17. Caja de inseguridad.

3196 Palabras
01 FEBRERO 2022 VILLA NUVOLARI, RESIDENCIA PRAVESH POSITANO ǀ SALERNO, ITALIA AUDREY —Se ve magnífica, señorita Darwael —la voz halagadora de Marisa, la mujer del servicio que me recibió en la entrada hace un momento, llega a mis oídos—. El amarillo es un color que le queda precioso, resalta mucho el color de su piel. Omitiendo el hecho de que mi barriga se ve del tamaño de dos pelotas de fútbol, concuerdo con la mujer de raíces latinas. El vestido tiene un peculiar corte princesa que se ajusta a mi voluptuosa silueta de embarazada y la tela de color amarillo —casi rosa dorado— cae como cascada bajo el encaje romántico de la amplia falda de tul; el escote de corazón es sexy, pero sin llegar a verse del todo vulgar. Como plus, la malla color piel abrazando mi piel expuesta tiene pequeñas incrustaciones de swarovski y, da la impresión de estar suspendidas en toda la extensión de mi epidermis. Me atrevería a decir que tiene ciertas similitudes con el vestido de Michael Cinco, que utilizó la filipina Pia Alonzo la noche que coronó a Miss Universo 2016. —No me veo, ya sabes… ¿embarazada? Inquiero yo, estableciendo contacto visual a través del enorme vanity mirror frente a mí. —Para nada, señorita. De cualquier modo, el corte princesa es ideal para ocultar un embarazo. La persona que lo escogió de seguro estaba al tanto de sus exigencias. Sonrío de forma inconsciente, Fiorella es un ángel en el sentido amplio de la palabra. —Perfecto —digo con una sonrisa, poniéndome el enorme y llamativo arete en el lóbulo perforado de la oreja izquierda—. Por favor, evita mencionárselo a quien quiera que sea, por ahora es un tema que prefiero mantener en secreto. —Descuide —con los dedos índice y pulgar finge cerrar sus labios con una especie de cremallera invisible—, soy una tumba. ¡Una tumba cerrada! —se apresura a esclarecer por si no me ha quedado del todo claro. —¿Bien? —Mi ceño se frunce mientras río suavemente, a la par, alzo una gargantilla de piedras de topacio—. ¿Me ayudas con esto? Después de varios segundos de asfixia e hiperventilación, el accesorio abraza mi cuello con éxito. ¡Cielos! Luzco como una sofisticada dama del siglo XVIII. No pasa mucho tiempo antes de que un caballero entre con un séquito de chicas glamorosas con maletines de cuero pendiendo de las manos; en seguida pienso: son estilistas. O al menos eso parecen ser. Sin ceremonia alguna, postran todos los implementos de belleza sobre el tocador de la habitación: productos para el cabello, pinza rizadora, planchas, cepillos, secadores de distintos tamaños. En cuanto al maquillaje, mi visión periférica alcanza a ver paletas de sombras multicolores aparentemente matte, satinadas, líquidas; glitters, correctores, bases de diferentes texturas. Centenares de labiales Maybelline, Kylie Cosmetics, Mac. Otra paleta dual de rubor e iluminador junto a una amplia gama de brochas y esponjas. Mientras una mascarilla de colágeno hace efecto en las pronunciadas ojeras; una de las chicas trabaja mis cejas. Segundos más tarde siento las cerdas de diferentes tipos de pinceles desplazarse sobre mis párpados cerrados. El ahumado infinito es, por lejos, sublime; hace que mis ojos azules resalten de forma impactante. Corrector, base líquida, contorno, puntos de luz en la zona T del rostro, mentón y parte alta de los pómulos. Labios rosa ópalo. El caballero ondula todo mi cabello con la pinza rizadora y, tras deshacer los bucles con un cepillo amplio, usa una banda elástica transparente —la cual recubre con otro mechón de pelo— para sujetar la parte superior de una cola alta. De nuevo ensortija algunos mechones para añadirle más volumen y finaliza con un spray para fijar los rizos mis rizos cabello y otro para que el maquillaje me dure toda la noche. No miento al decir que estoy irreconocible, fue buena idea seguir el consejo de Fiorella y aclarar la base de mi cabello y añadirle luz con algunos reflejos. Por primera vez en mucho tiempo me siento linda. —En cuanto Zayn la vea… va a enamorarse de usted. Oigo decir a Marisa desde el fondo de la habitación con cierta nostalgia. —Por favor —digo poniéndome en pie—, nada de formalidades conmigo. Tenemos la misma edad. Y créeme linda, lo último que quiero en la vida es que ese idiota se fije en mí. —Eso dicen todas, pero la mayoría termina cayendo en el hechizo. —¿Cuál hechizo? Me