AUDREY
No logro finalizar mi oración porque él ha comenzado a hablar una vez más.
—La fortuna de mi padre… la prosperidad material de Stefano ha hecho que tengamos demasiados enemigos disfrazados de ovejas. Cuando fui a la universidad empecé a meterme en muchos problemas, a traficar droga dentro de la universidad y, a la edad de veintidós son, el ambiente ya se había vuelto demasiado peligroso —Zayn niega con la cabeza una vez más. Como si creyese que lo que va a decir es demasiado fuerte para hacerlo en voz alta—. Empecé a beber, a fumar, a enfiestarme noche tras noche. Me pasé todo ese tiempo ignorando las advertencias de mi madre…, torturándola con mis decisiones y continué juntándome con personas que no me convenían. Para cuando me fui de casa, ella ya estaba enferma, pero estaba tan absorto viviendo mi vida que nunca lo supe … —su voz suena ronca ahora—. La destrocé, Audrey.
En ese instante, a pesar de desconocer el rostro de la mujer que habla, se me hace imposible imaginar la situación. Hay algo en mi cerebro que me impide empatizar con algunas situaciones de mi vida cotidiana. Sin embargo, mis ojos se cierran y puedo hacerme una idea del dolor que sintió la madre de Zayn.
—Al principio fue sencillo meterme todo tipo de sustancias en la sangre y esperar a que cayera la noche para beber hasta caer en un estado perenne de inconsciencia. Pero el dinero se acaba, querida y como en ese entonces era un maldito vago que ni siquiera sabía cómo estregar platos; tuve que hacer cosas para costear mis vicios. Cosas de las que no estoy orgulloso… —dice y yo niego con la cabeza, incrédula—. Blake y Hunter, mis compañeros de parranda, me emplearon en sus carreras clandestinas de motocross y surf en playas clausuradas; gracias a los gajes del oficio aprendí a reparar motocicletas y tablas de surf. Algun día voy a enseñarte mi colección, lo prometo.
Mi corazón da un vuelco furioso y los ojos de Zayn encuentran los míos, poco a poco voy siendo testigo de cómo su sonrisa se transforma en un gesto torturado.
—La cosa es que en ese tiempo conocí a Vittoria, yo la llamaba Vicky, también surfeaba —sus cejas se alzan inquisitivamente—; y lejos de salvarme, terminó hundiéndome más en el mundo de las drogas. Los dos éramos tóxicos, Audrey. Ella me engañaba con mi mejor amigo, yo le pegaba por comportarse como una maldita bruja, entonces le hacía lo mismo y después volvíamos a ser la pareja perfecta. ¡Estaba completamente loco por esa mujer! —una carcajada histérica trepa por las paredes de su garganta—, ¡nos casamos en Las Vegas! ¡La llevé a vivir en la pocilga donde me hospedaba con tal de pasar todo el tiempo con ella! Dentro de esa retorcida realidad… los dos éramos felices porque la amaba.
La indignación entremezclada con el odio ha comenzado a arraigarse a mis huesos y a echar raíces en cada célula de mi cuerpo.
—Un día, después de haber surfeado una tarde entera en una playa peligrosísima de Portugal, le pedí la mochila para guardar mi celular —su voz se quiebra ligeramente—. Fue ahí cuando me topé con un test de embarazo positivo junto a otros papeles, trámites legales para abortar a nuestro bebé.
—¿Qué?
No quiero seguir escuchando, porque no soporto la idea de volver a sentir el dolor que provocó ver a Liam quebrarse y perder la compostura frente a mí. Es algo que de momento se me hace imposible sobrellevar.
—Obviamente para ella fue lo peor que pudo haberle pasado. Imagínatelo, la prometedora carrera en ascenso de una pro surfer, truncado por un embarazo no deseado —Zayn agacha la cabeza—. Le prometí que me haría cargo, que sacrificaría lo que fuese por el bienestar de nuestro pequeño, pero iba a requerir un esfuerzo de ambos si queríamos hacerlo funcionar. ¿Quieres adivinar qué pasó? —mis labios se oprimen con fuerza, pero no hablo—. Ella no estuvo dispuesta a sacrificar nada. Mientras yo trabajaba veinte horas al día reparando motocicletas, ella se la vivía sobre una tabla cabalgando las olas más peligrosas de la ciudad sin pensar en la vida que llevaba dentro.
