C18. Grietas en la piel.

4605 Palabras
AUDREY Siento la forma en que mi cabeza palpita frenéticamente. Abro los ojos y, por un segundo, creo estar en el departamento que solía ser mi hogar en Sídney. No obstante, la imagen de la ciudad me causa un extraño acerbo en la boca porque lo último que quiero es volver a ese nefasto lugar y revivir el infierno que me hizo vivir Gareth ahí. Una bombilla blanca circular pende del pequeño tragaluz que tengo enfrente. ¿Qué hora es? ¿Es de día? ¿es de noche? Comienzo a escuchar voces, pero la sangre que palpita en mis oídos silencia cualquier sonido proveniente de mi alrededor. Mis ojos echan una ojeada rápida y me percato que estoy sobre una cama matrimonial, en una habitación que ni siquiera con tres salarios podría costear en la vida. Hago un esfuerzo rápido en recordar como llegué aquí y repaso los sucesos de las últimas horas. Por suerte, los estragos de mi antigua amnesia localizada no dificultan mi percepción de la realidad. Fui arrastrada a este lugar por Zayn, una empleada me transformó una versión barata de princesa de cuento de hada; recuerdo haber visto a Alessandro llegar con Nadia y, entonces, fue cuando salí de la mansión a tomar un poco de aire. Ahí me encontré con una niña peculiar que no paraba de llamarme «Cenicienta». Empecé a sentirme mareada y es todo lo que recuerdo. Anclo mis globos oculares en la ventana sobre el diván; ahora mismo la luna se esconde entre las copas de los desnudos árboles del exterior. «¿Qué hora es?», pregunto para mis adentros. Me pongo en pie y me cercioro de no tener nauseas, mareos u otros tipos de síntomas similares. Hay una extensa mesa que fácilmente podía hacer pasar por un bar; allí hay un montón de botellas vacías —¿Te encuentras mejor, Cenicienta? —La voz de la niña llega a mis oídos de forma irritante antes de aparecer junto a su padre—. ¡Te trajimos comida, ñam! Tengo hambre. Mis ojos se abren y todo el frenesí que tengo por salir de aquí se esfuma en cuanto capturo la imagen del padre de la cría. ¿Cómo es posible que…? —Será mejor que te quedes y comas algo antes de salir. Nuestra enfermera tomó tu presión arterial —la mirada del chico de facciones arábigas intercala a la niña, luego a mí—. Antonella, dijiste que querías ayudar a Cenicienta, ¿no?, bueno, ahora es tu momento de brillar. La niña asiente con una sonrisa antes de dejar un caramelo en forma de frambuesa sobre mi mano derecha; mientras tanto, la expresión neutra de Zayn Pravesh se mantiene perdida en algún punto del océano. Entre los dedos recubiertos por arsenales de anillos, el italiano sostiene una bandeja color bronce: tres emparedados, una botella de agua, un vaso de jugo de uva, un pequeño bowl con ensalada de frutas dentro y un tulipán blanco en botón como ornamento principal. —Gracias, preciosa. Digo, acariciándole la cabeza. Ella cierra los ojos como si fuese un felino. —p**i —la pequeña hace un puchero tiernísimo mientras se aferra a la chaqueta de Zayn—. ¿Podemos quedarnos con Barbie humana? Anda… —gimotea con dramatismo—, prometo peinarla, darle de comer, además tomaremos el té juntas y seremos grandes amigas. —Antonella. —El ojiverde le da una mirada saturada de fastidio, su voz temblando de rabia—. Hablas como si la señorita Darwael fuese un animal callejero o un juguete que compras en la tienda. Ella es una persona, como tú y yo; no puedes convertir a una persona en tu prisionera. La chiquilla enrosca uno de mis mechones de cabello alrededor de sus pequeñas manos. —¿Por qué no? —Pregunta con inocencia. Sin saber que hacer o decir, Zayn se lleva los dedos índice y pulgar al puente de la nariz. —Cariño, ve con tu abuela —le ordena sin siquiera mirarla a la cara—. En seguida te alcanzo..., dile al abuelo que no tardo. Mi parte maternal no está preparada para oírla romper en llanto; pero, para sorpresa mía, ella asiente y se va tarareando el intro de Winx Club al otro lado de la habitación. Los niños de ahora. Aunque mis ojos pesan, hago un esfuerzo por ver la silueta de la niña perderse en la amplitud del pasillo; es como si eso remediase