atrevo a inquirir mientras me calzo los zapatos altos de suela corrida. —Dicen que Zayn Pravesh es como el Hotel California. —¿Eso que significa exactamente? —Mi ceño se contrae a una velocidad atroz. —Todos pueden entrar a la vida del señor Pravesh, pero nadie puede salir ileso de ella. Un extraño escalofrío se apodera de mi cuerpo, arraigándose a cada terminación temblorosa de mi cuerpo. —Uy —río para aminorar la tensión—, eso suena a descripción de una película de terror. Es tétrico lo proféticas que acaban de sonar esas palabras. —Tal vez, lo son. —¿Son qué? —Pregunto un tanto distraída. —¿Cree en las profecías, señorita Darwael? —No. Ella alza las cejas mientras una mueca de diversión y burla se apodera de sus rasgos faciales. —Pues debería. Y con la amalgama de misticismo y locura que percibo en el tono de voz de la desconocida, me conduce al salón de baile en absoluto silencio. *** Me gusta apreciar el arte. El arte está en todos lados: en una sonrisa, en un par de ojos galácticos, la fragancia dulce de una flor. Por eso, mientras me abro paso entre la gente, percibo como el arte —esos pequeños detalles que la gente pasa por alto— resalta ostentosamente en la mansión de la familia Pravesh. No aludo a los enormes cuadros que pinta diferentes generaciones de la familia, tampoco a las enormes lámparas de cristal ser sostenidas por materiales que a primera vista se asemejan al oro, o la pulcritud en los lustrosos pisos de porcelana; sino, más bien, a las piezas ecológicas que adornan cada espacio de la sala. No sé cómo se las ingenian para humedecer las raíces de las enredaderas que trepan las paredes de basalto volcánico al fondo de la habitación, pero están igual de frondosas que las enroscadas a los tubos de la entrada. Hay un muro natural de arbustos perfectamente podados dividiendo el salón de estar y la cocina, también diferentes tipos de plantas colgadas al techo de forma asimétrica; aunque no predomina el color en la decoración, las diferentes tonalidades de verde contrastan a la perfección con el color crema de las paredes. Esta casa rompe con todos los estereotipos de las mansiones que he leído y visto en películas románticas. Si alguien me pidiese describirla, lo haría con tres adjetivos: colosal, extravagante e inusual. Y, hablando de estereotipos rotos, ¿por qué a través de los parlantes escondidos suena 11:00pm de Maluma en vez de cualquier otro tipo de música clásica? ¿Por qué todos pasan mi llegada desapercibida? ¿Por qué el príncipe de la fiesta no ha venido a mi encuentro? «No sueñes despierta, Cassandra». «Concéntrate. Estás en una reunión de negocios». Para fortuna mía, atisbo la elegante figura de Fiorella embutida en un vestido n***o e instantáneamente hace una seña con la mano para que me acerque a ella. Claro, no está sola, la acompaña el señor Flavio Ferrari y sus tres flamantes hijos: Gabriella, Enzo y Domenico. Un sentimiento extraño se apodera de mi pecho cuando avisto a Alessandro en el grupo de personas. Los atuendos de Enzo y Domenico son de un color azul oscuro brillante, corbatas rojo sangre a juego y zapatos semi puntiagudos. Como sus cabellos van perfectamente estilizados hacia atrás, resaltan en demasía sus poderosos ojos azules ensombrecidos por la negrura de la noche. ¿Podemos hablar de lo mucho que se acentúan los rasgos masculinos en sus rostros? Es una pena que Alessandro no haya venido esta noche, habría apostado todo el dinero que no tengo para ver su imponente figura ceñida a un traje pequeño. Por otro lado, el look de Gabriella es muchísimo más atrevido que el resto de las mujeres presentes, ¿recuerdas el vestido que utilizó Dua Lipa en los Premios Grammy del año 2021? ¿Ese de color violeta brillante con un graaan escote en la espalda? Bueno, es la réplica exacta, pero en un matiz naranja suave. —¡Audrey, querida! —la efusividad en las palabras de Fiorella es ensordecedora—. ¡Estás bellísima! Mírate, pareces una princesa de cuento de hadas. Sonrío amablemente. —¡Hola! No entiendo, ¿para qué tanta formalidad? —Recursos humanos de Positano Wine CORP programó una reunión sorpresa con el personal de la compañía y todos los proveedores de la misma, es decir, nosotros —dice, señalándose a ella misma—. No comprendo de que va, pero al parecer Stefano dará un anuncio importante. —Y vaya que tiene que serlo… —Enzo se queja a mis espaldas—, digo, no cualquier