Por ahora niega la cabeza, sin siquiera dignarse a mirarme. La ira y el resentimiento con que modula cara palabra no hace más que erizarme todos y cada uno de los vellos del cuerpo.
—Le deseé la muerte más de una vez, Audrey —prosigue, todavía sumido en sus tortuosos recuerdos—. Todo lo que construimos se lo llevó quien lo trajo, recuerdo perfectamente el día en que el mundo como lo conocíamos se vino abajo —Zayn sacude la cabeza, tratando de ahuyentar asumo que tortuosas imágenes de su memoria—. Eran altas horas de la noche y acabábamos de pelear. Acababa de decirle que ojalá muriera de una sobredosis o ahogada en medio del océano por la forma en que estaba asesinando a mi hijo… Después, el resto de mis remembranzas es difusa. Los estupefacientes me pusieron en automático, sólo… me dejé llevar.
Un gruñido escapa de sus labios y empieza a frotarse la cara como si quisiese arrancarse la piel del rostro. Quiero consolar a Zayn en medio de su embriaguez tremenda, ese es el problema de las personas en este estado: no saber si la decisión correcta, para ellos es una distorsión de la realidad. Entonces me quedo quieta, me quedo observando cómo se desmorona delante de mis ojos.
—Vittoria me llamó en incontables ocasiones —dice con ama amargura—, mamá también lo hizo, pero a ninguna de las dos les atendí. Recuerdo que una persona vino a buscarme a un bar local, para ese entonces yo residía en Milán, para decirme que mi madre estaba en el hospital y que debía marcharme lo más pronto posible porque su vida estaba pendiendo de un hilo —no alza la cara, su voz enronquecida por las emociones me pone la piel de gallina—. ¿Qué iba a saber yo que mamá era portadora de una mutación del gen BRCA1 y era propensa desarrollar cáncer de seno u ovarios? Para cuando el hijo pródigo regresó a los veintiséis años a casa…, su madre ya estaba en la fase metástasica.
El silencio se apodera de la habitación durante un largo rato; los ojos verdes medio ambarinos de Pravesh escrutan con intensidad los adornos del vaso que ahora sostiene entre los dedos. En realidad, ese es el modo que utiliza para evadir la realidad: centrarse en situaciones triviales que lo obliguen a pensar en otra cosa.
—¿Qué les pasó? A tu madre y a… Vittoria.
El moreno, por primera vez en mucho tiempo, alza el rostro para encararme de frente y darme una probada visual de su tortura emocional que está librando. Tal vez la Cassandra del pasado hubiese luchado por absorber el dolor y proyectarlo en forma de luz, pero lo único que ahora puedo hacer es luchar contra todo el malestar que se abre paso en mi sistema.
Si soy incapaz de tirar lejos mis penas, ¿cómo voy a hacerlo con otra persona?
—Fui directo al hospital a ver a mamá y dos días después, falleció. Uno, tenga la edad que tenga, no está preparado para ver morir a quien te regaló la vida. Perdí la cuenta de las veces que le pedí perdón por haberme marchado, por actuar como lo hice, por haberle roto el corazón. Pero ni modo —se encoge de hombros con indiferencia fingida—, quiero creer que las cosas, buenas o malas, siguen pasando por alguna razón.
—Las cosas siempre —enfatizo—, suceden por una razón. ¿Has visto Spider-Man?
Zayn esboza una ancha y poderosa sonrisa, esta vez genuina… verdadera. Incluso se le marcan un poco los hoyuelos. Si bien es una característica a que aporta ternura extra a un rostro, en él se ve demoníaca y tengo que admitir, por mucho que me cueste, también sumamente seductora.
—Te cuento mi deprimente historia de vida y… ¿tú me preguntas por el cerdo araña?
—Hombre araña.
Le corrijo yo con aires de suficiencia, a lo que él entorna los ojos con un fastidio que ni les cuento.