la miseria que poco a poco me consume. Un silencio sepulcral se alza entre nosotros; creo firmemente que, si las miradas matasen, mi cabeza estaría colgando ahora de un árbol, en las sobras de un bosque solitario. —Me siento ridícula en este vestido, mejor me voy yendo. Pronuncio ahora un tanto distraída. Analizo la situación en que me encuentro durante un cortísimo espacio de tiempo. Me desmayé, ¿cierto? Entonces, es imposible que haya venido caminando hasta la habitación. ¿Eso qué quiere decir? ¡Pues que alguien tuvo que haberme traído cargada! La idea no me hace sentir del todo cómoda dado que no soy delgada, nunca lo he sido…, y con el peso extra del embarazo, mínimo peso el equivalente al tres sacos de patatas Trago saliva, de nuevo, —¿Por qué no me dijiste…? —al ver que la pregunta suena muy personal, la corrige de inmediato—. ¿Por qué no nos dijiste ni a mi padre y ni a mí que estabas embarazada? En este momento soy yo la que no puede mirarlo a los ojos. —¿Y eso cambia algo porque…? Dejo la pregunta abierta esperando que pueda defenderse o al menos darme una explicación coherente. ¿Quién se cree que es? ¿Por qué tengo que darle explicaciones? —¡Por supuesto que lo cambia, Audrey! Tal vez no te habría llamado, bueno… —se rasca la nuca—, elefante. Quizás no habría sido tan idiota contigo —encoge los hombros con diferencia, también un mohín apático con los labios—, quien sabe. —Uh —ironizo—, pero que considerado de tu parte. —Hablo en serio. Su tono de voz es suave. —¡Pues yo también! —Replico como niña pequeña. Pone los ojos en blanco y vuelve a hablar: —Mira, no estoy para juegos. Tengo muchas cosas por hacer, así que… a lo que vamos. ¿Por qué huiste de la fiesta, Audrina? ¿Tan malos anfitriones somos? ¿Estás celosa porque Alessandro prefirió a Nadia y no a ti? —hace una pequeña pausa—. Ay niña… valórate al menos. Mis ojos se cierran con fuerza y empiezo a rememorar las imágenes que presencié hace unos minutos. Nadia, Alessandro, sus miradas llenas de amor, el lenguaje corporal que me dio a entender que vinieron en plan de “más que amigos”. Después de Liam, nunca me había sentido tan inestable e insegura con respecto a… ¿mi misma? —No sé de qué estás hablando. —¿Cómo te atreves a verme la cara de estúpido? A leguas se nota como babeas por él. Dios. ¿Por qué son así de predecibles? —¡Estoy diciendo la verdad! —pestañeo varias veces—. Salí a tomar aire, despejarme un poco, ¿necesito un permiso especial para eso también? ¡Espera! ¿Estabas vigilándome? Apenas me percato del torbellino esmeralda que amenaza con hacerme su prisionera, mi primer instinto es apartar la mirada. Luego, se hace el silencio; lo único que soy capaz de observar son los tacones desperdigados sobre la alfombra de pelo corto en el suelo. No quiero hacer contacto visual con Zayn, no me apetece mantener una conversación con él, me niego a convertirme en la hipócrita que finge caerle bien. A este punto, escucho las suelas de las botas del italiano arrastrarse hasta mi encuentro y, tras hacerse el silencio, el tacto de su mano contra mi piel me hace volver en sí. Más bien, el fuerte olor a distintos tipos de alcohol y cigarrillos entremezclados en su aliento. —Soy tu jefe, Audrina. Si me viene en gana puedo exigírtelo —los dedos fríos de Zayn sostienen mi mentón de manera que mis ojos quedan anclados a los suyos—, y disfrutaría verte obedecerme con esa carita de niña buena. Noto un grave hormigueo en la parte inferior de mi espalda, ¿la respuesta natural de mi cuerpo?, tirar su mano lejos de mi rostro. —¿Qué te hace pensar que voy a obedecerte a ti? Trabajo para tu padre —cruzo los brazos bajo el busto—, no para ti. —A ver… ¿Ves algún otro CEO de Positano Wine CORP por aquí? —pregunta con inocencia fingida, mirando a su alrededor tal vez esperando encontrar a otra persona—. No, ¿verdad? Eso creí. —Te crees muy poderoso, ¿no? Él no despega sus ojos de los míos en ningún instante, sin embargo, luce cada vez más fuera de balance. Sólo se limita a destapar la botella de champaña ubicada sobre la mesita de noche y mientras vierte el