», susurró Clara, dejando la lata de lado. Se acercó a su hija con precaución, como si temiera romper un hilo invisible. Arturo sintió una punzada de irritación mezclada con miedo. Las visiones de Dina habían comenzado hacía meses, coincidiendo con el colapso total de los acuíferos de la zona. Al principio eran solo pesadillas, pero ahora eran trances profundos que la dejaban exhausta. Para un ingeniero práctico como él, aquellas manifestaciones eran un síntoma de desnutrición o de la toxicidad del ambiente, no una señal mística. Sin embargo, no podía negar que la chica a veces sabía cosas que no debería. . Un golpe seco resonó en la escotilla de acero. Luego otro. Los saqueadores no usaron explosivos, no querían dañar lo que pudiera haber dentro. Usaban palancas y fuerza bruta. Arturo sabía que la cerradura no aguantaría mucho tiempo. Miró a su familia. Clara ya tenía su mochila de emergencia al hombro y sostenía a Dina, que seguía en su trance. «Tenemos que usar el túnel de servicio», dijo Clara. «Si entran, nos matarán por la comida». «El túnel está colapsado a mitad de camino», recordó Arturo. «Entonces cavaremos con las manos si es necesario», replicó ella con una determinación que no admitía réplicas. Los golpes en la escotilla se intensificaron. Se escucha el sonido de un soplete. El calor empezó a irradiar desde el techo. Arturo disparó una ráfaga de advertencia a través de los orificios de ventilación, pero solo recibió risas distorsionadas por los megáfonos de las máscaras. «¡Salgan, ratas!», gritó una voz ronca desde fuera. «Solo queremos el agua y los filtros. Si cooperan, quizás les dejemos las vidas». Arturo sabía que era mentira. En este mundo, la misericordia era una debilidad que nadie podía permitirse. Hizo una seña a Clara para que se moviera hacia el fondo del búnker. Mientras ella arrastraba a Dina, él colocó una pequeña carga de pólvora casera en el mecanismo de la puerta. No para detenerlos, sino para ganar tiempo. El estallido fue sordo, contenido por el espesor del acero. El humo n***o llenó la estancia, mezclándose con el aire ya de por sí viciado. Arturo corrió hacia el túnel, empujando a su familia hacia la estrecha abertura. Se arrastraron por el conducto de hormigón, sintiendo el peso de la tierra sobre sus cabezas. Detrás de ellos, escucharon cómo la escotilla cedió finalmente y los saqueadores irrumpían en su hogar, rompiendo todo a su paso. Caminaron durante lo que parecieron horas por la oscuridad absoluta. El túnel, efectivamente, estaba bloqueado por un derrumbe de escombros. Arturo usó una barra de hierro para mover las piedras, sudando a chorros a pesar del frío ambiental. Sus pulmones ardían. Cada bocanada de aire se sentía más pesada que la anterior. Finalmente, lograron salir a una zanja seca a tres kilómetros de su posición original. El sol se estaba ocultando, tiñendo el horizonte de un rojo sangriento y tóxico. Dina se desplomó sobre la tierra, respirando con dificultad. Clara se arrodilló a su lado y soltó un grito ahogado. «¡Arturo, mira esto!», exclamó. Arturo se acercó y subió una pequeña linterna de dinamo. En el antebrazo derecho de Dina, la piel se había enrojecido y levantado en una serie de marcas que no estaban allí antes. No eran heridas, sino quemaduras necesarias que formaban números y letras. Eran coordenadas geográficas, grabadas en su carne por una fuerza que Arturo no podía comprender.

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