—Es igual —se defiende—, los dos terminan en “araña”.
—¿En serio? —enarco una ceja y la sombra de un gesto cálido amenaza con dulcificar mi expresión neutra—. ¿De hombre a cerdo? ¡Por el amor de dios, Zayn! ¿Cómo vas a decir que es igual?
—¿Acaso eso importa? —Pregunta, con un gran signo de interrogación pintado en la frente.
—Aclaratoria —es mi turno de apuntarlo con el dedo índice de forma acusadora—: uno es un vengador, el otro una simple caricatura que predice el futuro.
Tras propinarme una mirada acusatoria, dice:
—Eres fanática de los superhéroes y esas pendejadas, ¿no es así?
—Un poco… bueno, algo, bastante. No voy a decirte que he leído los comics, pero sigo el universo cinematográfico y soy muy fan.
Zayn se rasca la parte trasera de la nuca; hay un sinfín de emociones atravesando su rostro, pero percibo desconcierto por sobre todas las cosas.
—Eres patética, Darwael. ¿Alguien te lo ha dicho a la cara?
Una sonrisa exasperada me asalta y apoyo la barbilla en el puño invertido de mi mano.
—Bastante.
—Y… ¿a dónde pretendes llegar con eso del hombre araña? Estaba contándote algo bastante íntimo y lo arruinaste, ahora veo porque tus relaciones no prosperan.
—¿Quién te dijo que mis relaciones no prosperan, imbécil? —río levemente, al tiempo que le doy un golpecito en el hombro—. Deja de juzgarme…, yo nunca lo he hecho contigo.
Me fascina la forma en que me mira; en como sus ojos están abiertos y enlazados a los míos. Algo salvaje y profundo se refleja en el espiral esmeralda que pinta sus irises, es algo tan intenso que puedo asegurar que me he quedado sin aliento. Mi corazón late a un ritmo antinatural y mi cuerpo es incapaz de reaccionar ante la vivacidad de su mirada.
—Te escucho. —Susurra tan cerca, que el olor a alcohol y cigarrillos golpea mi rostro a una velocidad.
Tras inhalar y exhalar una profunda bocanada de aire, empiezo a hablar como si estuviese defendiendo una segunda tesis universitaria:
—Mira, Peter Parker solía tener una vida parecida a la tuya, bueno, menos dramática y deprimente, pero ese no es el punto. El punto es que Peter no tenía un norte fijo, ¿entiendes? —Mis ojos se anclan a los del chico, al tiempo que enrosco y juego con los mechones que caen a los costados de mi cabeza—. Carecía de un modelo del cual asirse, sólo vivía aferrado al pasado, su mente estaba fuera de este plano, estaba tan absorto en sus preocupaciones de adolescente que se negaba a disfrutar de aquello que si tenía. Ya sabes… toda esa historia que conocemos.
» No fue hasta que murió su tío, que empezó a tomar consciencia de la realidad… Empezó a entender que cada decisión que tomamos repercute en nuestro futuro de una u otra manera, porque —hago una pausa breve—, si Peter no hubiese dejado que el ladrón robase la tienda, su tío no habría perseguido al malhechor y este no le habría disparado. Pero, ¿qué iba a saber él? Sin embargo, Peter fue capaz de revertir ese espiral de dolor y convertirlo en algo mejor… un mejor ciudadano, un mejor sobrino, un mejor novio.
El silencio que nos invade ahora es menos tenso que el de hace unos minutos; mis puños se aprietan con fuerza y mis palmas duelen debido al dolor intenso que provoca la fricción de mis uñas contra la carne blanda.
—Tal vez pienses que estoy loca—digo, cabizbaja—, pero estar cerca de la muerte te hace apreciar cada segundo de la vida. Por eso defiendo que todas las cosas suceden por una razón, Zayn. Tal vez no sea sensato pensarlo ahora; pero en algún momento te darás cuenta, el fondo —me toco el pecho con la palma abierta—, entenderás que, sin esa experiencia dolorosa, no serías el hombre que eres hoy.