líquido espumoso dentro del cáliz, responde: —¿Qué puedo decir? Yo me creo lo que soy. Mi risa suena burlona, mucho más de lo que pretendo proyectarla. —Insoportable, ridículo e infantil. Eso eres, pero no vayas a tomártelo personal. Su rostro se rompe en una sonrisa incrédula y reluciente al mismo tiempo. Es como si los insultos no surtiesen efecto en él. —¿Qué? ¿Quieres que llore en frente de ti? Pregunta medio riendo. —Al conocer a una persona suelo buscar tres adjetivos que la identifiquen, de esa forma puedo hacerme una idea clara de su personalidad. ¿Y qué crees, galán? —le doy un golpecito en el pecho—, esos son los tuyos. Atesóralos, valen más que toda tu cuantiosa fortuna. —¡Santo Dios! Después el infantil soy yo —bebe el licor como si fuese agua potable y se sirve más—. ¿Siempre eres así de irritante? —¿Siempre eres así de arrogante? Al trago servido le sigue otra, otra y otras dos copas más. No sé cuánto tiempo podrá sostenerse por sus propios medios, pero me hubiese gustado encontrármelo lucido para preguntarle por la niña…, su hija. —Mira —se estruja la cara antes de volver a encararme—, este día ha sido demasiado largo y no me apetece discutir contigo. ¿Qué dices? —extiende la mano derecha en dirección mía—, ¿tregua de una noche? Exhalo un inequívoco suspiro de pesar al tiempo que mi visión intercala entre sus ojos y manos. Si quiero sobrevivir esta noche, más me vale llevarme bien con él. —Tregua de una noche. Es mi turno de estrechar su mano a modo de aceptación. —Bien. Ahora te lo comes todo, Darwael —su dedo índice apunta la bandeja sobre la cama—. Hice que la mujer del servicio se levantara a prepararlo; necesitas comida sana y en el refrigerador apenas hay un trozo de pizza congelada. Además, ¿tienes idea de lo costosos que salen los funerales a esta hora? Una pequeña risa se me escapa en este momento. —Dime algo… cada vez que haces algo lindo por una persona, ¿tiendes a arruinarlo con esa gran bocota que tienes? ¿O es sólo una fijación que tienes conmigo? —Bocota —con la yema de los dedos se delinea los labios—. Apuesto a que mueres por probar mis labios. Ven, Audrina… —sus manos ahuecan mi rostro—, déjame besarte. ¿Qué cenicienta no necesita un príncipe azul? Puedo serlo… claro que puedo. Los belfos de caballo del italiano se estiran y no puedo evitar reírme a carcajadas; no hace falta ser genio para dar cuenta que Zayn está bajo los efectos dionisíacos del alcohol y, muy a mi pesar, percibo un ápice de ternura camuflado en su hosca personalidad de “me vale un cacahuate el mundo”. —Sigue soñando. —¿No quieres besarme? A cuenta de toneladas de alcohol que circulan en el torrente sanguíneo de Zayn, sus ojos crispan de diversión. —No. —Le respondo sin un ápice de vacilación. —¿Segura? —Segurísima. —Bueno —encoje los hombros con una lentitud fúnebre—. Tú te lo pierdes. Una sonrisa incrédula y divertida se apodera de mi rostro. —¡Oh, vamos! ¿Tan malo es admitir que en el fondo te preocupas por mí? —No me preocupo por ti —él hace una mueca horrorizada y señala mi abdomen con el dedo índice—, me preocupo por ellos. Tus pobres hijos no tienen la culpa de tener una madre tan irresponsable que no se alimenta y encima se va de fiesta. ¿Dónde está el padre? ¿Se esfumó con el chasquido de dedos de Thanos? Mi sonrisa decae de inmediato; por un instante me siento como Wanda Maximoff al darse cuenta que debía desvanecer su falsa realidad para salvar de su propio dolor a quienes la rodeaban. —Eso no es asunto tuyo. No te conozco, no te debo explicaciones. Una risotada maliciosa trepa las paredes ásperas de su garganta. —¿Por qué intentas llevarme la contraria en todo, Darwael? —Tú me pones en esta posición. —Me defiendo. —Me gusta tu actitud, deberíamos salir algun día. Pongo los ojos en blanco. Para distraerme, sólo me limito a acariciar mi vientre cariñosamente sobre la tela gruesa y pomposa del vestido. —Ni en un millón de años —yo exhalo un suspiro cansado—. Además, no eres mi tipo. —Tu tampoco eres el mío. Pero, ¿sabes una cosa? Cruzo los brazos sobre mi busto en un gesto de soberbia. —¿Qué? —Te