idiota gasta millones de euros en un cargamento de vino francés. —¡Enzo! —regaña Fiorella a modo de aprehensión—. Por favor, cariño, compórtate. Me muerdo los labios reprimiendo una sonrisa cruel. Parte de mi siente pena por Enzo, debería estar estudiando sus últimos años de preparatoria y pensando en ir a la universidad, no estancarse aquí en Positano por mera fijación generacional. —Te ves igual a cenicienta. Sí…, lo único que falta es el príncipe y una calabaza gigante de transporte —ironiza Gabriella a mis espaldas—. Me alegra verte —cuando volteo, me sonríe sin desplegar los labios—, ¿cómo les está yendo? Está a nada de tocarme la panza, pero yo me las arreglo para girar y así conseguir que no lo haga. No en público. Lo último que quiero es que el señor Stefano se entere y por extensión el imbécil de Zayn. —Muy bien, gracias por preguntar. Ella entorna los ojos. —Ugh, que patético y monótono sonó eso. —¿El qué? —Oh, ya sabes… —le arrebata una copa a un mesonero—. La monótona y fatídica rutina que utilizamos a diario: «Buenos días, ¿cómo estás?», «Muy bien, gracias por preguntar» y ya. Es todo. Se acabó. Seguimos nuestras vidas como si nos importase un cacahuate la respuesta del otro. No hagamos eso, Audrey; tú me caes bien. Seamos amigas de verdad —acaba el contenido de la champaña de un sólo trago—, por favorcito. En fin, ¿alguna vez has ido a Disneyland? Dicen que hay duendes de colores… La incoherencia en sus frases, la forma en que atropellan las palabras antes de salir de su boca y la manera en que pestañea como si fuese Miley Stewart pidiéndole un Ophone a su padre en la serie de Disney, Hannah Montana, enciende una alarma en mi cabeza: —Estás ebria, ¿me equivoco? Gabriella alza la copa como si fuese hacer un brindis o que se yo. —En mi defensa, necesito algo de alcohol en mi torrente sanguíneo para encarar a Zayn. Ese maldito… —masculla con una furia incontenible antes de echarle mano a otra copa, esta vez de vino—, mantente alejada de esa rata de alcantarilla. En cuanto toma lo que quiere de ti, te da una patada en el trasero y es ahí cuando empiezas a mendigar su atención. Recuerdo desbloqueado. El día que me hice la prueba de hCG —Gonadotropina Coriónica Humana—, cuando todavía trabajaba en el hospital de Sídney, Fiorella comentó que uno de los jefes del área de Gastroenterología era el padre del exnovio de su hija. Ahora comprendo, hablaba del señor Stefano Pravesh y el ex, Zayn. —Ewww, no —alzo las manos como formando una barrera invisible—, esa mala imitación de Ken para nada es mi tipo, créeme. Malas experiencias, ya sabes. Es guapo sí, pero no es mi tipo. Prefiero los rubios, sin ánimos de ser racista. Los morenos son guapos —exhalo un suspiro cargado de nostalgia—, pero tengo una debilidad insana por los rubios. ¡Me declaro culpable! Los pequeños ojos de Gabriella se achican para evaluarme de forma exhaustiva y luego se abren de par en par, como una ventana siendo azotada por el viento. Me asusta la forma en que se agrandan y escudriñan con atención… como si en realidad estuviese viendo a través de mí. —Te gusta mi hermano. No es una pregunta que me brinde opciones de respuesta, en realidad, es una afirmación. Una rotunda afirmación. Me llevo los dedos índice y pulgar al mentón, poniendo mi típica cara de pensar. Entonces, suelto la bomba: —¿Cuál de los tres? —Ya sabía yo que no venías de ningún convento. —Su voz destilando sarcasmo en su estado más puro. —Gabriella —modulo con lentitud a manera de reproche—, ¿el punto es…? —Bueno… Considerando el hecho que Enzo es menor de edad y que fijarte en él sería ilegal desde el punto de vista ético —Gabriella menea la copa antes de volver a sorber de ella—. Nos queda Domenico… ¡no te me vayas a decepcionar! Domenico está comprometido. —¿Y Alessandro? La expresión de la rubia platinada crece poco a poco mientras me da la típica mirada de: «Lo sabía». Sin embargo, sigue sonriendo con una picardía que me cuesta describir con palabras exactas. —Es tu día de suerte, es el único soltero de los cuatro. Es mi turno de mirarla con un enorme signo de interrogación en el rostro. —¿Estás comprometida? —No, mi reina. —Esboza una enorme sonrisa de suficiencia, al tiempo que extiende su mano izquierda hacia mí; dejando refulgir a la luz de las lámparas dos anillos costosísimos—. Casada con aquella obra de arte de allá —señala un pelirrojo al fondo—. Es