Aire es inhalado por la cavidad nasal y una oleada de pánico se arraiga a cada una de mis células. Espero un grito, un insulto, tal vez un montón de groserías o un ceño fruncido; pero Zayn no se mueve. La quietud ha aletargado su cuerpo, sigue con los ojos cerrados y expresión atormentada a cuenta del pasado.
—El día del funeral de mamá —dice tras un corto período de silencio—, recibí la noticia que Vittoria también había muerto. Fui a la ferretería por una soga, clavos, cápsulas para una vieja escopeta. Después del sepelio y todos los trámites funerarios; cuando me dispuse a llorar el cuerpo de mi madre y posteriormente a acabar con mi vida, una persona tocó a mi puerta —trata de reprimir una sonrisa, pero no lo consigue del todo—. Era una trabajadora social y traía una canasta de bebé consigo, a pesar de los intentos fallidos de Vittoria por abortar. La niña consiguió sobrevivir.
—Aw, y esa es la pequeña Antonella —mis labios se pliegan en una línea fina—. Debes sentirte afortunado, tienes una hija preciosa. Imagínate si la hubiese matado, dios… —mascullo más para mí que para él— ahora no tendrías esa pequeña luz en tu vida. Ahora estarías muerto, Zayn. ¿Lo ves? Las decisiones del hoy repercuten tarde o temprano.
No habla. Se detiene unos instantes. Es como si de algún modo las emociones estuviesen apresándolo y sus demonios ganándole la batalla. Mi mente es capaz de imaginar un montón criaturas en forma de sombras a su alrededor absorbiendo cada gota de su esencia; susurrándole cosas aterradoras, haciendo de su existencia un mártir.
—¿Me creerías si te digo que no puedo ver a mi propia hija a la cara? —se pasa las manos por el cabello, el rostro, el cuello, repite el proceso al menos tres veces—. Me vuelvo loco, Audrey. Ver a esa niña es ver a su madre y la hélice de odio entremezclado con algo más intenso... resentimiento, se aviva cada segundo que pasa. Todos los días me siento una basura. Dime, ¿qué clase de padre soy? —su voz se pulveriza por completo—. No hay día en que no me maldiga, pero no por sentir esta rabia que siento… sino por no haber tenido las agallas suficientes de haber acabado con todo ese día.
Esta vez, cuando mi vista captura la imagen de Zayn encorvándose en sí mismo y poniéndose las manos alrededor del cuello; no me lo pienso dos veces. Me pongo de pie para rodear la isla y envolver mis brazos alrededor de sus hombros expuestos.
Hay bombas que no se pueden desactivar y Zayn Pravesh es una de ellas.
A medida que mis bracitos intensifican el abrazo, me doy cuenta de los espasmos temblorosos que se expanden en su cuerpo; es aterradora la forma en que se estremece, como se sacude con violencia inhumana a cuenta del torrente de emociones que en vano está intentando contener. Entonces, lo aferro a mi pecho con ma ímpetu que antes y parte de mi rostro descansa en su espalda, mientras trato de mantener el nudo que poco a poco crece en mi garganta a raya.
Estoy empezando a creer que las personas rotas y mi corazón actúan como un campo magnético; de un modo u otro terminamos coexistiendo en el mismo lugar, terminamos yendo en la misma dirección y eso es aterrador. Usualmente no acostumbro a invadir el espacio personal de otras personas, mucho menos cuando la otra persona en cuestión parece incómoda con la idea. Pero, justo ahora, es automático…, casi instintivo.
Quiero alejarme de él, pero no puedo hacerlo.
—Me abrazas como si me conocieras —sorbe su nariz con fuerza, pero no se inmuta—, y no me conoces, ¡No sabes nada de mí! Maldita sea, Audrey. ¡Suéltame! Por favor… —su voz pende de un hilo muy fino—, suéltame.
Aunque prácticamente está suplicando que deje su cuerpo en libertad, las acciones hablan por sí solas. Zayn no está haciendo nada para zafarse de mi agarre y eso significa una cosa: está aferrándose a mí con las pocas fuerzas que le quedan.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que deshaga el abrazo para incorporarse y poner una distancia prudencial entre nosotros. Sin embargo, no hace nada por encararme de frente. No se gira para mirarme y lo entiendo. Entiendo que no quiera que lo vea así de vulnerable y expuesto porque, emocionalmente, ya se ha desnudado frente a mis ojos.