ves sexy cuando te enojas. Mi mujer no era para nada sensual estando embarazada, a diferencia de ti…, parecía ella una indigente. Pero tú eres preciosa. Preciosa en todos los sentidos… aunque en ocasiones seas peor que una maldita patada en el trasero. Muy a mi pesar, Zayn me hace reír como loca. Claro, el que me haya comparado con una patada en el trasero no tiene que ver; en realidad son sus expresiones verbales y faciales las que me hacen enternecer y enfadar al mismo tiempo. ¿En serio está admitiendo que le parezco guapa? Siempre he sabido que los niños y los borrachos son las personas más honestas del universo, pero, ¿eso es bueno en este momento? —Ven aquí —mi mano palpa la colcha blanca sobre la cama—, siéntate. Vas a desmayarte en cualquier instante y no podré cargarte a la cama. Los ojos crispantes, dubitativos y divertidos de Zayn me escrutan con una picardía sobrenatural. —Oh. Grrr… —un gruñido emerge de los confines de su garganta—. ¡Miau! Ahora simula sacar las garras como su fuese un felino al acercarse en pasos lentos hacia mí. —Cierra la boca, imbécil —mis ojos dan la vuelta completa al cielo—. No estoy insinuando nada, sólo…, sólo siéntate aquí. —Ya… —las espesas cejas del niño indio bailan al tiempo que sonríe con los labios plegados—, eso dicen todas. De pronto, sus ojos esquivan los míos a velocidad inhumana. He de admitir que el aspecto descuidado lo hace lucir sexy. Zayn trae el cabello hecho una maraña de ratas, una capa liviana de vello facial recubre su parte de sus mejillas y el taje blanco —impecable en algun momento de la noche— ahora es un desastre. Uno muy hermoso, a decir verdad. Tiene la corbata desecha, los primeros tres botones de la camisa abiertos y la chaqueta arremangada hasta los codos. Mis ojos curiosos hacen un escaneo rápido pero exhaustivo de los símbolos extraños que van en ascenso desde sus muñecas hasta perderse en la tela gruesa del saco. Intrincadas trepadoras enroscándoles ambas muñecas, flores diminutas, numerología romana, frases en latín, un fénix bicéfalo masón, nombres indescifrables escritos en una extraña tipografía barroca y figuras tribales en, lo que asumo, son espacios en blanco. No soy fanática de los tatuajes, pero los de Zayn son una obra de arte. Aunque prefiero los de Alessandro por su simpleza y elegancia, los de este chico no están nada mal. —¿Te gustan? La pregunta me saca de balance; todavía sigo absorta… todavía sigo dándole un significado a cada figura en mi cabeza. —¿Qué cosa? —Inquiero, sin apartar la vista de sus enormes brazos. —Los tatuajes. —Oh —quiero sonar desinteresada, pero fracaso terriblemente—, no están nada mal. Él sonríe con suficiencia. —Te encantan, Audrina. Las mojigatas como tu fingen no gustarle, pero en el fondo tienen la fantasía de acariciarlos… palparlos por ustedes mismas —extiende sus brazos en mi dirección—. Anda, tócalos. No van a hacerte daño. Mi boca se abre para responder cuando mi parte analítica decide estudiar una de las frases que ha salido de su boca. —¿Estás llamándome mojigata? Zayn se despeina el cabello en un gesto de frustración o que se yo. —Obvio microbio. —Dice como si tuviese cinco años. Cruzando los brazos sobre el pecho, me animo a levantar el mentón. —No me gustan —pestañeo con lentitud dolorosa—, se me hacen asquerosos. Digo, ¿qué clase de idiota por voluntad propia sufre a cuenta de marcas terroríficas que quedarán cinceladas su piel el resto de su vida? Dime, Zayn —me atrevo a sostenerle la mirada—. ¿Eso tiene sentido? El italiano se ríe con una risa ronca que me parece demasiado sensual; camina hacia la mesa de las botellas y tras sacar una de whiskey, se sirve más de medio vaso. Medio vaso que ingiere en menos de un dos por tres. ¿Cómo es posible que siga en pie en semejante estado de ebriedad? —Honestamente, tienes el cerebro del tamaño de una gallina. Si fueras valiente te enseñaría mi cuarto de tatuajes —alza la botella y procede a beber de ella como si su vida dependiese de ello—, y tal vez nos tatuaríamos juntos. ¿Sabes cuál te quedaría perfecto? Me encojo de hombros, nunca se