irlandés y yo soy su trébol. Vaya, viéndolo bien… el tipo es guapo. Es pelirrojo como Michael Fassbender y tiene las facciones delicadas, ásperas y a la vez malévolas de Tom Hiddelston. La vida hizo un excelente crossover al crear a ese irlandés. —Aclárame algo, Gabriella, ¿acaso tú…? Ella suelta un bufido al generar un ademán desinteresado con la mano. —Uff, no, nada de eso. Gabriella me dice mi madre cuando suele reprenderme por cualquier tontería, tú dime Gaby —los vivaces ojos de la chica se mantienen anclados a su marido—. Gaby es un apodo tierno, lo imagino con bombillas led y flores y arcoíris alrededor. Yo asiento lentamente. —Bien, Gaby —empiezo a hablar sin saber el efecto que tendrán mis palabras en ella—. Si estás casada y “eres el trébol de ese irlandés” —mis dedos enmarcan las comillas con ahínco—. ¿Por qué te embriagas para olvidar a tu ex? Eso no tiene sentido. —Oh, cariño… Zayn es el tipo de ex que nunca olvidas. A todas en algún momento nos pasa, admítelo. Es como ese primer amor que por más que intentamos hacernos un reseteo mental, no nos lo podemos sacarnos de la cabeza —su voz suena ronca—. Eso apesta. —Esa es la prueba inequívoca de que su amor fue verdadero. En realidad, susurro más para mí que para ella. —Lo nuestro no fue amor verdadero —gimotea al poner la copa en la mesa más cercana—, pero fue real y fue bueno mientras duró. En fin, ¿me preguntaste por Alessandro? —se limpia las lágrimas que siguen la simetría de sus mejillas regordetas—. Por ahí está, creo que vino con... En ese instante, el volumen de la música se acrecienta a un volumen exorbitante, Mood Ring de Lorde taladra mis oídos en el momento menos oportuno. Algo se remueve en mis entrañas, mis tripas se hacen un moño elaborado y un arsenal de aguijones perforan mis paredes estomacales de formas inimaginables. ¿Por qué me afecta? ¿Qué rayos está mal conmigo? No sé si mis cambios emocionales afectan a los niños, porque de pronto los siento removerse con fuerza en mi interior como… queriendo algo… demandando algo. Tal vez se deba a mi escasa ingesta de comida, a cuenta del estrés de hoy, apenas tuve tiempo de devorar una barra de granola y la mitad de una manzana verde. —¿Nadie? —No. Nadie no —alza la voz dos tonadas más arriba—. ¡Nadia! Alessandro ha venido acompañado de Nadia. Un suspiro largo escapa de mis labios en ese momento. Una parte de mi desea huir despavorida de esta casa y hacer otra cosa diferente que rompa con la monotonía de las últimas semanas: pasear en yate a la luz de la luna, ver una película en Netflix o simplemente recoger los escombros de mi antigua vida. Pero una cosa es “querer” y otra muy distinta es “poder”. Todo sucede en cámara lenta, tan pronto volteo hacia la espaciosa terraza techada, veo la silueta femenina de Nadia Ferreira colgar del brazo derecho de Alessandro como si su vida dependiese de ello. Desde la lejanía, apenas su mirada conecta con la mía, él ensancha una sonrisa. Unas hendiduras que no había notado antes aparecen alrededor de las hendiduras de sus comisuras. Alessandro tiene la fortuna de poseer una boca masculina, ancha y maliciosa en todos los sentidos; me recuerda un poco al actor Ian Somehalder de The Vampire Diaries. Poco tiempo después, la figura alta y esbelta de Nadia aparece en mi campo de visión con un algo más de nitidez. Lleva un vestido azul brillante de tirantes que se abraza provocativamente cada una de sus curvas; es igual al atuendo de Dua Lipa en el videoclip Leviating ft DaBaby, exceptuando que a Nadia le llega más debajo de los talones. «Definitivamente tienes una obsesión con Dua Lipa que te rehúsas a exteriorizar, Cassandra». —¿Estás bien? —Grita Gabriella al ver que me he quedado en piedra—. Pareces haber visto una visión apocalíptica o algo así. ¿Te traigo agua, vino, champaña, cerveza o tequila? Yo hago una mueca irónica; está más que claro que no debo ingerir alcohol en mi estado. —Todo bien —me esfuerzo por esbozar una sonrisa—. Sólo necesito salir a tomar aire. —Pero la terraza está por allá. Su expresión es de completo desconcierto al ver que estoy encaminándome a la salida y no al ala oeste de la casa. Me uno al flujo de personas que busca hacerse un espacio afuera de estas asfixiantes paredes. —Precisamente por eso estoy yéndome en dirección opuesta. Y lo hago, me alejo del bullicio.
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