Yo, por mi parte, necesito respuestas. Necesito saber que sucedió con Vittoria, quien es la mujer del señor Stefano.
—¿Qué pasó con ella? ¿Qué pasó después?
—Tuvo un desprendimiento de placenta y murió a causa de una hemorragia interna. La madre de Vittoria empezó a acercarse a nuestra familia y poco después contrajo matrimonio con mi padre. Al principio creí que intentaba acercarse a su nieta, pero lo único que hizo fue destrozar nuestra ya deteriorada relación familiar… —Zayn vierte lo que queda del líquido ambarino de la botella en un vaso—, empezó a crear conflictos inexistentes. Soy el único heredero de la fortuna de mi padre.
Vaya, los borrachos sí que son un libro abierto. Zayn toma una inspiración profunda, traga duro y me encara.
—Toqué fondo, Audrina —dice, su voz sonando demasiado inestable e inconsistente—. Fui a rehabilitación por voluntad propia. Allí pasé un año de mi vida. Tiempo después, Stefano Pravesh fue a verme —cierra los ojos con fuerza, pero continúa hablando—. Se ofreció a solventar los gastos de mi rehabilitación en un centro más prestigioso, a costearme una lucrativa carrera universitaria en cualquier parte del mundo y darme trabajo en su empresa milenaria. Creerás que es una broma, pero hay túneles subterráneos que datan de la época de Cristo —una pequeña sonrisa se asoma en su rostro tal amanecer por el Este—. ¿Sabes por qué acepté?
—¿Querías demostrarle que habías cambiado? ¿Cuán responsable eras?
Él menea la cabeza en una negativa frenética.
—Acepté porque había perdido todo lo que a mi corta edad conocía. Lo hice porque necesitaba aferrar mi vida a algo, aunque fuese a una mentira; de lo contrario la locura terminaría consumiéndome, porque había una voz en mi cabeza susurrándome: «Eso le deseaste, por tu culpa está muerta» —hace una pequeña pausa—. Por esa razón decidí estudiar Economía en Oxford; para cuatro años después, graduarme y trabajar en Positano Wine CORP bajo sus términos y condiciones.
Se hace otro silencio, uno más lapidario y tormentoso porque ninguno de los dos se anima a tomar las riendas de la conversación. En el instante que su boca permanece callada, ingiere cuatro tragos más de whiskey y uno de vodka; va por una cerveza, pero lo intercepto en el camino y tiro suavemente de él.
—¿Por qué sigues destruyéndote de esta forma?
—Para cuando obtuve el título ya tenía la mitad de estos —musita, tras varios minutos sumidos en un mutismo absoluto; se alza las mangas de la camisa hasta los codos de manera que la tinta que cubre su piel queda expuesta—. Cuando la culpa empezaba a carcomerme por dentro, sólo cerraba los libros y cruzaba medio Londres para ver al tatuador más prestigioso de la zona —me sonríe a medias—. Como dije antes, estoy lleno de fracturas, Audrey. Cada tatuaje representa un callejón sin salida de mi vida. Esas cosas absurdas que he perdido, cosas que ni siquiera he llegado a tener, caprichos, manías. Pero tenerlas cinceladas a la piel alivia un poco mi dolor emocional.
Ahora soy yo quien le sonríe y dejo que me sonría de vuelta. Zayn tiene una sonrisa hermosa, del tipo que, si te descuidas, fácilmente podrías volverte adicto a ella. En otra circunstancia me habría dado terror de estar a solas con un desconocido en una habitación que se presta para secuestros y todo tipo de atrocidades; pero, por una extraña razón, no me siento insegura con él.
—Lo que acabas de decir es poéticamente destructivo y a la vez —me muerdo el labio—, precioso.
—¿Cómo puede existir un halo belleza en medio del sufrimiento?
—Un sinónimo de sufrimiento es ruptura. Algo roto evoca grietas, fisuras y todo tipo de quiebres sobre cualquier superficie, ¿cierto?
Pravesh asiente.
—¿El punto es?