me ha pasado por la cabeza hacer una estupidez como esa. —Tu dime. —Una serpiente enroscándose a una rosa —el peso de sus orbes esmeralda recae sobre mi busto, luego las señala con el dedo—, en medio de esas. ¿Erres remotamente con-consiente de lo sen… de lo sensual que lucirías en traje de baño? Yo pagaría mi fortuna por ver un tatuaje tuyo, Audrrey… —tras servirse otro poco de licor en el vaso, dice—: ¿gustas un poco? Alzo las manos al tiempo que meneo la cabeza en una negativa frenética. —No tomo licor por razones obvias. Pravesh exhala un suspiro lleno de pesar. —¡Tienes razón! ¡Estás embarazada! —exclama con una sonrisa boba, llena de pesar—, perrdóname soy un idiota. Cuando mi esposa estaba embarazada de mi hija yo… yo nunca me aparté de su lado. Fui un buen hombre con ella. El día que la enterraron quise que me enterraran vivo con ella… pero el sepulturero a cargo no me dejó —en un gesto rápido echa mano a una botella de cerveza, dos tragos después, vuelve a hablar—: Dime, preciosa… —Zayn se rasca la barbilla como si estuviese recordando algo—, ¿el padre de tu hijo también te abandonó? —Son gemelos, Zayn; y no me abandonó, yo decidí irme. —Mascullo por lo bajo. —Si no te abandonó, entonces… —él se rasca la cabeza—, ¿¡qué demonios haces aquí!? La pregunta empieza a hacer eco en mi cabeza, pero no dejo que eso me afecte. —¿Hay una regla que exima a un alma en pena de venir a vacacionar a Positano? —No —menea la cabeza—. Pero ten en cuenta que Positano no es un pueblo cualquiera, la mayoría de la gente aquí está rota. Este pueblo suele confundir a la gente… No en vano las sirenas enmarañaron la mente de Ulises en algún punto del océano y los griegos cruzaron toda la costa amalfitana para ir en su rescate. Zayn me sostiene la mirada y percibo un ápice de tristeza en sus ojos ensombrecidos por la negrura absoluta de sus pupilas. Puedo decir que este hombre es una de las pocas personas que no me observa como si estuviese enferma o loca, por el contrario, —y a pesar de la cantidad de alcohol que circula en su torrente sanguíneo—, hay una parte de él luchando por empatizar conmigo. —Dime, ¿tú no lo estás? ¿Existe alguien que no tenga grietas en este universo? Se hace el silencio por un largo rato; lo único que puedo escuchar es el sonido lejano de la música atravesar las paredes, los ruidos externos de la noche y el barbullo de las olas colarse por las fisuras de los enromes ventanales. Aunque Zayn mantiene la vista anclada a una esquina de la habitación, es capaz de seguir el hilo de la conversación y modular un silencioso: —Hablas como si tenerlas fuese algo malo. Ladeo mi cabeza hacia su dirección, resistiendo la tentación de tocarle el brazo. —¿Y no lo es? —Psst. ¿Quién dijo que tener grietas es un defecto? Mírame —vuelve a extender sus brazos, ahora mucho más cerca mío—, yo estoy lleno de fracturas. Lo que ves…, estos tatuajes son parte de mi historia… cosas que he perdido, cosas que ni siquiera he tenido, Audrina; y, de algún modo, llevar esos fragmentos de mí mismo tatuados en la piel hace que mis lesiones físicas y emocionales duelan menos. Mis ojos se entreabren con sorpresa, pero trato de no hacerlo notar mucho. Zayn tiene que estar muy borracho para sacar su lado poético y sensible a flote. Zayn Pravesh es del tipo de hombre que parece tener el universo entero bailando entres sus dedos y el aspecto físico que tiene, esa rudeza que lo caracteriza te hace creer que su personalidad es una fortaleza impenetrable. Sin embargo, cuando empiezas a escrutar las “grietas” de las que tanto habla, te das cuenta que hay una parte oculta detrás del antifaz de odio… una parte frágil y sensible que está a punto de deshacerse en añicos. Después de lo sucedido con Liam y Jack, poco sé de las relaciones familiares, amistosas y mucho menos románticas. Todos estamos en este plano existencial para intentar. Intentar lograr el éxito. Intentar fracasar. Intentar entender y entendernos. A veces logramos entender la historia de una persona como yo lo hice con Alessandro… otras después de cientos de intentos fallidos, como hice yo con Liam. Parte de mí se aferra a esa filosofía de vida como si fuese una especie de mantra religioso y por eso me gusta intentar comprender, entender, aceptar… Las posibilidades que tenemos hoy día para entender algo, ya sea una persona, una mascota, un virus letal, un problema, una flor, un atardecer, el majestuoso sonido de una ola, incluso la magia de una estrella brillando sobre el firmamento... son infinitas, como el universo. Por eso lo intento con todas las personas, incluidos Zayn y Alessandro; parte de mi está dispuesta a intentar sembrar flores en sus grietas. —¿Por eso te tatúas? —Me muerdo el labio inferior, un tanto incómoda y a la vez angustiada. Entonces, noto como su respiración se acelera. —¿¡Qué dijiste!? —Cuestiona Pravesh, estrujándose los ojos con los dedos; puede que el alcohol y el cansancio estén jugándole una mala pasada—. ¿De qué estábamos hablando? Me encojo de hombros y con los pies halo los zapatos hasta que soy capaz de calzármelos como se debe. —De los tatuajes. ¿Por eso te tatúas? —vuelvo a repetir—. ¿Para que el dolor físico suprima el emocional? —Omitir el dolor emocional es más complejo que huir de tus propios demonios. Deberías saberlo. Por eso estas aquí, ¿no? —Entonces inténtalo… —Intentar ¿qué? —escupe con rudeza—. ¿Te volviste loca? —Intenta explicar por qué estás haciéndote esto. ¿Por qué te tatúas? ¿Por qué tienes un bar en tu habitación? ¿Por qué te emborrachas de este modo? ¿Para olvidar? Si es así, ¿para olvidar qué? Escúchame —sueno impaciente, nerviosa y ansiosa—, no vengo a cambiarte la vida ni mucho menos. No me caes bien, Zayn. Pero soy buena con las palabras y ellas son capaces de curarlo todo. Habla conmigo, prometo que no voy a juzgarte. Al ver su expresión derrotada, siento como un nudo imaginario que a la vez se siente bastante real se instala en el fondo de mi estómago. En ese momento mis ojos viajan en dirección a él y, de pronto, me encuentro mirándolo abrirse paso hasta uno de los estantes donde guarda más licor. Después de un largo rato, dudosa y algo cautelosa, me pongo en pie y avanzo hasta uno de los taburetes altos del desastroso bar que tiene en la habitación. Se limita a buscar entre las gavetas, luego se gira sobre los talones y deja dos copas y otra botella de whiskey de la lacena. Sin ceremonia alguna abre la botella y vierte gran parte del contenido amarillento dentro del vaso, para echárselo de golpe a la boca. Segundos después, tras habérselo bebido de una sola sentada, vuelve a llenar el vaso. —Zayn… —una tonada de advertencia tiñe mi voz. Ahora extiende el vaso en mi dirección, pero yo lo declino con una expresión horrorizada. En ese momento se inclina en la isla tipo bar que divide la habitación, colocando el peso de su cuerpo sobre los codos flexionados. El olor a alcohol me da de lleno en la cara, está ebrio… demasiado borracho. Sin embargo, es sorprendente como ha dejado de arrastrar palabras y habla como estuviese dando una ponencia. —Cuando Vittoria murió, Antonella… —musita para sí mismo— la niña que no paraba de llamarte Cenicienta hace unos instantes, sólo tenía cinco meses. Soy lo suficientemente cliché para admitir que me enamoré de la mujer equivocada, pero que a la vez la fue la persona correcta. ¿Lo ves? ¡Nada de esto tiene sentido! Nada en mi vida tiene sentido… —una sonrisa amarga se dibuja en sus facciones—. Tuve una adolescencia bastante atormentada, Audrey; sólo era un chiquillo en búsqueda de atención y sed de venganza contra, bueno, eso ahora no viene al caso. La cosa es que empecé a meterme en muchos problemas… a juntarme con quienes no debía. Llegados a este punto, me siento verdaderamente aturdida. —¿A dónde…? —balbuceo frases incoherentes—. ¿Qué pretendes decirme con todo…? —¿Quieres callarte? —Pero que sensible. —Me quejo, alzando las manos en señal de paz ante su enfurecimiento. En ese instante, sus ojos miel y sol me hipnotizan por completo, tal como lo haría un eclipse solar. —Bueno, ponte cómoda, acompáñame a ver esta triste historia.
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