—Si no tuviésemos grietas, ¿de qué otro modo podría entrar la luz?
El aturdimiento sobrecoge las expresiones faciales de Zayn y mi corazón se comprime un poco. Me encanta la forma en que las palabras son capaces de rehacer la mente de una persona. En retrospectiva, la imagen de una g****a puede significar: dolor literal, desprendimiento de una dependencia emocional tóxica o la preciosa forma en la que los rayos del sol son capaces de escabullirse en la negrura absoluta.
En este momento elijo la última.
—Oh, vaya —el moreno da un paso en mi dirección y luego otro—. Sí que eres poesía de carne y hueso. Dime, ¿Dónde estuviste toda mi vida?
Hago una especie de reverencia antigua, entonces le sonrío.
—Gracias.
—Ven aquí —con la mano hace una seña extraña mientras trastabilla un par de veces al acercarse a mí—, dame un abrazo. Esta vez quiero sentirte, pequeño y fastidioso grillo de alcantarilla.
Estoy por refutar, cuando los brazos protectores de Zayn me estrechan en un abrazo que se me antoja dulce y tierno. Como es mucho más alto que yo, entierro mi rostro en su pecho; su corazón late al mismo ritmo que el mío y no estoy segura de que eso sea natural. La calidez que me hace sentir es como un pedacito de primavera en otoño; Pravesh apoya la mejilla en mi sien y creo sentir como sus labios rozan mi piel. Nuestros brazos continúan entretejidos, como una manta del clavadista inglés, Tom Daley.
Es imposible abrir un abismo en el océano, romper el cielo a golpes, o pulverizar un tulipán en botón; pero cuando Zayn me abraza, todos los imposibles se sienten posibles.
No obstante, reúno la fuerza suficiente para desanudar nuestras almas.
—No puedo hacer esto.
—No estamos haciendo nada malo; además, me debes una por hacerme spoiler de Spider-Man. Entre tú y yo —susurra muy cerca de mi oído—, no he visto ninguna película de superhéroes. Espera, miento —se rasca la barbilla como recordando algo—. Si vi una, ¡Batman vs Superman!, pero no vi a ningún vengador por ahí y eso me puso tan, pero tan triste —Zayn se pone la mano en el pecho, añadiendo más dramatismo a su enunciado—. Yo estaba sentado en el cuarto de cine con mis primos, pensando para mis adentros: «¿Cuándo va a aparecer el señor del traje morado que se parece a Trump con las piedras de colores a extinguir al murciélago millonario?». Ni modo, me quedé con las ganas. Hay cosas que no entiendo, Audrey. Hay cosas que no entiendo…
Arqueo una ceja y hago un esfuerzo por reprimir una sonrisa.
—Ni yo. —Digo con suavidad.
—¿Por qué Superman no es un vengador?
Se me escapa una risotada histérica.
—Ay, dios —me tapo la cara con las manos—. Dime que en serio no dijiste eso.
Mis dedos índice y pulgar van a parar al puente de mi nariz.
Sé que no servirá de nada explicar que DC Comics y MARVEL son compañías distintas porque mañana por la mañana Zayn habrá borrado el cassette y no recordará nada de esto. Además, esperar que Thanos mate a Batman con el guante del infinito en una producción cinematográfica es una idea tan absurda como esperar que Andrew Garfield y Tom Holland se enamoren de mí al mismo tiempo.
Y esa sí es una triste historia.
Lentamente me acerco a él, le rodeo la cintura con un brazo y le ayudo a caminar hasta el borde de la cama. Es genial que estemos a pocos metros, porque los ochenta y tantos kilogramos de Zayn no son fáciles de transportar. Él arrastra sus pies, yo intento ayudarle.
—Te hice reír… te ves hermosa cuando sonríes.
Sus cejas se arquean con perversión y lo único que hago es abrir los ojos con horror. El calor se expande en mis mejillas con cada segundo que pasa, puedo jurar que las gruesas capas de maquillaje son incapaces de esconder el color escarlata que pinta la piel de mi rostro.
—Estás demasiado borracho. Mejor recuéstate y duerme un poco.
Es sorprendente la forma en que obedece. Tras descalzarse los zapatos, el colchón se hunde debido al peso y posteriormente se deja caer de largo a largo; yo bordeo la cama y desdoblo un edredón grueso color vino. Tengo la intención de taparlo de pies a cabeza como si fuese un cuerpo sin vida en una escena del crimen, pero me corta:
—Yo no duermo; así que no te molestes.
Bueno, en parte eso justifica porque es así de obstinado.
—¿Cómo que no duermes?
—Ya te dije, no puedo.
—¿Insomnio tal vez? —sueno tímida y curiosa, sobre todo chismosa.
—Pesadillas.
Él extiende un brazo hacia mí y acuna una mano mía entre la suya; sus pulgares trazan caricias suaves.
—No pasa nada, todo el mundo las tiene; yo las tengo.
¿Qué puede hacer que un hombre como Zayn Pravesh tenga pesadillas? Hasta ahora tiene la mirada perdida. Está aquí, pero su mente está sobrevolando quien sabe dónde. Quiero saber que pasa por su cabeza, en serio deseo saber porque su semblante es una fusión de dureza y tristeza al mismo tiempo.
Siendo honesta, después de todo el infierno que viví el año pasado, me aterra escuchar lo que tiene para decir.
—Mis quesadillas son diferentes —balbucea, luego menea la cabeza—. No, quesadillas no. Las quesadillas no me gustan, me dan indigestión… No las digiero. En fin, ¿qué te estaba diciendo? Ouh, ya, es que… tengo pesadillas cuando duermo.
—¿Por qué tienes pesadillas, Zayn?
Su ceño se frunce en confusión.
—¿Y yo cómo voy a saber? —inquiere, todavía arrastrando la voz—. Empezaron después que me mudé aquí, después que empecé a boxear, después de haber asesinado a una persona. Fue intencional, no quería hacer…
Trago duro. Sus ojos se posan en mí, pero no dice nada. No soy nadie para exigirle que siga hurgando las heridas de su pasado, pero siento que ya ha dicho más de lo que me gustaría saber. ¿Cómo reaccionar ante una persona que te confiesa de forma indirecta que es un asesino?
—No sigas hablando, por favor. No quiero saber cómo…
—¿Cómo le quité la vida a una persona? —Me corta, dejándome boquiabierta—. Es comprensible, Audrey. Lo entiendo.
—En serio lo lamento.
Su sonrisa se tambalea y de repente alcanzo a ver un destello triste en su mirada.
—Los tragos hacen que sienta cosas por ti.
Una sonrisa boba me asalta; esas palabras sacuden mi pequeño mundo de sosiego.
—¿Qué?
—Estoy sintiendo, Audrey. Estoy sintiendo algo que no puedo explicar y eso es peor que no sentir nada. Yo estaba bien…, pero tenías que venir a arruinarlo todo.
Zayn se limita a sostenerme la mirada por unos instantes, aunque sus ojos están cerrándose debido al cansancio y el aturdimiento.
—¿A qué te refieres con “peor que sentir nada”?
—Cuando sientes cosas por una persona le concedes el poder de destruir cada faceta de su existencia. La última vez que “sentí” fue con Vittoria y no había sentido una conexión tan fuerte con alguien hasta… —se tambalea un poco, la lengua empieza a enredársele—. Hasta ahora. No sé quién eres, ni qué demonios haces aquí en Positano; pero eres el lugar del que escapé con vida hace mucho tiempo.
El silencio vuelve a inundar la estancia, ninguno de los dos está dispuesto a romperlo y eso está bien.
—Deberías recostarte —le propongo, ayudándolo a arroparse como si fuese un niño pequeño—, vas a hacerte daño si sigues bebiendo de ese modo… si sigues hablando de más.
Pravesh, lejos de soltarme, afianza el agarre de mi mano. La vergüenza se apodera de mi cuerpo a toda velocidad y siento como la sangre se agolpa en mis mejillas; ahora mismos soy capaz de ver como el grosor de sus pupilas decrece y eso me permite apreciar con detenimiento la extensa pradera que carga en los ojos.
—Eres mi maldito Hotel California, Audrey.